SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Radica en tu seno
el aroma dulce de la guaba,
el fresco otoño de las uvas
que se enraíza en los jardines.

No hay vestimenta
más que el alba frágil.
Ni siquiera rozan
con sus dedos
los rayos que broncean.
Eres la cosecha
de la fruta picoteada
en mi boca, en mis manos,
en cada poro abierto de mi tacto,
y te devoro como se devora
la semilla en el surco y en la tala.

Fresca noche en que el fruto
maduró en mis manos.
Te contuve, te amé, te hice mía.
Horizontes que cantaban
en los dedos me prendían.
Bocanadas de aire de los besos extraía.
Y se armó la noche
en sus ráfagas, en su simiente de latidos,
en sus ojos troquelados de gacela taciturna.

¿Y a quién prendió el amor
si me guardó en su gruta?
¿En qué viento fue por mí?
¿En qué cercana vela
irradió su luz para encenderme?

Ahí estuve contenido:
en tus brazos, en tu vientre,
en tus labios de ave extendida,
en tus senos de volcán y de amapola,
en tus muslos de seda y de marea.

Eras la tarde, tú, amada mía,
el mástil que creció ante las olas,
el estero esperando las gaviotas,
púrpuras aguas de paisajes y aullidos.

Y la noche se vino como lobo embravecido,
entre tus brazos y los míos,
entre tus besos y los míos.

¿Qué tanto, amor, gasté tus labios?
¿Qué tanto tus quejidos?
¿Qué tanto los suspiros?

Eras la noche, amada mía,
eras la noche cuando yo desvanecía.
¿Qué tanto desgasté tu boca?
¿Qué tanto, amada mía?

Salvador Pliego

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– – – – – – – –


Silbo en silencio la partitura de tus ojos,
emiten una melodía de murmullos.
¡Qué sé yo! Se escuchan  retumbar en las gladiolas,
entre arpegios dulces de begonias, crisantemos y los lirios.

Silbo entonces los bemoles de los nardos
y así en silencio abres los ojos contemplando el verano.
Llevo el corazón hasta la boca de las flores
y me silban al oído del iris claro en que te llamo.

Música de pausa, azules y respiros:
así tus ojos se abren y escapan a los vientos.
El eco aviva majestuoso su destino
e irrumpe siempre del follaje cristalino.

Negros tus ojos, del placer
inquieto en que desvivo,
del ansia por tocar la flora y su vestigio,
de la bruma clara y siempre acogidos.
¡Qué sé yo! De las ansias de mirarlos encendidos.

Silbo y canto por tus ojos vivos,
acorde melodía en que suspiro.
Música de viento, guitarras y gemidos;
ritual de manos en las cuerdas adheridos.

Te miro y palpo igual que al soplo mío:
aire y fruto que siembro en mi cobijo.
Me miras, te miro, ¡qué sé yo!,
igual que el pulso mío,
y me lleno de zarzas, glosas y suspiros.

Silbo al viento la partitura del gemido,
de tus ojos que murmuran mis sentidos,
¡qué sé yo!, de las ansias de tenerlos míos.

Salvador Pliego

– – – – – – – –

Levante el azul del río
y duerma sobre suspiro,
asome la vida y cante
del verso más rozagante.

Alienta dulce mañana,
anima cual regocijo,
azahares de nieve blanca
en los sueños le acoja vivo.

¡Despierta, linda, despierta!
¡Alúmbrame el camino!
Se mueva tu vientre, encinta,
y en pecho suspire el niño.

Qué bella va de mañana,
como agua se va el rocío,
tu vientre de dulce y grana
color de la carne y nido.

Voces que el llanto alaban
sobre tu canto duerma encogido,
llevas el alma en calma
cuando susurra la voz del niño.

¡Despierta, linda, despierta!,
se mueva bajo mi oído
la almohada que lo levanta,
la sangre de mi delirio.

Se aviven luces de olivo,
mar de tu vientre vivo,
se crezcan verdes guirnaldas
en noches ilusionadas.

¡Despierta, linda, despierta!,
de rosas prendas el alma,
del vientre que agita y tienta,
del mundo que te lo aclama.

Salvador Pliego

Azul de la noche, azul de la luna,
se avive la flama, se queme la mirra,
se alumbren farolas sobre la avenida.

Que se prenda La Maja desnuda.
Que se prenda la luna en la altura.
Debajo del fuego se encienda la duna.
Debajo del cielo se escuche la rima.

Que se prenda La Maja,
que se prenda desnuda.
Que me lleve a la gloria,
que me enfile a la dicha.

Que se prenda la luna de azul maravilla.
Que se prenda la noche con tu cuerpo de diva.
Azul de la alcoba, azul de la aurora,
que me encienda la noche La Maja desnuda.

Salvador Pliego

 

He de confesarlo, sí,

que decirte amor rompió la calma que tenía.

 

Ah Venecia pura, góndolas de viento,

velas que del fuelle se extravían en suspiros.

Me quedé en el puerto de los sueños,

en la barca airosa de la risa,

bebiendo noches, saboreando lunas,

galanteando auroras.

 

Y el amor volvió y se quedó prendido

como el muelle salpicado de latidos

donde el mar iba y venia,

donde yo iba y lo traía.

En la resaca te veía,

en la ola te acogía,

y sólo las gaviotas murmuraban

cosas que el viento les oía.

 

Venecia hermosa del canal que me prendía.

El amor llegó en tus barcas,

en crecientes olas blancas

y el amor correspondía.

 

He de confesarlo, ¡sí!,

que en tus aguas me perdía.

El amor volvió y en góndolas me iba.

 

Venecia hermosa, amada mía,

sabes a miel de ébano y a baya dulce,

tienes el color moreno y rozagante

del puerto ebrio en que el paisaje

es durazno y azabache.

Llevas esos ojos cristalinos

que el murano escribe en lejanía.

Tu cuerpo es puente

y el balcón de mimbre

que en veladas noches se esculpía.

 

Preciosa, hermosa, dama mía,

el amor volvió a la vida

y tu boca me prendía.

Góndolas de viento, góndolas del puerto,

tus brazos me mecían

y en ellos me escondía.

Belleza y dulce mía, que en tus besos me acogía.

Góndolas de luna sobre un pecho que lucía

los más fragantes senos

que el alba merecía.

Góndolas de brisa que me dio la vida.

 

He de confesarlo, ¡sí!,

preciosa dama mía,

que besé la luna

en la Venecia en que tú ibas.

Salvador Pliego


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