SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Archive for the ‘España’ Category

No hay pastorcillo en el llano.
No hay manchego en la crin.
En la llanura se escapa
el torillo con su crespón.

¿Por dónde se va la España?
¿A dónde apunta el hurón?
Nísperos de tierra ancha
que se han encomendado a Dios.

Por más que el molino bregue
y el rucio redoble a babor,
salid, España, mirando,
que cabalga ahora el sol.

Limoneros y cerezos:
¿Por dónde se va la España?
En la flor de la avellana
donde se ha escondido Dios.

Salvador Pliego

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CABALGADURAS
-LA ESPAÑA DEL POETA-

I
Ser una espada,
como saeta,
como un olivo que sangra flores,
como un puñal en el alma y férrea,
como la sombra de toda piedra,
para cruzar la España hecha de escarcha
y esparcirse en la luz nocturna
enarbolando la mar que olea.

II
Levantaos, Caballero:
asid el galope y la adarga,
para que la lanza restalle
en los linderos del alma;
para que los cascos resuenen
como un corazón que arrasa.

III
Llevadme el alma en la espada.
Ponedla de arista y hierro,
a que cabalgue por la asonada
donde la tierra levanta y canta.

IV
De canto en canto y batalla:
venid galopes en marcha;
venid, que viene la alzada
y el latido en avanzada.

¡Venid a todo galope,
que el corazón va en himno
y viene corriendo en marcha!

V
Jinetes de la vanguardia
que vienen a lomo
de mar y España,
con la cruz hecha de albarda
doblegaréis cierzos y olas
para cabalgar en las mareas.

VI
¡Salid todos de España!
¡Salid todos, ligeros!

Mirad que ahora entra
la España que cabalga.

VII
Caballero de la cruz manchega:
ya no blandiréis al aire
con el filo de la espada,
sino con la mano del acero,
de los hierros que trabajan.

VIII
Por la espada, por ella,
por la espada:
¡salid a la llanura!
¡Salid!…
¡Salid, vientos de España!
¡Salid!…
En la hora brava,
en la crin aventurada,
con el lanzón puesto en la carga,
con la vista en la montaña:
¡Salid!
¡Salid, que hay España!
¡Salid!…
¡Es un galope la tierra enamorada!

IX
En el mar…
Desde el mar…
Os digo: sobre el mar viene la marcha.

¡Cantad, España!
¡Cantad!…
Abrid los brazos.
Esparcid el mar.
Ganad la ola en el mirar.
Esta tierra
centelleará al galopar.

X
¡Cantad, corceles, cantad,
henchidos de galopar!

Con esa montura hidalguense
y el peto de mimbre o de bronce,
corred a que prendan los cascos
y ardan llanuras al trote.

¡Cantad, corceles, cantad,
los himnos del galopar!

¡Arded, caballos de fuego!
Arded que lleváis a España
sin la montura ni reata,
sobre el dorso del mar.

¡Cantad, corceles, cantad,
las marchas del galopar!

De pie en la grupa, de pie,
que nadie os va a alcanzar;
con la lanceta en la mano,
con el rejón de mirar.

¡Cantad, corceles, cantad,
galopes que van al mar!

Salvador Pliego

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Ventisca de alas abiertas:
sabor a vida en doble fila.

¿A dónde lleva la muerte
cobija de años e hilaza,
si para tejerle a la suerte
la vida va a toda marcha?

Páramos todos de España,
nacidos de mina y yunta,
los yelmos jalan las barcas
y las barcas toda ansia.

Viene la vida que vuela
y va cargando de brío el alba:
a un lado su estrofa gallarda;
del otro, la aceitunada alegría.

Tropeles son las gargantas
que empuñan la esperanza,
la gran vida que aclama
victorias en las palabras.

Álamos fieles al campo,
cantos de todas sus ramas,
cuando escuchen la mañana,
cuando salgan de la entraña,
cuando levanten los ojos,
desparramen con sus hojas
las voces que son de España.

Llevando vida la vida,
el alma es la que canta,
y el canto es creación que agranda
y va empujando a las almas.

Jardines de corazones
con sus nidos verdecidos,
con sus pechos almendrados,
con sus manos ya floridas,
son la fuerza y el sentido
orientando los latidos.

Cada respiro que nazca,
cada abedul con su crío,
levante la cara firme
a que tiemble en asonada,
a que resuenen sonidos:
corceles que son de alzada,
y el jinete apunte al alba.

Manos de muchas manos
que a la España levantaron,
que en los campos o en las calles
otras manos las sumaron,
con los dedos, con las yemas,
cabalgando nuevos sueños,
en la crin, sin arrogancia,
a la vida nos llevaron.

Como mil jinetes de oro,
como mil torillos bravos,
como mil conscientes nardos,
en la vida nos montamos
y a la muerte sepultamos.

Toda la tierra se alza
con la guarda y la espada,
abanicando el acero
con entrega y con arrojo,
empuñando la palabra:
de la muerte su estocada.

Salvador Pliego

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A Carlos Danoz, español y buen amigo.

¡Viva la España del corcel y enamorada,
la España de Huelva y del trajín idolatrada,
la espada en la montura y la rosa levantada!

¡Olé, poeta de las garzas en la flora!
¡Olé, por esas violas de zarzas sonrojadas,
olivos que encumbran a los ojos
en las gaitas de avellanas y Canarias!

¡Salud, España, y a la mar en la Cantabria!
¡Salud por el jardín de la mañana
y las uvas en claveles de Granada!
A trote de la crin y a buen galope,
con la riata del jinete se mece la solana.
¡Salud, España, de la copa almendrada!
¡Salud por la vihuela y la voz garigoleada!
¡Salud por esa falda levantada
y el muslo parecido a una gitana!

¡Que viva la España pregonera arrebolada,
el fogón de danza y de la ola encantada!
¡Que viva cuando canta en el corcel enamorada
y el tobillo asoma su color de moza Sevillana!

¡Olé, la copla del jazmín en la ventana
y el balcón de jarras con violetas azuladas!
¡Olé, que huele a Murcia y Barcelona,
y la tierra muestra clamor de minifalda!
¡Que pruebe el olmo el sabor de la castaña
y las trenzas cuelguen al vaivén de la jarana!
¡Que brinque Jaén sobre la barda
y mire los ramos de crisoles de Calañas!

¡Que viva la España en plata enamorada!
Del lirio: mano dulce cubriendo la estocada;
de Asturias: lis en su garganta;
del pecho: El Prado bailando taconada.
¡Y el rostro vivo de aroma de Navarra!

¡Olé! ¡Olé! ¡Olé!…
¡La España de la rosa enamorada!

Salvador Pliego

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No importa el yelmo o la carga
ni siempre empuñando la misma espada,
y digo no importa si fuese empuñada
haciendo la misma hazaña,
la misma que luego cantara.
Si es que la tierra aclama:
bregar, sin que trascienda la fama
ni el grito de aquel que pasa.

Lancero, entonces lancero,
como el escudero al pulir el yelmo,
para templar armadura y vencer primero.

Lancero, sin lanza, cinto o coraza,
llevando en la suerte amarras,
las mismas que Sancho creara
y en la llanura el Manchego las cabalgara.
Lancero, entonces lancero,
igual que el vivir de arriero:
el que escondiera al overo
y luego al sepulturero.

Lancero, siempre lancero.
Como aquel hombre que izara
en trote una delgada vara.
Aquella de punta larga,
de trigo, olivas y zarzas.
La que por lanza empuñara
en el lidiar de batallas
o frente al mar despuntara.

Y cuando un Hidalgo
de frente le mire y le dé la cara:
lancero, siempre lancero,
sobre el jumento el tintero,
sobre el florete el sendero,
y siempre de aventurero.

 

Salvador Pliego

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Cuadro35.jpg

No te canses, Caballero,
que a la España yo me vuelvo:
sobre el lomo, sobre el cuero,
en la crin cual escudero,
con el yelmo de Mambrino,
con la espada, ya curtido.

Arrebol de las andanzas,
parasol de fontanero,
donde vaya la templanza,
donde llame el manzanero.

A galope, Sancho Panza;
a galope, Caballero;
a atizar tierras de España
con coraje y con denuedo.

A galope en la llanura,
a galope haciendo bruma,
correduras de la tierra
donde suenen las bravuras.

¡A la carga, Don Quijote,
a la carga por España,
a templar tierra y montura
en la Iberia de venturas!

¡A morirse en cada trote,
a forjarse en el galope,
donde suenen pasos dobles
y el corcel con su redoble!

¡Adelante, Caballero;
adelante el escudero;
que se vea la cruz de España
en la frente y los aceros!

¡Arremete hasta la muerte,
arremete buen jinete,
que la tierra de tu nombre
y una España en el florete!

Salvador Pliego

– – –

 

Correduras de olivas y hojuelas de plata
van tejiendo los ojos de la niña loada.
Faena de furia sobre su costado
la dejó dormida sobre el enrejado,
y han dicho que ha muerto, así recostada,
por tener la tierra sobre su mirada.

Torillo de espada, astado y en ruedo,
de un traje de luces que le fue al encuentro.
Mas era la niña, vestida de cielo,
que al verle invistiendo
retomó la tierra y sin capote dado
la dejó dormida sobre el enrejado.

España de mármol y gubia, Huelva y Granada,
faena de zarzas sobre tu morada.
Ya muerta la niña, decían llevaba
un puño de tierra que nunca dejaba.
Cargaba en el puño la tierra de España
a quien siempre cantaba sobre su Granada.

Mugía la tarde en castañuela brava
sobre el lecho ardiente en que la velaban.
Muleta y capote volaban la plaza
y el ole en la arena coreaba la masa.
Era la niña, la niña de gala
que llegó de nuevo a encender la plaza.

Rugía la España como batahola
sobre un puño erguido que creció cual ola:
la tierra del alma, la tierra de España
que nació en trincheras desde la cañada.
Y el ole en la plaza que cimbró a Granada
por la niña muerta que retuvo el alma.

Salvador Pliego


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