SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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¿Qué quieres?
Sobre el azul del mar despiertan las palabras
y el piélago cae como arena en su rostro.

¿Qué quieres?
Y ella dijo:
Que me leas…

Y al abrir sus ojos, de sus iris, le leí un poema:
“Tras los restos infinitos de la aurora…”
Y al cerrar sus ojos, me cubrí con ella.

¿De dónde el verso?
¿En qué tinta la arena crispa y graba?
Y el canto que se prende como un grito del cincel pulido.
Allá, en la noche, el aplomo del ave se persigna
y canta con su llanto sin que nadie le intimide.
Hay recuento de pájaros y alas.
Hay vestigios de tardes y de auroras.

¡Oh, poeta!
Cristal del fuego y del vacío.
Cueva desigual de la vela y del marino.
Fue el verso su boca humedecida.
Fueron sus manos el roce y las teclas
donde el bardo sus escritos de sonido acumulaba.
El altar del poeta: su musa y su marea.

¿De dónde el verso?
¿De dónde el canto?
Si sólo ella.

¿Qué quieres?

Y al abrir sus ojos, de sus iris, la poesía…

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”*

*Verso de Pablo Neruda.
20 poemas de amor y una canción desesperada.
Poema 20.

 

Salvador Pliego.

Luces blancas, transparentes, olor a cielo,
plumaje y oro que va cayendo al suelo.
Cada partícula es como un querube en vuelo,
tocándose sus alas, descubriendo el viento,
abriéndose para recrear su aliento;
descolgándose sigilosas como algodones bailarines,
cuchicheando en el espacio sus secretos.
Cada una se esparce y van vistiendo los paisajes,
como novias puras y benditas del follaje.

Habitante del jardín y de las noches,
de la acuática marea,
de la travesía del agua y del bajel en ruta;
me quedé absorto entre la nieve,
abstraído y perdido hasta nublarme;
tocando su ligereza, respirando su sencillez,
mirando su ilimitada forma, abarcando su infinita manta,
señalando su nívea cabellera y su lechosa entrega.
Y como nadie, me sentí invitado a su cuerpo y su materia,
a su albina pulcritud de dama.

¡Ah!… Era el reventar de espacios y ajetreos,
la alegría pura, el danzar en la volatilidad de la materia,
el brincar entre la nada, el pintarme de su aureola,
y vestirme blanco, todo blanco…
Y una sonrisa cargada, a nieve y pluma me sabía.

(En atavío claro,
con arreglo fino y distinguido aliño,
yo escribí mi verso: un verso blanco,
así ligero y blanco,
que sirviera de regalo de lo que tengo y valgo,
y darle una sonrisa, de nieve y pluma,
a donde al alma, alegre, se explaye y diga:
Mi sonrisa: ¡A tu blanca bruma!)

¡Nieve, espuma, travesía y garbo al que mi mano toca!
¡Tócame de coral y esponja y que la brisa a ti te escoja!

 

 

Horizonte de noche Mixteca,

sierra de bronce y del Lerma rodeada.

Talud de la tierra su verdes montañas;

Ladera de ocote su abierto paisaje.

El pastor a su flauta le sopla

y le llama a su oveja en el monte extraviada.

Olor de quejido de un flautín afligido,

el pastor va de gritos rastreando al ovino.

 

Cobre que nace del cieno,

cascabel que suena y que repta:

raíces de un niño dolido,

del llamado que no responde el balido.

 

Pastor: ¡Deja a la Virgen salir de la luna;

Deja que salga y te duerma en su cuna!

Flautín de tierra morena, pesar del alma que lleva.

Pastor que toca la flauta

y siente el pitido que ya no le suena.

 

Correas que son de cuero, del cuero del vertedero,

donde se quedan mirando los ojos ya sin consuelo.

Y aunque la luna sea blanca,  no brilla ya sin la charca.

 

Pastor que su pena sopla, que llora su flauta de hoja;

huipil salido del valle con lágrimas tejedoras;

hilaza de caña fresca zurciendo tristeza en el alma.

 

Pastor: ¡Deja a la Virgen salir de la luna;

Deja que salga y te duerma en su cuna!

Dolor que llevas y embriaga,

llovizna de fuego que horada y no sana.

 

Pastor:

¡Deja a la Virgen que te abra,

que te abra la bruma

y te lleve a su cuna!

 

Salvador Pliego

 

 

Simiente de pájaros, en mi costado hierves y te nutres.

Eres un altar de trigos,

la parte más blanca de tu cuerpo

y a la vez la más profunda y bella.

 

Pozo abierto y dulce:

entrar en ti era hurgar un cañaveral verde,

el  grano en postre, la semilla rica en albumen,

el racimo cortado en ramillete.

En ti encallaban más de mil muelles sin tocarse.

Yo mismo naufragaba y ahí mismo navegaba.

 

¡Ah, hermosa, hermosa!,

de tu cavidad veía la tierra:

lejana  y sorprendente,  perdida como el cielo,

volada como el alma, atajada por el tiempo.

¡Cuántos cisnes en tu vientre vi volando!

Y la sabiduría se encarnaba en tu dulzura:

Era la aventura y el deseo;

Era traficar con besos en secreto.

De ahí partían los buques al estero.

De ahí la flor se abría en el invierno

y el calor que profería  humedecía mis labios a su encuentro.

 

¡Cuántas cuevas y aventuras!

Los pólipos abiertos y las mareas sosegadas.

Eran aguas turbulentas las que te bañaban.

Y la calma precedida era el cardumen reagrupándose

para abrirse de nuevo en estampida.

Todo, todo se centraba en ti como una red de plumas,

como un escaparate abierto de cristal obscuro.

 

¡Cuánta belleza y cuánta forma!

Era empalagarse y ceñirse a tus encantos,

y en mi boca saturada de sabores

partir del centro a tu belleza:

Eres hermosa…

¡Radiantemente hermosa!

¡Aterradoramente hermosa!

Y ahí mismo naufragaba…

 

 

¡Arriba!

Corceles de estampa y bragada cargada

en casquillos de plata de doble moldura,

sobre el llano en la tierra su noble figura,

del jinete agreste que blandiera su espada.

 

Y viene el jinete dolido y bregado

en la montura que le fuese cargando,

y viene el jinete lastimero y llorando,

despertando a la tierra sobre su pasado.

 

Arriba jinete que encontraste la gloria

del corcel en brama sobre la montaña,

sacude del tiempo espada y guadaña

para mostrarnos siempre la mano y victoria.

 

Cabalga hacia al río con lancera nueva

llevando el alma agitada y fresca

y deja al viento, donde os parezca,

el galope entero que al valiente mueva.

 

Galopa con brío, galopa en delirio,

sobre la lanza del hombre que nació bravío,

y deja el estoque, el llanto  y el tino,

a aquel que no pudo encontrar su destino.

 

Arriba jinete, triunfante en sonadas,

retumben las liras sobre tus jornadas,

me acerquen la cuerda en las manos ajadas

a que sienta el galope sobre las cañadas.

 

Corre que corre, galope a galope.

¡Arriba jinete sobre las montañas!

La mar será nuestra, como las campanas

que vibraron siempre por sentir el golpe.

 

¡Arriba corceles! ¡Arriba jinete!

Que la silla escurra trayendo la suerte.

A despertar las mareas sobre el horizonte.

A vencer molinos como Don Quijote.

 

Resuenen los cascos, resuenen los vados.

Galope que suene  sobre los estrados.

¡Arriba jinete!  ¡Arriba a galope!

Que sientan las olas la brisa y el trote.

 

Corre, que corre, que corre

y retumbe en el trote.

Corre, que corre, que corre

y desboque a galope.

 

¡Arriba jinete, que el mar para siempre su canto desborde!


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