SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Video de Amelia Prieto. Poema de Salvador Pliego.

El que guste leer alguno de mis libros,
lo puede bajar gratis haciendo clic en la
imagen del libro del lado derecho.
Si les gusta lo pueden circular entre sus
amistades libremente.

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Desgájate en las plumas,
en cinceles, en los fulgurantes besos.
Exclúyete a ti misma y repéleme en cansancio.
Regresa hacia ti misma volcándote a mi adentro,
porque hay esa necesidad de idolatrarte y dejarte al descubierto,
porque hay una indómita manera de irradiarte lo que siento.

¡No mueras cuando muero!
Sobre una lámpara tu córnea fija un tiempo
y un espejo abre un reflejo para verlo.
¡No mueras corazón antes de serlo!
Desgájate en suspenso, contémplate al moverlo,
agrúpate al tenerlo.
Y, amor… tu boca antes del cielo.
¡No mueras cuando muero!
Desgájate certera.
Desgájate elegida y escóndete en la vera.
Amor: tu boca antes del cielo.
Tu boca es cuando muero.
Y, amor… ¡no mueras cuando muero!
Tu boca, tu boca así la siento:
repéleme al cansancio, agótame en letargos,
acúñame en pedazos, espárceme en tus brazos.
Tu boca, amor, tu boca me abre fuego.
Amor… ¡Así la quiero!
¡No mueras cuando muero!
¡No mueras que la quiero!
Tu boca, amor… enmudéceme certero.
¡No mueras que la quiero!
Tu boca, amor,
tu boca…
de viento la contengo,
de soplo un sonajero,
de brisa por si vuelvo.
Amor, tu boca,
tu boca…
¡no digas que no quiero!
Al viento la devuelvo,
en soplos la destello.
¡No mueras que la quiero!
¡No mueras porque quiero!
Amor, tu boca…
Así, tu boca:
un beso en miramiento.
¡No soples que la quiero!
¡No alumbres que la siento!

Salvador Pliego

Para todos los amigos que viven en la ciudad
de Monterrey, NL ( México), los invito a un
evento de lectura que vamos a realizar el día
23 de octubre (viernes) a las 6 de la tarde
en el siguiente domicilio:

Starbucks Coffee
Hidalgo No. 2480 Esq. Sierra Madre
A un costado del Hospital Muguerza
Col. Obispado
Monterrey, N.L.
Segunda Planta

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Sospiro* mio e tan mesurado
ca echados de las sus bocas e vera palabra.
Que a mia graçia coraçon rogava.
Avrie alma mas osava
contigo dulce commo los ojos.
Non por ricos nin por plata
avemos dezir e las almas, amas.

Güeno**, ya mi cansé de dicirlo bonito…
Pos yo quiria dicirte que ti quiero.
Que ti amo, ¡muncho!, ¡muncho!, ¡muncho!…
¿Tagüeno?

* Español antiguo, siglo XI – XIII.
**Español moderno, no culto.

Salvador Pliego

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Acumulando en una veta la mar o un suspiro,
o el amor azul lleno de trinos,
contagiado por una interminable estela
que se pronuncia incontenible en la horizontalidad del orbe,
como si fuese la más cercana recta
o la más lejana esfera que en ti brillara,
miro así tu corazón y escribo.

Contemplativo hacia la verticalidad,
hacia la expectante respuesta a ese confín,
llega un murmullo exhalado
y un suspiro escapa entre la piel a perseguirlo.
Y sólo pienso en ti, en arrancarte con los labios los latidos.

Mira: tan frágiles tus manos se adhieren y coluden,
su suave carne se apresa en la frontera de un exilio…
y las hago mías, en los límites que en ti concibo.
Y sólo pienso en ti.

Arranco de tus labios otros labios escondidos
sin que sepan de las horas en que toco sus tejidos.
A ellos, junto a ellos,
les devuelvo un respiro desprendiendo mis sentidos.
Y sólo pienso en ti.

Persigo lo que tienes, lo que cubres y segregas.
Elaboro un cosmos en tus yemas y substancias.
Identifico al sol en cada uno de tus jugos.
Y sólo pienso en ti, en arrancarte el corazón
y regalarle mis indómitos suspiros.

Pero, ¿a quién?…  Si de tus ojos hay ojos siempre
que el horizonte cubre con su nube
para dejarlos vivos, sin aliento,
y depositarlos al rocío cuando abren.

Suelo arrancarte a besos…
¡Suelo arrancarte la luz de un beso!
Es el amor un nudo atado al pecho
que desahoga su gemido allá en lo alto.
Mira: tus lindos ojos… tus ojos lindos…

¿Acaso el amor dejó su escrito
y al mirarle, en una letra, lo firmó para leerte?
Pero… ¿a quién?
Llamo a tu puerta, a tu nombre, a tu figura:
el espacio que abre es la mitad de una llamada
y la otra es parte de tu boca.
¡Sólo pienso en ti!

Suelo esconderte y refugiarte.
Y tus ojos, lindos ojos,
me arrancan en mitades a tus partes.
¡Sólo pienso en ti!
Suele mi boca tocar tu boca.
Suelen tus ojos abrir mis ojos.
Penetran raudas y australes vías
que se entrecruzan y luego expían.
Suelen tus manos blindar mis manos.
Todo viene y escapa al verte,
todo se cubre de enmascarado alivio,
todo se inhibe junto a tu vientre.
¡Me arranca el pecho tu aroma ardiente!
¡Me arranca sangre tu sangre tenue!
Pero, mira: tus lindos ojos… tus ojos lindos…
¡Es el amor, lo sé!
Aquí en tus besos la estela cae.
Allá en la calma el horizonte su azul embiste.
El viento sopla y tu rostro ondea la mar que brisa.
Suelo aquietarme en tu abrazo e irme.
Tus lindos ojos… tus ojos lindos…
Suelo arrancarte en la mar y en ti perderme.

Salvador Pliego

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Cuadro52.jpg

Déjeme explicarme:
¿le platiqué alguna vez que viendo su perfil
era enterrar las manos en la tierra,
enterrar el pecho en bocamina
y sucumbir al deseo, al quilate,
al granito destellante?

Déjeme decirle:
aunque usted me mire y no me mire,
aunque usted presienta y no presienta,
se me escapa el decirle que es bonita,
y me apena, no se ría,
que al buscarla se sonroja mi alegría.

Deje esclarecerle:
que si a veces no responde,
que si a veces no replica,
me basta ese mirarle.
Sí, y no se ría,
pues sobra su perfume en mi agonía
observando sus andares clavelinos
y adornando mi corbata
con sus formas todo el día.

Déjeme contarle:
que me nace un no sé qué cuando me mira,
que se expone usted a que le diga
lo preciosa que es usted al advertirla,
el hablar de su hermosura si camina,
el decir que su figura a mí me azora
como un sol universal que me encandila.
Y no se ría, pues usted lleva belleza
que a mis iris le cautivan.

Le confieso:
me atribula no decirle “bella mía”
pues me apeno por sentirla respirando e ir de prisa.
Y no se ría, le repito, ¡no se ría!
Como sea encuentro el verbo
que le diga que es bonita:
estos besos, cada uno,
todos ellos,
los aviento…
y la hacen mía.

¡Qué alegría!, sabe usted,
¡qué alegría cuando es mía!,
cuando un sueño como el suyo me motiva,
cuando juega con mi sangre y es su alquimia,
cuando trepan los caminos a su vida.
¡Qué alegría desbordante y desprendida!

¡Qué alegría!, sabe usted,
¡qué alegría deleitarse en su alegría!

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Salvador Pliego

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Cuadro46.jpg

¿Quién a la joya muda,
en su fragosa batalla hacia la cima,
como un zafiro ya le hallara?
Eran las alas… y los pájaros ausentes.
Eran las raíces… y los árboles aún perdidos.
Eran las arias en las mudas vocales de la tarde.

De tanto en tanto la muerte enseñoreaba.
La muerte y sólo ella.
¿En qué vestigio, en qué territorio, en qué metálica azucena?
La soledad y sólo ella…

Más allá de ti, era tu boca y el amor en que ofrecí mis labios.
¡Oh callada!
Desde tu boca ardida tu sed me desvestía y me arropaba como leva.
Era el sacrificio de las penas, la inmortalidad de los amantes,
los besos insaciables y dementes.
Pájaro a pájaro nos contuvimos y encerramos.
Bajo el ropaje de tus alas mi tormenta amanecía.
En las sílabas del labio los segundos infinitos se perdían.
Todo fue besos en tu cuerpo.  Todo fue ansias en tus besos.
Aferrado a ti como la noche.  Atada a mí como el que embebe.
Eras el sabor de fruta y los huertos con sus mieles,
las nacidas yemas que brotaban por los roces,
la dulzura del amor en los trigales verdes.

¡Ah sedienta, sedienta de mi boca!
¿Dónde fui a volar para explayarme?
Y yo sediento por igual. ¡Todo fue morir de besos!
Y el sepulcro en que batí mis labios. Y las gotas de agua que faltaron.
Y el zumbido en que nos ahogamos por bebernos tanto.
¡Todo fue morir de besos!
En la migración del ave me acogí a su vuelo,
a su aleteo, y tú me abriste el cielo.
En la noche silenciosa escondiste mi lengua para amarla
y yo tomé de ti el viento,
y los picoteados brazos, y los picoteados senos,
las semillas de tus labios,
los rocíos que a veces desangraban en tus ojos,
el  ámbar que goteaba entre tus hombros.
¡Ah callada! ¡Todo fue morir de besos!

Era el rumor de pájaros en el silencio entonces
y la soledad del día que migraba y se escondía.
Era la joya no pulida
y la tierra que en sus cuevas la escondía.

Allá, cubierto, un lucero tan lejano amanecía.
Tan distante. Tan perdido.
¡Oh callada!

Al mirar la noche, a veces, una estrella centellea.
Al mirar la noche… ¡Oh silenciosa!

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Salvador Pliego

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Cuadro42.jpg

Te vi
derramada entre mis parpados,
de olor a cisne,
vagando en los enigmas de naranjas,
color de carmesí.
Allá tus dulces frutos,
acá tus suaves jugos
y el aire enloquecido
en su ritmo de alhelí.

¿Eras tú begonia?
¡Dime que sí!
El pulso de los cielos,
de verde en verde rama,
a tu parcela verdecida colgóse
y estando ya florida se fue de querubín.

¿Eras tú el jilguero?
¡Verdad que sí!
La voz que susurraba,
jolgorios que sonaban,
una voz tan dulce que alas le brotaban.

¿Eras tú guirnalda o algo así?
Y tus iris entreabiertos respondían que sí.
Joyita y serafín,
en tus pupilas tiernas mecías un colibrí.

¿Y eras tú bonita?
Yo mismo respondí.
Y con sólo mi sonrisa
le floreó un jazmín.

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Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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