SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Centenario
(La Independencia – 1810. La Revolución de México – 1910)

¡A nadie le faltaba nada!
¡A nadie!
Ni los ojos despiertos,
Ni el Teotihuacan en los iris,
ni el natalicio del hombre,
ni los pájaros rojos,
ni las plumas abiertas,
ni las encendidas arengas de los pies en el río,
ni las flautas de nísperos o de ocote prendido,
ni el machete de trenzas hilado con caña.
¿A qué hora? ¿En qué punto?

¡En marcha!, dijimos. ¡En marcha!

¡Vamos!… Como ardidos semblantes en extinta bravura,
en un grito de nervios, en cañón en batida,
alzando los puños de un suelo encendido.

¡Vamos!… Al sonoro rugido y en el águila altiva,
en la cima del templo, en el ala y jaguares,
como víboras vivas con garras y picos,
como serpientes que suben del altar a los nichos,
como aves que ensartan su furia en las piedras
y rompen el ónix con volcánicos pechos.

Cuando en bandera se avanza:
¡en marcha, en marcha, en marcha!,
soldados del bronce y de los pedernales,
guerreros Itzaes, Nahuas y de los volcanes.
¡En marcha!…

Donde las pencas e islotes nos busquen,
donde el guijarro al hombre le aclame:
¡En marcha!…
Banderas de los mil cenotes,
lamentos de los ahuehuetes,
suspiros de los mil jazmines,
bostezos de mazorcas pinceladas y cenzontles de colores,
poderosas hembras de las raíces y algodones:
¡En marcha!…

Tierra y hombre desgranando,
laja y siembra en cordillera,
lava y frente cultivando.
¡En marcha!, soldados de la greda,
soldados de las minas,
arqueros de la mítica alborada,
camperos infinitos de la lengua,
jornaleros vestidos con códices y dientes,
costureros de los cielos y las mariposas,
hilanderos de la esperanza en los ojos,
zurcidores de nudillos, rodillas y fumarolas:
¡Es la hora!

Iban los quetzales en las bocas,
volaban los murales en las yemas.
¡Oh mártires del tiempo!
¡Oh las siegas del guerrero en las manos agotadas!
El pecho al descubierto y los siglos en los hombros,
con sigilo, en murmullos, en latidos de encadenamiento
que los codos hilvanaron, que el silencio atestiguara,
que el murmullo acatara,
dijimos: ¡Libertad!
¡Ya era hora!…

Como si del vientre a la garganta,
y de la garganta a la boca,
y de la boca a los cuchillos,
y del filo a la esperanza,
las púas metálicas hablaran
abriendo la olvidada furia,
la muerta patria y la muerta e histórica herencia,
prehispánica y antigua,
se fue adhiriendo desde abajo,
muy abajo,
se fue engendrando desde el polvo,
como una erupción de soles,
como un glaciar de vidas,
como un despertar de templos,
la hora de la vida:
¡Libertad!

¡Ya era hora!… Y nos oímos.
Y de ahí las lanzas en las lenguas,
los dedos en pinceles,
los pies en nuevos libros,
las venas en tertulias.
¡Ya era hora!
Y fue creciendo… Y creciendo…
¡Nos unimos!
Como una bola que arde fue aumentando,
como un grito seco que nace en epicentro.

¡A nadie le faltaba nada!
¡A nadie!

Lo dijimos: ¡Libertad!
Lo gritamos, lo lloramos, lo esparcimos…

Y nos oímos… A nosotros… Nos oímos.

¡A nadie le faltaba nada!

Salvador Pliego

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(El 16 de septiembre de 1810 el cura Miguel Hidalgo
suena las campanas en el pueblo de Dolores para iniciar
la gesta de Independencia de México. Al bicentenario
de ese hecho histórico dedico este poema.
Poema extraído de mi libro México.)

Miguel Hidalgo

Viene ya sonando junto a su sotana,
levantando bronce, conjurando espinas,
redimiendo trinches, liberando oriundos.
Viene un cura en manta sobre la montaña.

Desde Zacatecas, bajando hacia el valle,
sobre Aguascalientes, Salamanca airado.
Lo siguen los cerros, cuarenta mil bravos,
con todas sus pencas y el machete al lado.

Gritan los poblados:
¡Ya viene el cura con sus levantados!
Mazorca en mano, huarache y rosario,
se oyen polvorientos eximiendo cerros.
Plegaria de campo cuando llega orando,
plegaria de abajo ya sin más candado.

Y dicen pobladores:
¡Ya viene el cura con su mar de alzados!
¡Ya viene atizando nuestros campanarios!

¡Vámonos alzando con sotana negra,
que el mensaje expanda a los libertarios!
¡Vámonos de hábito sin usar sagrarios!
¡Vámonos juntando en un millón de manos!

Ya vienen los curas sin corceles blancos,
y uno de ellos, con rosario en mano,
se quedó atizando nuestros campanarios.

¡Vámonos al monte de sotana y picos,
a blandir machetes y la azada ancha!
¡Que los sables toquen y repiquen y oren,
que rezando “patria” viene un cura,
con machete y ostia, encabezando el frente!

Salvador Pliego

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Hidalgo.jpg

(El 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo
suena las campanas en el pueblo de Dolores para iniciar
la gesta de Independencia de México. Al bicentenario
de ese hecho histórico dedico este poema.
Poema extraído de mi libro: México.)

16 de septiembre

Todas las campanas,
todas levantadas,
como mil trompetas,
como mil gargantas,
como mil estrellas
en la voz despierta,
todas juntas, todas,
en un grito ardido,
en una torreta de almas,
agitando todas,
todas las campanas.

Como un mar de ellas,
bajo un sol de hierba,
sobre el surco en casa,
en la hacienda y plaza.
¡Todas las campanas!
¡Todas, todas ellas,
suenen la batalla!

Como mil cenzontles,
como mil gorriones,
como mil soldados
en los litorales,
como mil guerreros
desde los maizales,
como mil timbales
para las señales.
¡Toquen, toquen, toquen,
todas las campanas!
¡Todas las que agiten!
¡Todas, todas ellas!

Que la mar les oiga,
que el maíz les prenda,
que del campo nazcan
todas acuerpadas,
cada una de ellas
azuzando brasas.

¡Todas las campanas!
¡Todas, todas ellas!
Juntas como hebras,
como fibras todas,
como mil amarras
de metal forjadas.

Que la tierra hierva,
que la tierra aclame,
que la tierra nombre:
¡todas, todas, todas,
todas las campanas!
¡Todas juntas ellas!
¡Todas como fieras!
Como fiel guerreras.
Todas y sonoras,
como un mar de almas
liberando marchas.

Salvador Pliego

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