SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Don Teófilo

Don Teófilo y la foto del recuerdo (Poesía Cómica)

Pocos meses ha.
Aquella foto, un instante, un momento.
Don Teófilo sentado en una esquina,
apenado y mirando hacia abajo.
Un recuerdo que aún pinta con rubor aquellos muros.

Don Teófilo, un anciano, casi ochenta:
Elegante y respetuoso, gentil y honorable,
probo en la mirada, justo en la palabra.
Sin embargo, un poco fantasioso
cuando el juicio bromas le jugaba.

Presentóse una tarde a saludar a Don Rufino,
caballero ya maduro, de buen modal y buena escuela,
y a su esposa Doña Elvira, algo beata y candorosa.
Una vez servido y degustando una copa
fue y sentóse a mirar la artesanía que adornaba en la sala.
Don Rufino y Doña Elvira se encontraban
en la mesa levantando la vajilla.
Y de repente, un grito a más sórdido y temido:
¡El diablo! ¡Es el diablo!
Gritaba Don Teófilo sumamente demacrado.
Al escuchar aquel sonido, Don Rufino recordóse de inmediato
aquella plática que tuvo con su hermano:
La bestia viviente más feroz, más iracunda, era el  diablo de Tasmania.
Frente al grito, salió despavorido Don Rufino a cargar su carabina
y darle muerte a la amenaza.
Jamás pasó por su mente que el susodicho
animal sólo habitaba en Australia y no en su rancho.
Regresó con el arma bien cargada y gritando:
¡¿Dónde estás?, demonio condenado!  ¡¿Dónde estás?!
Y comenzó pateando sillas y todo lo que a su paso se encontraba.

La reacción de Doña Elvira fue distinta,
volteó y vio tan demacrado a Don Teófilo
que de su pecho brotó un profundo grito y tan agudo
que jamás antes se había escuchado en la comarca.
Un minuto… dos minutos… tres minutos… y seguía todavía el alarido.
Una vez que exhaló un respiro se le vino a la cabeza aquella historia
que le había dicho su comadre:  “Ten cuidado con el diablo.
He escuchado por ahí que al tener contacto con la gente
se transforma el cuerpo y hasta rabos se han formado.”
De inmediato sacó el rosario y, ¡bendita Ave María!,
comenzó su letanía:
¡Ave María, purísima: Sin pecado concebida!
¡Ave María, purísima: No nos dejes caer en la tentación!
¡Ave María, purísima…!
Jamás permitiría que el diablo se acercara y de paso hasta rabo le donara.
¡Ave María purísima: Sin pecado concebida!
¡Ave María purísima…!
Repetía y repetía…

Don Teófilo, sin juicio alguno y demacrado,
 apuntaba con su mano hacia una esquina de la sala:
¡Es el diablo! ¡Es el diablo!
Casi afónico cambió su retahíla:
¡¿Dónde están mis gafas? ¿Dónde están mis gafas?!
Y el barullo continuaba:
¡Sal de ahí, animal del demonio!
Entre objetos aventados y pateados: ¡Sal de ahí!
¡Ave María, purísima! ¡Ave María, purísima!
¿Dónde están mis gafas?
Volaban triques, sillas, adornos, servilletas…
¡Ave María, purísima!
¿Dónde están mis gafas?
¡Sal de ahí…!
De repente, puso Don Teófilo su mano en el bolsillo
y notó que ahí estaban sus anteojos.  Con mano temblorosa
los sacó y se los puso. ¡Todo le temblaba!
Empezó a dar pasos cortos hacia la esquina que señalaba con su mano extendida.
Mas el barullo continuaba:
¿Dónde estás, demonio? ¿Dónde estás?
¡Ave María purísima: No dejes que yo caiga!
Estando ya en la esquina, Don Teófilo notó que la sombra
se debía a que él había prendido una lámpara
y se proyectaba el reflejo de un gato de cristal  sobre el muro de la sala.
Al darse cuenta del equívoco, bajó la cabeza y el rubor le subió como a ninguno,
y se fue a sentar en una silla dándole la cara a la pared.
El barullo persistió por un momento más,
hasta que notaron en la esquina al viejo amigo apenado y cabizbajo.

Y a la vergüenza le siguió la risa…
¡Bendita la sonrisa que a la histeria la suaviza!

Con el tiempo, la foto en el muro revive los recuerdos.
El gato aún adorna con fineza aquella mesa y por si acaso,
un rosario en el cuello se descuelga de amuleto.

De cualquier manera, Doña Elvira, por rutina diaria,
todas las mañanas se mira de reojo en el espejo
para constatar que no hay rabo alguno que la exhiba.

Don Rufino es otra historia, con su atlas en la mano,
aún arguye que Australia es parte del subsuelo y su terraza.

 

Salvador Pliego

5 comentarios para "Don Teófilo"

! bendita la sonrisa que a la histeria la suavisa !….y eso de por si acaso el rosario…me parece buena idea !!!! ayyyy Salvador, que maravilla de historia…me encantoooooooo !

Es una pena hacerse viejo… y por otra parte, ¡hay que ver que hace la superstición!
¡Un placer leerte! Saludos.

Mi querido poeta:
De dónde sacas tanta inspiración? Te mando un beso. Luisi

Salvador, no sé como me has encontrado, leí un comentario tuyo en mi blos y pasé a conocer tu escritura, este poema me ha hecho reir, fue un placer leerte. Gracias por permitirme conocerte.

Mónica

Divertidísimo poema.Bendita la sonrisa que a la histeria la suaviza. En realidad lo suaviza todo.
Saludos

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