SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Archive for the ‘literatura’ Category


-Era un círculo perfecto, inmune a la diatriba, soluble en la saliva…
-¿Algo así como un ombligo?
-No… Insisto: Era un círculo perfecto, de corte transversal, falaz ante la lumbre, paralelepípedo en la cuerda, fugaz y descortés…
-¿Estaba sucio el ombligo?
-¡Que no! Va de nuevo: Era un círculo de pana con barniz sabor a menta, algodonado entre las vainas, con gustillo a caramelo y cubierto de avellana. Tenía por…
-¡Ajá! Era sensual el ombligo…
-¿Otra vez? Y dale con lo mismo. Reinicio: Era un círculo de viento que en la nube hacía aspaviento, que en el rayo hacía tornados, que soplaba por los lados, que gritaba en el costado…
-¡Uy! Entonces estaba enojado. Pobre ombligo. ¿Habrá sido el mío?
(…)
-E…r…a …. u…n …. c…í…r…c…u..l..o …. d..e ….. a..l..a..m..b..r..e …. q..u.e cogióse entre las ramas el sabor a cacahuate y llevaba de enramaje un ardid de escaparate, con mirada azul granate, que vestía entre…
-¡Ándale! Chulo el ombligo pues. ¿Llevaba arete?
-¡Y dale con el ombligo! ¡Qué fijación la suya!
-Vale, ni que no tuviera usted.
(…)
-Era un círculo de rizos y caireles que portaba bellos aros pues gustaba del aroma que pescaba de la flora y llevaba minifalda, cual…
-ja ja ja ja, afeminadillo el ombligo, ja ja ja ja…
-¡Oh, Dios!…Era… Era… Era un círculo relleno de cajeta y de ciruelas que al membrillo le cantaba y a la avena le rezaba, que colgaba de viñedos con las uvas en las ramas…
-¡Epa! ¿Dónde? Yo no veo nada en mi ombligo. ¿Será porque hoy me bañé?
-EEEEEEEERRRRRAAAAAAAAAAAAAA UN CÍRCULO DOrado de ojal, grana y arropado que cuando se inclinaba de luces se llenaba…
-je je je… ¡Sensualón! Y de seguro era de alguna solterilla por ahí…
-¡Ay , que me ha puesto de nervios! Era un círculo cerrado…
-¡Eh!, ni que fuera señorita…
-¡Total! He terminado y no digo más.
-¡Ah!… Ya lo sabía: ¡Era el ombligo!…
-¡Por Dios!… Dejémoslo en cuadrado. ¿De acuerdo?
-¿Un ombligo cuadrado?…

 

Salvador Pliego

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¡Jamás tuve la suerte de ser poeta entre la gente!
Jamás volví a la orilla a recoger las letras de la arena.
Pesqué corales transparentes, anguilas amarillas,
navíos en mi pluma, barcarolas en la tinta.
¡Jamás miré mis versos correrse por las calles!

Dejé escrito en mi mano:
“…Y la tarde morirá como el poeta.
Y la noche volará como su letra.”
¡Ah… de aquellos versos insurgentes!
Alas blancas, solitarias, que nacieran de la estrofa;
bailes sudorosos que del ritmo hicieron gozo.
“Y la tarde morirá como el poeta…”

¡Jamás tuve la suerte que mi verso noche fuera,
guardar la estrella en la solana
y picotear las frutas desgajadas!

Mas, yo quise un día:
ser esa horquilla de campana,
ser  esa guitarra de alambrada,
ser ese Merlín con su cigarra,
cortar las guabas y endulzarlas con mis palmas,
bajar del atrio sonando  las vihuelas.
¡Yo quise un día!…

Dejé mi verso un día para ver si era montaña;
un verso libre sepultado entre cabañas.
¡Yo quise un día esa montaña!
Dejé mi verso a que la alondra le posara.
Un verso solo, un solo verso.
Y la alondra no cantó por mi ventana.
Dejé mi verso libre una mañana…

Dejé mi verso una mañana y no hubo quien le viera.
No tuve arbusto o madriguera,
ni cueva alguna donde me escondiera,
ni la luna aquella que jamás se me encendiera.
¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
…Y canté las coplas sin que nadie las oyera.

Mas, yo quise un día ser esa madriguera,
ser esa cueva donde yo mismo me escondiera;
dejar un verso, un poeta y un farol que a mí me vieran;
cruzar la mar en zancos, entre olas pendencieras,
y vestir la estrella en la solana con las noches de mis letras.

¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
¡Jamás tuve la suerte que la mar a mí me oyera!

Salvador Pliego

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Niña de un rosario que sus cuentas no ha contado,
que cabes con la lluvia en una cucharita en bronce,
en un granito del azúcar diluida,
descálzate y camina de puntitas por el corredizo del rocío.
Perfúmate de gotas que las hojas sudan por el frío
y resguárdate en las caracolas asomándote al sonido.

Niña de la primavera que la flor bañó tus ojos,
¡cuántas flores se crecieron por tocarte en el otoño!
Y las nubes esponjadas se formaron en tus rizos
coloreando el horizonte en una línea de crisoles.

Niña del silencio que volabas con los aires
y las alas te atrapaban con tus plumas desplegadas,
tú silbabas a la orilla de montañas
y sus nieves te copaban para amarte intacta y blanca.

Nina fresca que meciste a la rivera
y que en oruga en las mañanas despertabas,
te besaban mariposas esas alas
que extendías cuando el alba las llamaba.

Te escapaste alguna tarde en la marea,
en una ola que brotó desde tu boca.
Caracolas se acurrucan en la almohada
y una ostra, de oro y plata, en una perla te atrapaba.

Salvador Pliego

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Un día había que ser escarabajo;
el otro, la madre tierra.
Como sea, había que ser pájaro
y picotear, picotear, picotear.

Acaso fuese pájaro carpintero
o tucán-tilingo o arasarí acollarado.
¡No importa!, había que
picotear, picotear, picotear.

Nacer de la poesía y decir:
“Verde que te quiero verde”  *
y verde como la lechuga verse.
Había que picotear, picotear, picotear.
Como Hamlet en el verbo ser y con Gertrudis,
o Dulcinea en el yelmo del viejo caballero,
o Buendía y Amaranta resucitando a Úrsula
tras un closet lleno de elegías.

Había que picotear, picotear, picotear:
a la esperanza, al viejo centinela,
a la madre de las joyas,
al trueno de reliquias,
a la espiga almacenada,
a la arcilla fosfatada y siempre refractaria.

Donde gustes, poeta, donde encuentres:
había que picotear, picotear, picotear;
bajar la nube a las yemas,
hacerla vino y derramarla,
convertirla en flora acalorada,
lloverla a que reviente la fontana.

Había que picotear, poeta,
picotear, picotear, la madre tierra picotearla,
y ser su ave, su pluma dilatada,
su desliz uniforme y esponjado,
su vuelo apaisado y prolongado,
su mira nunca interrumpida,
su objetivo suave, acantonado,
su verso único e impecable.
Y picotear, picotear, picotear,
poeta, picotear la tierra y su palabra:
ser poeta del racimo,
ser el zumo agradecido,
ser extracto enriquecido,
y en el verso:
picotear, picotear, picotear…  siempre picotear…
poeta: siempre picotear.

* El verso señalado es de Federico García Lorca: Romance sonámbulo.

El poema es de Salvador Pliego.

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I
Delineo tu boca.
Con mi lengua la dibujo:
palmo a palmo, vértice a vértice,
cuerpo a cuerpo.
Rozo su contorno por demás hermoso:
una espesura que mi lengua
jamás antes hubo concebido.
La bosquejo en el sentido gustativo,
en el delirio de lo que es un sentido nuevo,
en un naciente y principiante palpitar
que sobrepasa lo nunca imaginado.

Siento tu boca,
la contacto con mi lengua:
cada línea,
cada arista,
su dulce y esférica figura,
su roja y transparente masa que me invade y me traspasa.
Y es lo más sublime que exista ante mi boca.

Doblo mi lengua,
la extiendo cual linterna,
cual antorcha enardecida,
la agito ante tu boca…
Y se abre ella.
Ahí, en un instante,
en un segundo,
lo más singular y más profundo:
revive el beso en una pausa y un gemido.

II
Dos bocas,
dos desnudas bocas
-el cielo busca un matiz entre los labios-,
se enredan, se invitan,
se esponjan, se salpican,
se hacen el amor como dos bocas.
Y, al final,
en un éxtasis que sobrepasa la palabra,
hacen un verso entre los labios
devorándose las lenguas en caricias.

III
Llega tu boca a mi boca
que la enciende y provoca
-fábrica de besos la salpican-.
Te digo:
hay tanto en ti, amor,
hay tanto en ti volando,
que muero y no muero ardiendo,
íntimo y desnudo,
en tu lengua consumido.

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Salvador Pliego

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Vestíase ante su público de gala en la palabra,
de fineza en la expresión,
con su exquisito y pulcro verso hacía la oratoria impecable
y con su elegante voz absorbía todas las miradas el poeta.
Alzando el rostro al sol cantaba,
a la flor misma su aroma extraía,
a la naturaleza de colores le pintaba,
al río su caudal domaba.
Su poder de labia era intachable.
Y el verso hacia decoro en su oratoria y a su modo.

El público, extasiado, aplaudía al hombre, al poeta,
a aquel que dominaba la palabra,
que jugaba con sus verbos,
a aquel que deletreaba al cielo hasta vestirlo con su labia.
¡Bravo!, se escuchaba doquier se presentara.
Y el poeta al azul miraba propalando con garbo su elocuencia.

Aquella tarde, el poeta presentóse en la plaza,
y un niño, absorto, le escuchaba.
El poeta abría sus brazos y exhalaba la agonía de la hora,
y luego recitaba:
“Caben tus iris en el cielo infinito de mis ojos,
y tus manos dulces
se apagan con la noche en el entorno de mi boca…”
¡Bravo!,  aplaudía emocionada la asistencia,
y loas al poeta declaraban.

Cuando hubo terminado el acto, el niño
se acercó al poeta y le dijo: “!Yo quiero ser poeta!”
Al escucharlo, el poeta bajó su mirada y respondió:
“¡Por supuesto que sí!
Te voy a decir algo: lo primero que tienes que aprender
es a escribir metáforas.”
“¿Metáforas?”, inquirió el niño.
“Sí, eso significa que debes crear figuras con las palabras.
Por ejemplo, tú puedes decir en un lenguaje común
lo siguiente:  El mar es azul y bonito.
Pero si lo quieres decir con un lenguaje poético,
dirás entonces: La mar sus ojos abre con el azul y pinta.”
El niño quedó pasmado con las palabras que le expresaron
y, al retirarse, se le escuchó repetir constantemente:
“La mar…  La mar…  La mar…”

Algunos días pasaron para que el niño volviera
de nuevo a ver al poeta.
Impaciente esperó a que su recital terminara,
se le acercó, y con profunda emoción le dijo:
“Ya tengo mi  primer verso, ¿se lo leo?”
“Por favor”, respondió el poeta.
El niño sacó de su bolsillo un papelito,
lo extendió y leyó con suave voz:
“La cielo canta en mi pecho y habla.”

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Salvador Pliego

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I
Oh plenitud de empuñadura blanca:
volcánica, apaciguada; brava, inmovilizada;
hija del sol, madre de cascadas,
remolino de los siglos, de las manos angostadas,
en las alas tutelares que bajaron por los Andes,
o en las venas araucanas o en arterias de magueyes mexicanos,
o en aurículas selváticas y amazónicas,
o en los lóbulos prendidos de La Plata y los aceros,
en las  flotantes cordilleras aurales y centrales;
ahí va escalando la América frágil y encantada:
única, territorial y partidaria.

En tu rostro,  América,  muchachita,
el amor volvió con todo.
¡Ah, tu vientre de zarape y poncho oscuro!
¡Ah, tus trenzas de lana y de pincullos adornadas!
¡Ah, tus colores de oropeles y montañas!
Dicen que en tus manos tiemblan
los aires dulces de la siembra;
que en tus ojos brillan, esporádicos,
los cóndores inmensos;
que las águilas reales, suaves, aquietadas,
inmortalizan su plumaje al abrir de tus pupilas.

Me pregunto: ¿por qué se me vendrá tu nombre
con sabor a tierra y cercanía?
Para hablar de ti fui militante, muchachita:
el amor me ardió en tus ojos
y yo me ardí en tus besos.

II
Agótate, América, en tu arcilla,
en tu tribulación, en tu griterío,
en tu medianoche, en tu “Dios mío”,
en tu tristeza y contextura,
en tu secreta lila cercenada;
sal al pecho de los tuyos:
al marfil, al más antiguo,
a los árboles genuinos,
a la esperanza poética,
al Vallejo de la masa,
a la voz terrestre de violines,
a la larga e inagotable seducción de las vocales.
¡Dame esa copa de jilgueros para beber los cantos y cañaverales!

III
Un corazón de cenzontle se vio cayendo al torrente.
Desde el Bravo y el Balsas, corriendo en el Grijalva,
bebiendo bajo el Nazas, un corazón escurriendo
fue visto y descendiendo.
Con su latir en Guayape, con su sentir en Tempisque,
desde la altura del Siquia, bajo el terruño de El Grande,
iba bajando en El Negro, en Tuma y Chucunaque.
Un corazón como un rio, doblando por Matagalpa,
sintió su ala envistiendo en Sixaola y Santa María.
Sobre Orinoco se dijo, igual que por el Putumayo,
dijeron, dicen, diciendo, se fue bajo de El Salado,
que un corazón de cenzontle cruzaba por el Santiago.
En el Amazonas le vieron viniendo ya desde el Tigre.
En el Girón escucharon al Magdalena rodando
y sobre Abuná esparcieron todas sus plumas volando.

IV
Yo no me despido.
Voy a la América, a su caudalosa anatomía,
a su geografía inmensa y matemática,
a sus brazos de dulzura tropical,
a sus islas repletas de gigantes pectorales y collares,
a sus alturas invernales y tocadas tan sólo por beldades.

Miro hoy la latitud de amor sobre sus ojos.
¡Oh niña volcánica, muchachita, corazón de llama!:
náceme en ti el cielo por bandera.
Salgo a tu amor, a tu letra,
a donde el canto va de norte a sur y en cada vena,
al fuego poderoso en la llanura.
Ábreme volcánica tu espesura con la boca
para besarla mientras el cenzontle su plumar arropa.

Vuelvo al sol, a su entrada, a su puerta figurada.
¡Yo no me despido!
Abro el amor con la túnica del cielo.
Miro sus ojos, su bandera,
y embestido en la dulzura de su pecho
dejo el mío abierto mientras lo acaricia con su arena blanca.

V
¡No me neguéis del sol la entrada!
Vuelvo a Valparaíso a encender sus ríos, sus cordilleras de tigrillos,
de pájaros sagrados, de alpacas inmortales;
a cruzar el Chile por la orilla cambiando mi ropa desgastada;
a recorrer la pampa en gaucha arenga y en La Vincha;
a invocar Montevideo, payador en mano;
a describir la guaraní cestería de Asunción y Villarrica;
al Perú milenario y en piedras taladrado;
a cada una de las urbes donde el cristal
transformó el lenguaje en joyería:
de la línea ecuatorial de Pichincha al río Bravo,
de la Patagonia a la península hemisférica.

Decidme, América, niña linda, muchachita:
si ardió tu boca con mi boca,
si llegué a tu lengua y a la punta,
si dejé bermellón de arete y flora
pintando un corazón de aroma.

Decidme, niña linda, bogotana, preciosa caraqueña:
laurel bajo los labios nació por la mañana
y el sol buscó la brisa de azahar de su fontana;
el río que subía o que bajaba
era una guirnalda que en tu boca desgajaba.

He de filtrarme clandestino por tus labios.
Decidme, linda alajuelana: aquí  nació la inmensidad, la instancia, el delirio
y he sido fuego por tu boca.
Aquí ardió mi boca entera, América, muchachita;
aquí ardió mi cuerpo entero.
¡Vísteme de obispo y guerrillero!

VI
Vísteme de obispo y pueblo entero.
Vísteme de harapo y guerrillero.
Corre desde el aire tu río enardecido,
en cada llano de hortelanos,
en cada pico de labriegos,
en cada cima de mineros.
Vuelve desde el mar tus ojos
en la honda y más profunda ruta de la patria,
en las raíces ciegas, en las semillas ancestrales.
Tú volverás en cada cuenca, en cada ráfaga,
en toda cimitarra que ondea la copa y vértice del tiempo,
en los sonidos de los soles de pirámides intactas:
de los Incas redimidos, de los Mayas inmortales,
de los Quechuas primigenios;
porque cada uno esperó su turno en la roca
para limpiar su flauta y su penacho
y dio la espada limpia
al no encontrar enemigo en quien usarla.

Como si encendieran la tierra desde un cetro
y los puños se clavaran suelo adentro,
invoco tu nombre, América, hasta el fuego.
¡Viste la América un volcán de acero!
Y las flamas en los labios son barrenos,
y las picas en los dedos son maderos.
¡Nadie ha de caer! ¡Nadie!
Ni en el mar, ni en la hispánica ladera,
ni  en la orilla del silencio,
ni en las letras de dolor que no encendieron.

¡Deja el corazón nacer de nuevo, América,
como un volcán, como una garra, como un jilguero,
como  un diamante en bruto entre los cuellos,
como la música de kena de los templos,
como el labio que en las letras busca serlo,
hasta sangrar las armas sin los cuerpos,
hasta cruzar el sol y siempre ardiendo,
hasta dejar los besos en la boca y sin aceros!

¡Arde, América, en tu propio suelo,
que arden los ojos como siervos!

Salvador Pliego

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Me llamo Salvador y anclo en tierra.
Así mi verso fuera el más lejano,
el más llagado o el más salado
y se escribiera matorral adentro
– púlpito temblor de los avernos-,
me invoco a la palabra, a la poesía,
a las plumas torrenciales de las letras,
a sus falanges de sonidos prenupciales,
a sus lloriqueos de tórridos canarios;
porque es pueblo la primavera
y nace desde abajo, en el hablar
de los telares, de las sudorosas manos,
de los que el pan con pan trabajan
y la masa a golpe de jornal ablandan;
porque hay alguien que interroga o estremece
si el verso canta sin decir su nombre desde el fondo.

Me llamo y me llaman porque hay una boca,
una boca dulce,
más grande e inmensa que la mía,
más pequeña y diminuta que una espiga,
que me hace perseguirla si no es mía,
que me inyecta con su lengua
poderosas e increíbles maravillas
y me sabe a poesía al palparla con su tinta,
(digo entonces de su boca que es pura y bella poesía);
porque tiene ese labio potentado y sagrado
que se inventa intensamente en la ternura,
que transmina recíproca alegría,
que se mezcla en un espacio tan corto y reducido
que  hace juego en otra boca si es mi boca;
porque una parte de su pecho,
en lo profundo, en mar adentro,
hay algo que ella pulsa cual metralla incontenible,
cual ráfaga de un péndulo en campana
y, a veces, por descuido, da mi nombre:
Salvador… Y yo respiro.

Me llaman, dicen, del jardín subsuelo:
aprendiz del campo, maquinista, escudero,
voraz hortelano y de la flor guerrero;
palpitante albañil, metalúrgico del vuelo;
porque fui a escarbar al sol en plena luna nueva
y no encontré rayo sino un ave cantándole a mi alma entera,
y me sedujo cual si fuera alumno en preciosa primavera.
Soy todo oídos, todo ojos,
simplemente aprendiz de un nuevo vuelo,
aspirante contumaz de los caminos,
escolar beato del sonido y la palabra,
neófito colegial abierto a la enseñanza,
quien busca aprender de la innata sencillez de una mirada
o de una flor vuelta esperanza,
porque es canto grácil y sabe a poesía.
Me llamo Salvador, igual que un petirrojo,
y anclo en primavera.

Salvador Pliego

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Cuadro25

Dícese que el agua cristalina rociaba
con su manto transparente la mañana.
A flor de vista y ataviada con soberbia manta,
Talía extendía sus manos por la orilla
reverdeciendo las riberas
y sembrando los confines de preciosa joyería.
Urania, la celestial y refinada, daba gracia del encanto
y accedía confirmando la alegría.
Sumábase Terpsícore,
amenizando con sus danzas
el frugal destello y cometido.
Igualmente, y otorgando voz divina,
presentábase Calíope
donando su voz de Arcángel
y, a un lado, Polimnia, cediendo la elegancia de sus himnos.
Euterpe, sentada junto al arpa
de la lluvia y de gardenias,
desprendía sonrisas de deleite.
Más abajo, sobre el delta,
vestida de azucena y platina estrella,
decía Melpómene: “Canta:
como la marea en la tierra,
como la ostra luciendo exuberante nácar,
como el ave desplegando arrojo y lejanía”.
Y concedía el canto pulcro y distinguido.
Clío festejaba desde arriba
y el alba la miraba obsesionada y encantada.

Mas, aún faltaba la más piadosa de las musas,
la más pura y dulce de ellas,
la del corazón por centro,
la del alma bendecida y alabada,
la que al amor susurraba un beso al despertarla
y le dejaba el sentimiento que encumbraba la mirada: Erato.
Dicen que al acercarse solamente acarició el canto
y así emergió del viento y del aroma,
del río hecha paloma,
del sonido cual palabra,
y le dio por nombre: “Poesía”.

Virgen del amor, niña linda,
genuina y fresca,
alma de cristal,
ruta y marea,
beso otoñal,
cúspide en brazos:
¿dónde es que naces?

Canto nupcial,
pájaro rojo silbando en manos,
pétalo verde soplando nardos,
niña del río:
¿dónde es que anidas?

Musa divina,
mirada de hoja,
boca de trébol,
niña bonita, niña del lago:
¿dónde te aclamo?

Beso de estero,
roce de Olimpo,
iris abiertos de mundo entero,
niña en lucero:
¿por qué te quiero?

Alba preñada,
pupila en verso,
cejas pobladas de escarcha adentro,
niña crisálida de los romeros:
¿dónde es que has vuelto?

Niña del tiempo,
rima y terceto,
tus labios de oro escribirlos quiero.

Salvador Pliego

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Cuadro24

Esta es mi bandera
y yo su capitán.
Suban a la borda, pajareros,
suban a escalar.
Pinten bien sus alas, vuelen a la par.
Abran bien los dedos
que en sus puntas van los remos
y la sal se va del mar.

Picos de petreles,
plumas de chingolos,
colas de martines para navegar.

Ruta, ruta, ruta, que en la estela va,
franja de los cielos para ir a surcar.

Muestren sus plumajes, pajareros,
que el cantar se fue a la mar
y la luna con sus niños
a la sal le fue a alumbrar.

Salvador Pliego

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