SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Mi corazón es un puñado de valientes
y un río en las calles que palpita,
para llevar esa voz despierta
y el emblema de los gritos que le laten.

Arda el agua de las charcas
con el vigor de las pisadas.
Cada paso ya palpita
en el corazón de la avanzada.

No podrán jamás doblar la frente
que brota del pueblo y habla.
Los pechos son bengalas
de unos puños de vanguardia.

A la altura de los pechos,
hacia el frente con miradas,
nuestros sables son latidos
que ni el fuego vence o dobla.

Mexicanos que hoy nacieron
desde el suelo en asonadas,
al calor de las gargantas
repican las nuevas alas.

Salgan las voces todas
de unos labios que no callan,
porque el pecho es ahora eco
de los aires que acrecientan.

¡De cuando a acá las batallas
se dieron con manos tristes!
¡De cuándo a acá los galopes
prescindieron de los trotes!

Broten las voces del pecho
de un sonido que palpita:
el coraje hecho vida,
la ilusión de quien lo habita.

¡A la altura de los ojos,
a la altura de los pechos,
apuntando con los labios,
al corazón le agitan latidos
que son pueblo y son pujanza;
el corazón revienta de alas
en las voces que agigantan!

Salvador Pliego

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(Caudillo de la Independencia de México (1765 – 1815).
Tras la muerte de Miguel Hidalgo encabeza la lucha
de liberación. Es derrotado y fusilado en 1815,
pero su legado queda para la historia de México.)

José María Morelos y Pavón

¿Dónde estás, Cura de Carácuaro?
Ya cargo mi machete.
Ya llevo mi sotana
a que me enlistes en el frente.

¡Que sepan que hay campanas
que son Cristos de valientes!
¡Qué sepan que aún llevamos
las alforjas de insurgentes!

¿Dónde estás, Cura de Cuautla?
Ya la tropa se recuadra
a la vista de estandartes.
¡Vamos todos!
¡Vamos, Cura, a la asonada!

¡Que golpeen casco y los sarapes!
¡Que resuenen los timbales!
¡Que repiquen en las manos
libertades a caudales!

¿Dónde estás, Cura de Chiautla?
Ya levanto mi machete
de nuevo a enlistarme.
Por la Virgen del curato
se me cuadra el alma
como un Cristo insurgente.

¡Vamos todos con la leva!
¿Dónde estás, Cura de Izúcar?

Salvador Pliego

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Corred las llanuras

I
Los corceles de oro
-blancos jinetes y el nudillo encrespado-,
por la explanada retumban, por las gradas,
por el reborde del llano.

¡Seguidles el paso, jinetes de alzada!
¡Juntadles los pechos a que amartillen la tierra!
Batallones certeros, escuadrones ardidos,
llanuras de nadie al tambor de casquillos.

¡Jamás sea la muerte el jinete a galope!
¡Jamás sea el lancero un clarín sin florete!

Hasta la minería, hasta la frazada roja,
hasta el puñado de la remota pradera:
¡todas las llanuras al sonar de vihuelas!,
¡todos los jinetes con su empuñadura!

¡Salid cabalgando a lomo de estrellas!
¡Trotad como nunca, hidalgos, la altura!
¡Entregad los galopes, entregad toda el alba,
entregad con la estela la tierra excitada!

¡Jamás sea la muerte el galope que aturda!
¡Jamás sea la nada el relincho que atrona!

¡Agitad con el puño el crespón por bandera!
¡Alzad espolones, vencedores de guerras!
¡Jamás sea el jinete la muerte que trota!

II
Arriaba la muerte un caballo de bayo pelaje.
En su cintura postraba su dura tarea,
tan dura como la hosca osamenta que le atornillaba.
Un hombre, a lo lejos, tan sólo miraba.

Carga de sombras era lo que le postraban,
y el peso, al caballo, su muslo doblaba.
A lo lejos, un hombre, sólo le miraba.

Con la reata en la sien y el hocico anegado,
se crispaba el flagelo que le atizaba
y una llanura de zarzas por él relinchaban.
Un hombre, a lo lejos, tan sólo miraba.

Fallecida, al fin, la guadaña,
el hombre se fue al caballo;
liberóle el borrén, la cuña y el asiento;
el puente y las riendas también.
Y montado en el dorso, a duro galope,
la vida se alzó.

III
Que hay un corazón de agua
que galopa y galopa.

Y cuando late, su pulso de océano
iza las velas donde nace la sal.

A veces el hombre le suele encontrar,
y apunta su pecho más allá de la mar.

Salvador Pliego

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Obviémonos los ojos y los dedos.
Obviémonos las piernas restallando
y la empuñadura requerida.
Obviémonos la esperanza fundamentada en secretos
y los anónimos desgañitados gritos.
Obviémonos la muerte que hace señas
de lujuria entre reclamos.
Obviémonos los dictadores
dictando su sentencia vejatoria.

Digo que contemplo la columna
que aclama la vida en cada vida:
la fila humana, larga e infinita,
redescubriéndose en los hombres,
con sus estafetas de hoy, hoy mismo, y ¡basta!;
salta lumbre en sus miradas de alegría.

Soldados sin armas,
soldados de los brazos inocentes,
soldados de las patrias arenosas
y sin colaterales casquillos:
aun cuando el tirano, irónico, blasfeme
que vuestra suerte obsoleta es de labios y de asfaltos;
aun cuando les martillen las palabras
con el futuro de sus hijos
o desde las cenizas para reconstruir nuevos corazones;
soldados de la arena:
¡id a marchar ahora!

Porque, si os esperáis sentados,
¿cómo caminaréis después con las rodillas planas
y los codos invertidos
y la desesperanza en la nuca de los rostros?,
¿cómo vais a enderezar los ojos hacia el frente?,
¿qué os dirán las piedras que no fueron lanzadas
al grito de ¡ahora! para derramar coraje
y furia y sentimiento y promesas?

Egipcios faraónicos,
libios gobernantes de la arena blanca,
yemenitas milenarios y ancestrales,
bahriníes nacidos de la sal y de las aguas,
iraníes desvestidos de las sombras y tinieblas:
marchad añadiendo nuestros ojos;
sumad nuestros nudillos a los vuestros
e intercalad nuestros pasos en cada uno
que dejéis cuando la arena tiemble.
Adherir nuestras gargantas
y nuestros callos a pancartas y leyendas.
Como un solo hombre descifrad las calles
para enterrar las tumbas y tiranos.

A vuestros propios gritos unid los nuestros.
Convocadnos desde sus gargantas y sus paraísos
a la multitudinaria arenga,
a la fábrica de sueños,
a la imperial delicia que es la vida.
Y cuando estéis en marcha,
invitadnos de nuevo a los volcanes, al latido,
al respiro del vigor,
a las dunas y floras brotando de las casas,
a la tierra misma a cultivarla.

Salvador Pliego

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La flor es un fusil de amor,
un fusil de labios, rotundo y penetrante.
¡Qué canto te dijera si el cantar del mar viniera!

Quiero un arma silbando por el monte
y un silbido que cante un bello nombre:
pólvora de rosas y un cañón para escoltarte,
un colibrí hilando y el abeto, igual, a mil volando.

Quiero una batalla de lilas y amapolas
que tiñan con sus cuerpos de blanco las pupilas,
y al pétalo solfeando, airoso y ajetreando.
Ir a la explanada del poeta y a su casa
envuelto en esa manta de hierro y de campanas,
y el hierro que sea nube de mirlos y de calas;
enlistarme en una vista y amarle con su rima.

Quiero la poesía cargada y preñada,
dando a luz, bramando hasta que nazca:
de una mujer de pueblo rebelándose en la plaza,
de un niño en el corcel de madera y crianza,
de un campo de hombres, y nunca doblegada.

Quiero una ventana: jazmín, cobre y agitada;
un tintero libre y un octosílabo en recuadro;
que apunten a la voz, al cuello, al grito, del siempre partisano,
y del gerundio colgándose y temblando.

Por más fusil que lleve,
por mas letra vencida,
hay sangre en vez de plomo
y sangre respirando,
latir entre los codos de brazos despertando,
y un hombre en cada hombro: fusil de flor y asombro.

Por cada hombre respiro maíz, arroz y canto:
pólvora que viene de tierra, surco y cauce,
y hierve en los volcanes luchando al sembrarse.

Quiero mil batallas de lilas y amapolas,
que vayan todas juntas cargándose y unidas,
y cuando ya disparen, si es preciso,
desborden las pupilas sus flores amarillas.

Latir de los fusiles de cañas y cananas
cuando en las armas viven del pueblo sus labranzas
y besan en las ramas las rosas hilvanadas.

Cantares que se funden en pechos del obrero,
bigornias cual floreros domando los aceros,
y en mano de los cantos claveles engendrando.

Quiero mil batallas, y todas liberadas,
de lilas y amapolas floreando en las montañas,
y, si es preciso,
naciendo en las entrañas.

Fruto de las villas la crónica y garganta
que brota de la espiga de alguien que camina,
y cuando se cosecha, masa es su justicia.

Quiero las batallas, mil y mil batallas,
mil juntando miles, mil soldando todas,
de lilas y amapolas sumando a las begonias,
que forjen cada tallo, que limpien el arado,
que lleven en los dedos los callos del sembrado,
que apoyen en los hombros al hombre liberando
y, si es preciso y fuese necesario,
con flores en la mano para irles ya besando.

Salvador Pliego

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MuralOrozco.jpg

Poema extraído de mi libro: México –la independencia-.
Abierto para el que guste leerlo. Ver imagen de lado
derecho.

México independiente

Poema VI

Hubo un hombre homínido, humano, algo terrestre,
-y no hablo de aquel sátiro inhumano
que no otorga permanencia a la vida en estos lares-;
intuyo: era voluntario de hombros y de huesos personales,
de vida viva, de vergüenza en la camisa.
Vino de la Europa. Sí, patria y patria siempre fue la España:
la madre arcaica y camarada,
(ofrezco mis costillas al Goya hambriento de sus hijos;
regalo mi vértebra, una parte, a cada poro en la Guernica).

Explico: era residente provinciano, del sur, del norte, de la América;
hilaba sus dedos en la tierra matutina
y vestía de polvo, todo el día, toda su agonía.
Sucede luego que la patria…
aquella de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo y extendida:
patagónica en los dientes, amazónica en la lengua,
lacandona en la hebilla, continental en la mejilla.
Sucede, ciudadanos, que pizcó el sable de insurgente
(aclaro, como al mes el calendario,
como madre al hijo nato que llora y sorbe sus encantos).

Insurgente de medallas en las uñas,
procesal veterano de las patrias: ¡Larga vida!
Y no es por él tan sólo.
También al siglo, al árbol, a la hierba,
a las horas del segundo, al horario del minuto,
a las manecillas a destiempo: ¡Larga vida!

Recurro a tu boca y me descubro.
Dejo al inframundo los inquisitoriales términos del habla,
infames verdugos de la letra,
látigos quemados del acento. ¡Pobre espada!
Y digo eso en los sepulcros de gramáticas vencidas
-aún la muerte se imagina a sí misma con su propia idolatría-.
¡Ay de aquel y todos esos muertos! ¡Ay de aquel y todos esos yertos!
¿Añoranzas? Siempre. A veces. Solamente entre sus deudos.

Insurgente de pies a la cabeza,
de la espalda a la orilla
y de la orilla a la saliva:
cuando escucho que recorren las lápidas de grilla
y no dejan florecer conceptos:
¿qué patria es ahora?,
¿qué rúbrica de suelo a la calma le violenta?,
¿quién es el que oferta a la muerte una lira?

Dices: ¡donde haya un hombre hay patria y poesía!
¡Vamos, que dejen al mundo acariciar su savia casi extinta,
su valiente fauna escondida,
su suave ortografía acumulada!

Insurgente de pies a la semilla, de pies a la deriva,
si algún día, por descuido, apatía, dejadez o abandono,
tu muerte cadavérica y accidental a la muerte sorprendiera,
estoy seguro correría el astro rey junto a sus hijos
y al tercero nuevamente calentara;
la gallina todo el día cacareara,
y el huevo, tibio aún por verso y letra,
su yema copiaría de pies a la semilla,
de pies a la deriva,
de hombros a la cima,
y a la muerte aquietaría.

Insurgente de pies al epicentro, de cabeza al firmamento:
¡que no corra el pie en puntillas estando en la camilla,
ni el lumbar alce la vista a la espinilla!,
¡que el temblor de un árbol no tire a la semilla!,
¡duerma el día bisiesto!
Cuando cantes, ¡hazlo ahora!
Cuando rías, ¡hazlo ahora!
Cuando pienses, ¡hazlo ahora!
Cuando vivas, ¡hazlo ahora!

¡Larga vida, insurgente!
¡Larga vida a la vida!

Salvador Pliego

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Poema extraído de mi libro: México –la independencia-.

México Independiente

Poema IV

Discurro el verbo de la letra,
la voz intacta de la jerga, el habla de la lengua.
¿Cuántos Quijotes levantaron a la España
cuando el polvo le asolaba
y sin yermo ni escudero, en la llanura,
fue a la mar a bregar con la palabra?

Discurro nuevamente la poética:
el hombre es el jinete, el molino y su lancera;
el cóndor salvaje es la centuria de las piedras;
el águila morena, clavándose osadamente,
es la fiebre volcánica acerada.

Un día me entregaron el ave, ¡oh poeta!,
el ave pájaro, el ave mundo, el ave pajarera,
obviamente lo era por su pico,
por su garra de plumífero y ladrido,
por su esbelta cabellera Azteca y de granizo
-digamos, si acaso, que era blanca blanquecina,
y pintaba en blanco su perfil de níveo golondrino-;
ahí escuché a la patria sin fronteras, sin filtros ni obeliscos,
simplemente era un terruño,
el suelo entero en sus bramidos.

Dirán, entonces: ¡eres mexicano!
No señores, no es por eso. El santo al santo no alarga la liturgia.
Discurro, y luego explico.
España: ámame en tu tierra, en tu montura,
en tu flamenca escudería, en el confín de tu armadura,
en el galope aciago hacia la vida,
en la espada o en la crin de la ventura.
América: láteme, envuélveme, inscríbeme,
abraza mi mejilla, hinca tu poderosa hormona en mis rodillas,
acaríciame la oreja en el portal que vibra,
en tu misma América de arcilla:
la de Darío, la de Sabines,
la del ungüento de Úrsula en su silla,
la de Pedro Páramo sonriéndole al camino.

Patria… mi poesía:
órbita de luces y espuma gentilicia.
Diré, ahora: mis Méxicos queridos;
los del aire y los eternos,
los de escudo blanquecino,
los de túnica de niño, los de guaba y de membrillo,
los de ocote encendido.

Siempre hubo, contaré, costilla en mi costilla
y vértebra en mi herida;
la patria que llevaba mi sangre guarecida
y la mía encendida,
y el beso de un vocablo naciendo en mi saliva.
¡Qué humano, insisto, qué humano el que camina:
libre, y en él vive y desvive poesía!

Más allá de tus fronteras, patria,
en la nada que es el todo,
en el todo que es lo nuestro:
padre nuestro el de los siglos,
padre al hijo en tus dominios,
padre santo en los delirios;
encuentro en ti, tierra, mi poesía.

¡Padre hermano el de tus hijos;
Padre nuestro el de mis niños!

Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

Poemarios y cuentos

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