SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Besarte el alma

Posteado por: Salvador Pliego en: 17/10/2009


Tiene sentido besarte el alma;
pacto en tus ojos a que se abra.
Socava mi alma un rincón del pecho
para enfocarla y explorarla.
La matutina oquedad que sufro
urge a mi mano correr tu cuerpo
y hallarlo a tiempo en el sentimiento.

Tiene sentido lo que yo siento:
besarte abarca el recelo al vuelo
y mi alma brota en aspavientos
con alharacas y pensamientos.
El tacto besa la dulce tela
que en un suspiro flota en tu cuerpo,
y cuando toca sabe que exprime
parte de un labio en tu existencia.

Tiene sentido besarte un labio,
besarte el alma ya no es capricho.
Desde la historia buscan maneras
en que los rostros hablen sus gustos,
y me pregunto: ¿he muerto ahora?
Y de mi boca, junto a tu boca,
vive y renace con tal ternura.

¡Tiene sentido besarte toda!
Besarte el alma ya no es capricho.
Donde se explora mi labio siente,
y ahí en tu cuerpo flotan las horas
como un filón que nunca agota
porque en mi boca revive un labio
y encuentra vetas cuando te adora.

¡Tiene sentido amarte toda!
Mi sentimiento así te toca.
El alma tuya se esconde y brota
junto a mi boca…
Y al besarla, ya no se toca.

Salvador Pliego

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Libertad

Posteado por: Salvador Pliego en: 13/10/2009

La libertad: derecho único e insoslayable del hombre.
En este libro presento una serie de poemas dedicados a la paz
y a los hombres que han luchado por ella.
Igualmente, compilo en este nuevo poemario secciones que ya
había presentado antes, como Los Mineros y Canto a la Paz.
Espero les guste.
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  • Libertad.jpg
  • Libertad: tiene tu nombre…

    Igual que en la hendidura, en el forraje,
    en el silicio contenido,
    en la cantera saturada de manos y de grifos,
    vine y escuché las letras de los árboles, de los desnudos ríos,
    de los hijos del cactus y espinos,
    las cuñas de madera haciéndolas de nichos,
    los rostros azotados, polvorientos, llenos un día de vino;
    la ingeniería del barullo en los silvestres campos.
    A mí me llamaron desde el fondo de su risa y de su llanto,
    en la clandestinidad absoluta de los pájaros,
    en la cólera indómita que subsistía bajo las rocas.
    ¿Cómo no iba a gritar sus nombres,
    a despertarme en lo profundo de sus llagas?
    ¿Cómo, desde su habitual vivencia de arbustos soñadores,
    no iba a envolverme entre sus ramas y su credo?

    Vine y vi las hojas cercenadas, los troncos laminados
    y aplastados contra muros, su orgullo perdido por la labia,
    la entera indiferencia hacia el cultivo.
    Entonces a mi boca cayeron nombres
    como tubas ardientes y sonoras,
    como arcos encendidos por las flechas
    que picaban con su punta mi lengua y la agitaban;
    eran nombres de unos y de otras,
    de niños y de viejos,
    de jóvenes que hablaban por sus genitales descubiertos,
    de estudiantes que aprendieron de vocablos yertos,
    de las camisas sin botonaduras ni cuadrícula o cintura,
    de las campanadas sórdidas y frías,
    o congeladas en los tímpanos de lágrimas perdidas.

    No sé cuántos: si uno, miles,
    o todos ellos se sumaron.
    Y una boca a otra boca, y esa boca en otra boca,
    eran todas juntas en los nombres necesarios,
    los nombres de acusados,
    los nombres del hermano:
    Roca… Pedro Roca,
    Juana Roca, Emilio Roca,
    y entonces Nelson Mandela vino a mi boca,
    y Anwar al-Bunni y Sihem Ben Sedrine
    y Aminatu Haidar y Suth Jun Sik y Mudawi Ibrahim Adam…

    ¡Dame nombres!

    Nyi Nyi Aung, Qi Zhiyong, Martín Sandoval, Hmad Hamad…

    ¡Libertad antes del tiempo!
    ¡Libertad!

    ¡Dame nombres!

    Mathilde Muhindo, Daniel Bekele, Fermín Mariano Matías…

    ¡Dame nombres!

    Alison Des Forges: ¿dónde está Des Forges?
    Bo Kyi: ¿con qué cerca le envolvieron?
    Anna Politkovskaya: ¿en qué oscura cripta le escondieron?

    ¡Libertad antes del tiempo!

    ¡Nombres!
    ¡Más nombres!

    Susana Libre, Ana Libre,
    Cecilia Libre,
    Jacinto Libertario,
    Osvaldo de las Alas,
    Rubén de las Sonrisas,
    Paloma de la Gracia,
    Ernestina de la Felicidad,
    Esteban de la Flores…

    ¿Dónde están que no les miro?
    ¿Dónde están con tantos nombres?

    Salvador Pliego

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    Negros tus ojos

    Posteado por: Salvador Pliego en: 10/10/2009


    Silbo en silencio la partitura de tus ojos,
    emiten una melodía de murmullos.
    ¡Qué sé yo! Se escuchan  retumbar en las gladiolas,
    entre arpegios dulces de begonias, crisantemos y los lirios.

    Silbo entonces los bemoles de los nardos
    y así en silencio abres los ojos contemplando el verano.
    Llevo el corazón hasta la boca de las flores
    y me silban al oído del iris claro en que te llamo.

    Música de pausa, azules y respiros:
    así tus ojos se abren y escapan a los vientos.
    El eco aviva majestuoso su destino
    e irrumpe siempre del follaje cristalino.

    Negros tus ojos, del placer
    inquieto en que desvivo,
    del ansia por tocar la flora y su vestigio,
    de la bruma clara y siempre acogidos.
    ¡Qué sé yo! De las ansias de mirarlos encendidos.

    Silbo y canto por tus ojos vivos,
    acorde melodía en que suspiro.
    Música de viento, guitarras y gemidos;
    ritual de manos en las cuerdas adheridos.

    Te miro y palpo igual que al soplo mío:
    aire y fruto que siembro en mi cobijo.
    Me miras, te miro, ¡qué sé yo!,
    igual que el pulso mío,
    y me lleno de zarzas, glosas y suspiros.

    Silbo al viento la partitura del gemido,
    de tus ojos que murmuran mis sentidos,
    ¡qué sé yo!, de las ansias de tenerlos míos.

    Salvador Pliego

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    Oficio del cantor (a Mercedes Sosa)

    Posteado por: Salvador Pliego en: 08/10/2009

    MercedesSosa.jpg

    Arte de la tierra, madrigal de los obreros,
    donde hierven los hornos sus adoloridos hombros
    y los mazos respiran el sudor de los aceros.
    El vértigo que encaja arde como la soldadura roja
    penetrando en las holladas manos,
    y una voz lamenta sobre láminas prendidas sus horarios ciegos.

    En los carbones revientan su esperanza y agonía
    como los vaciados de un metal que funde la pupila.
    Ahí sus almas lastimeras forjan los cantos de metal y fuego
    mientras lloran su dolor de hierro a las planchas en proceso.

    Desde el fondo, el horno funde la música y el pecho
    y, entretanto, la fábrica musita en los lingotes su canto tucumano.
    La voz retumba en los moldes del obrero: manifiesto de caldera y jornalero.
    Y la rebeldía desgañita su tristeza en el crisol abierto del metálico sonido.

    Poema extraído de mi libro “Libertad”

    Salvador Pliego

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    Mirando a las estrellas

    Posteado por: Salvador Pliego en: 07/10/2009


    La noche gotea y llena de párpados sus letras.
    En los vocablos diviso las estrellas.
    Sus rimas centrífugas de vez en cuando su cuerpo centellean.

    La noche oscura como una celosía…
    ¡Alguna vez los ojos vieron!
    Aquellos años de imberbes mocedades corriendo en las laderas,
    aquellos astros, aquel amor… ¡Si ya volvieran!

    El péndulo del tiempo hace su seña,
    y la pasión de entonces ya en libros sus hojas deletrea.
    Un brazo extiendo hacia la noche
    y miro a la juventud que en mí viviera.

    Allá una estrella… de sed la luz la llena.
    Aquellas primaveras subiendo años y escaleras.
    Aquella lozanía desbocada, a la deriva.
    ¡Ah juventud, tan bella era!
    El corazón resuena y tiembla, y aún mira aquella vera.
    La alcanzo con la mano y un recuerdo prende al contenerla.

    La noche esconde blanca su oscura cabellera
    como una galaxia ermitaña y siempre pasajera,
    destella sus corolas ocultas en la niebla.
    Acá las primaveras… cubriéndose cual jóvenes candelas.
    ¡Tan jóvenes como la luz que viera!

    ¡Oh noche tan fugada, solera de la estrella,
    aquella juventud a mis párpados volvieran!
    Dejo al firmamento el oscuro idioma y las memorias,
    quizá son ellas que en el tiempo centellean.
    Un manto negro brilla y la noche recubre su blanca cabellera.
    ¡Si aquella juventud la noche viera!

    Salvador Pliego

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    Octubre

    Posteado por: Salvador Pliego en: 06/10/2009


    Toronjales y limoneros en campos eternizados.
    Que vendo mi semillero, mi hermanito decía.
    De un brazo sacaba un rayo bronceado entre cuna y cuna.

    ¡Yo quiero en octubre sembrar la luna!
    Titiritero: baja al tejado la luna y píntale un brillo jaspeado;
    que una sombrilla de brisa deslumbre sus cuernos y aros deshilvanados.

    ¡Le pondré a la luna un anillo y el labio garigoleado!
    Titiritero: quiero a la luna de octubre jalarle su cabellera.
    Plánchale la enagua corta y boléale zapatilla en sombra.

    Mi hermana me dijo un día: ponle a la luna una argolla
    plateada para que escoja
    y baje al torrente del río,
    junto al naranjo, para subirle su canto al niño.

    Mi niña, ¿quieres que octubre se meta al río?
    Y la luna en sonrisa plena pintaba su cara al fondo
    y al río dejó cautivo.

    Mi niña: ¿te atrapo una estrella que baje al río?
    La luna guiñó escondida que de agua tenía su abrigo.

    Titiritero: ¡quiero que sople el cielo para cubrirle ese agujero!
    Mi niña que sopla y sopla y la luna sin su agujero.
    Sobre la almohada se escucha el cauce cual sonajero.
    La luna en su boca escampa, ¡mi niña!, desboca como un lucero.

    Titiritero: quiero pedazos de luna y el menguante como florero;
    si no son jazmines ellos los quiero como aguacero.

    Mi niña, ¡ya viene entrando la luna!
    ¿La tejo de sabana y lluvia mientras descansas como florero?

    Salvador Pliego

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    De aquel mar y aquel oleaje

    Posteado por: Salvador Pliego en: 04/10/2009


    ¡Yo nací en el mar!
    Aquella barca, aquella luna
    tenía un coral… y una perla en blanco para ir a surcar.
    ¡Yo nací en el mar!
    Debajo de la cresta, arriba, entre la sal;
    ondeaba como espuma en pleno altamar.

    Estando allá en su adentro la arena vi menear:
    tenía esos ojos plenos de gubia y de azahar,
    tenía esos labios de escarcha al reventar.

    Y dicen que la mar…
    Tenía unas pupilas rugiendo al zarpar.
    Su piel iba en cascada, profunda al ondear.
    Dicen que era ella buscándome en la mar.
    Dicen que era el ancla sintiéndose encajar.

    Se vuelve urgente y acuciante tenerte y disfrutarte.
    Se vuelve indispensable el farol que enciende y arde.
    Dicen que es su marca flotando al sólo verte.
    Dicen que es oleaje creciéndose en tu vientre.

    ¡Yo nací en el mar!
    La vela azul y cresta,
    sus ojos apremiantes,
    su pecho en cauda y de aguja navegante;
    aquella marejada que rompe y luego prende;
    aquella masa de agua que viene y todo esconde;
    las mismas olas grandes que todo lo adormecen;
    las cíclopes mareas, las furias agitadas,
    los mástiles de acero doblándose al mirarte.

    ¡Yo nací en el mar!
    Ajetreándose por verte y luego al horizonte.
    La orilla de tu vientre fue curva equidistante.

    ¡Yo nací en el mar!
    ¡Se vuelve urgente amarte!
    ¡Se vuelve inaplazable!

    ¡Yo amé la mar al verte… y entonces su horizonte!

    Salvador Pliego

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    Los Heraldos blancos

    Posteado por: Salvador Pliego en: 03/10/2009


    (Al poeta de la masa y los Heraldos: Cesar Vallejo)

    I
    Y si cae la tierra,
    y si cayese
    de las manos,
    si cayese hasta la zanja
    del dolor de los quebrantos,
    o se fuese entre los llantos
    sacudiendo las miradas,
    como un río en desconsuelo
    que en las rocas se santigua
    y flagela de por vida.
    Y si cayese boca arriba,
    de sus fauces, pecho arriba,
    ¿quién dará la mano
    que del suelo en agonía
    al hombre levantara?
    ¡Ay! Si cayese toda,
    la madre tierra,
    la tierra toda,
    si se fuese toda,
    y la sangre en las rocas taladrara
    del grito que el valiente aclamara,
    entonces,
    a cerrar los puños,
    a cerrarlos todos,
    a doblarlos firmes,
    para retener el polvo
    con el que la nada nos forjara.

    Y si hubiese un hombre,
    uno sólo,
    un sólo hombre
    en la entraña de la tierra
    que cerrase el puño,
    que cerrase del vértigo
    la herida abierta,
    como Heraldo Blanco
    que dormita en los adentros,
    en lo profundo,
    allá en el alma,
    callaría el llanto
    e iría en las llanuras a galope vivo,
    de la crin del cieno,
    en el corcel de aire,
    a galope vivo,
    sin tener fronteras
    ni buscar destinos,
    en la paz del mirlo
    que nos dio el camino,
    a gritarle al mundo
    de las alas blancas
    que de un niño se abrazaban,
    a gritarlo al viento,
    a galope vivo,
    a galope vivo.

    II
    Cabalga y cabalga,
    a galope y correa.
    Amarradme en el ala,
    a la crin y la cerda.
    Despuntad la lancera
    y empuñadla hacia enfrente
    y bregad los jinetes
    del confín y la muerte.

    Cabalga jinete, cabalga en el alma
    y amarradme a las alas,
    a galope hasta el alba.

    De los cuatro jinetes
    de gubia y de muerte
    trotando el Heraldo
    vencióles la suerte
    y la masa, de un ala,
    triunfante, a galope,
    alzóse en la furia
    de brazos del hombre.

    Cabalga jinete,
    cabalga hasta el alba,
    a galope, a galope,
    donde el viento encendióse.
    Cabalga jinete
    derrotando a la muerte,
    despierta de nuevo
    a la lid y al combate.

    Dejadme en las alas,
    saleroso jinete,
    amarradme a la crin
    y trotad a capela
    y gritadles a todos:
    ¡He vencido a la muerte!

    Cabalga jinete, cabalga en el alma
    y amarradme a las alas,
    a galope, a galope, a galope,
    con el puño de frente,
    a todo galope.

    Levanta jinete y agita tus alas.

    Salvador Pliego

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    Para decirte amor, amor me muero…

    Posteado por: Salvador Pliego en: 29/09/2009


    Desgájate en las plumas,
    en cinceles, en los fulgurantes besos.
    Exclúyete a ti misma y repéleme en cansancio.
    Regresa hacia ti misma volcándote a mi adentro,
    porque hay esa necesidad de idolatrarte y dejarte al descubierto,
    porque hay una indómita manera de irradiarte lo que siento.

    ¡No mueras cuando muero!
    Sobre una lámpara tu córnea fija un tiempo
    y un espejo abre un reflejo para verlo.
    ¡No mueras corazón antes de serlo!
    Desgájate en suspenso, contémplate al moverlo,
    agrúpate al tenerlo.
    Y, amor… tu boca antes del cielo.
    ¡No mueras cuando muero!
    Desgájate certera.
    Desgájate elegida y escóndete en la vera.
    Amor: tu boca antes del cielo.
    Tu boca es cuando muero.
    Y, amor… ¡no mueras cuando muero!
    Tu boca, tu boca así la siento:
    repéleme al cansancio, agótame en letargos,
    acúñame en pedazos, espárceme en tus brazos.
    Tu boca, amor, tu boca me abre fuego.
    Amor… ¡Así la quiero!
    ¡No mueras cuando muero!
    ¡No mueras que la quiero!
    Tu boca, amor… enmudéceme certero.
    ¡No mueras que la quiero!
    Tu boca, amor,
    tu boca…
    de viento la contengo,
    de soplo un sonajero,
    de brisa por si vuelvo.
    Amor, tu boca,
    tu boca…
    ¡no digas que no quiero!
    Al viento la devuelvo,
    en soplos la destello.
    ¡No mueras que la quiero!
    ¡No mueras porque quiero!
    Amor, tu boca…
    Así, tu boca:
    un beso en miramiento.
    ¡No soples que la quiero!
    ¡No alumbres que la siento!

    Salvador Pliego

    Para todos los amigos que viven en la ciudad
    de Monterrey, NL ( México), los invito a un
    evento de lectura que vamos a realizar el día
    23 de octubre (viernes) a las 6 de la tarde
    en el siguiente domicilio:

    Starbucks Coffee
    Hidalgo No. 2480 Esq. Sierra Madre
    A un costado del Hospital Muguerza
    Col. Obispado
    Monterrey, N.L.
    Segunda Planta

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    Te quiero

    Posteado por: Salvador Pliego en: 28/09/2009


    Sospiro* mio e tan mesurado
    ca echados de las sus bocas e vera palabra.
    Que a mia graçia coraçon rogava.
    Avrie alma mas osava
    contigo dulce commo los ojos.
    Non por ricos nin por plata
    avemos dezir e las almas, amas.

    Güeno**, ya mi cansé de dicirlo bonito…
    Pos yo quiria dicirte que ti quiero.
    Que ti amo, ¡muncho!, ¡muncho!, ¡muncho!…
    ¿Tagüeno?

    * Español antiguo, siglo XI – XIII.
    **Español moderno, no culto.

    Salvador Pliego

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