SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Desde el tiempo

Poema I
Éste soy yo

Éste soy yo:
cargado de tierra, de libros, de fronteras,
de martillos y lanceras,
de verdes corazones,
del cristal de mar y sus vocales,
de arena fresca y poesía.

Enterrado en la cueva de espuma de los versos
donde se escuchó el canto por centurias.
Escondido bajo el ala asimétrica de la palabra.

Y alguien dijo: “Enterrad la pluma”.
Y fui a hurgar como una larva el jeroglífico desenterrado,
la historia inconclusa, el verso derramado
o el que se fue bajo la tinta en un papiro peregrino.

Fui… Lavé mi boca y la llené de mar copioso y zarzamoras.
Limpié mi frente entretejida y de besos.
Acicalé mis manos de pájaros, bellotas y duraznos
y salí a la arena a recoger los trinos
repletos de dulce, esporas y sonidos.

Es verdad que me soñé en la altura
donde había que gritar al ave que bajase
o donde miré aquel titán vistiéndose de música y floretes.

Es verdad de las fragatas soplando allá en los cielos:
los murmullos silenciosos de la acústica de un labio
que rozó otro labio hasta preñarlo.

Es verdad que un verso fueron esos ojos
donde se vertieron los últimos vestigios,
los últimos gemidos,
la cópula insaciable y el cuerpo redimido.

Ése soy yo.
Y me dijeron que era el risco profundo,
la partícula de arena del abismo insalvable.
Bajé hasta el fondo, y de las manos de alguien
que rozó mi rostro con su rostro,
arañé las plumas y las alas
despertando en su cuerpo como un ave.
Y el amor me trajo, no sé cómo,
no sé cuándo, a dormitar en sus besados brazos.

Ése soy yo: durmiendo en el paraje de las aves,
y en el bolsillo, con la mano adentro,
soñando que un amor soñó mis versos.

Salvador Pliego

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Desde el tiempo

VIII
(Éste es mi verso)

Inquieto como tú, mar,
tu azul me incita.

¡Alzad la espada, gladiadores!
Morid en tierra. Vivid en vela.
Dejad estelas en la marea.

¿Qué más me pides?
¿Qué más me invitas?
Alzad mesanas de lis y cala
y un espolón en tu frente ancha.

Velad corsarios fragatas y alas.
Cimbrad las olas con garfio y garra,
y si hay poetas clamando al alba
dejad que el viento los haga alas.

Nací corsario y me siento espada.
Batalón de hierro lleva mi alma.

¡Alzad la espada!
¡Volad fragatas!

Cargad poetas la pluma airada.
Id por los mares cantando estrofas.
Id recogiendo del viento ostras.
Salid corsarios por las mañanas.
Dejad vestidas de espuma rosas.
Naced de nuevo en las olas bravas.

¡Cantad, poetas!
Dejad estelas forjando amarras.

Éste es mi verso:
Izad los pechos de azul y plata.
Sangrad veletas con las correas.
Morid en tierra. Vivid en vela.
Dejad estelas en la marea.
Naced de nuevo.
¡Naced poetas!

Salvador Pliego

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Desplegado y solitario donde se curva la página de los deseos,
el viento sopla como un titán embravecido
tus tibias manos de barcas y laderas.
El pájaro que arde limpia su rostro en la vegetativa orilla
para que un horizonte tibio le despierte y viva.
Y los faros, inclinados y amarrados,
estiban en tus ojos las más profundas de sus aguas.

Diseminan las olas las legiones de cardúmenes y estrellas,
y del mar, como una espuma,
se extiende tu mirada a la estela de mareas.

Sólo tú, entre mis brazos, socavas las tinieblas
en las velas del oráculo distante.
Lo que brilla en el puerto prende en mí y lo iluminas.
Las ráfagas de estrellas se esclarecen y encaminan.
En mi pecho golpean borrascas y andanadas.
Y sólo tú, con un beso, me anclas y me arrimas.

(He vivido el amor en la alta profecía,
donde el lecho en las pupilas sus fibras florecían
y en trinos de navíos y cariño su envoltorio esparcían.)

La noche su rumor apila,
hermosa amada y mía,
y un coctel de labios se templan y enfilan.
La cuesta de tus besos navega a la deriva,
y mi red se extiende al vientre y a la orilla:
a luna adormecida sabe tu boca prometida.

Desde la extensión volátil del agua y la marea
un niño en tu pupila mira,
y tan sólo se acurruca, mientras la noche le entibia y le cobija.
Y un soplo de tu boca, somnoliento, se le arrima.

(He vivido por ti a sangre fría,
invocándote en el molde de lo intacto:
más allá del mar, del viento,
del pájaro telúrico,
de la cresta profunda y del impulso.
Abrupto volcán de sal y piedra,
crepúsculo de ancha madreperla:
he ahí la armadura y su cristal pulido;
he aquí la silueta de la tierra y su marino.
¡Oh en ti los ojos del mar ya desprendidos!
¡Oh amor intenso de luz y concebido!
En la cintura que baja y rompe el arenal vive un marino.
En los brazos de argamasa que sucumben o relucen
se aviva la cópula en delirio.
¡Ah, bajo tus ojos de blanco vino!
¡Ah bajo las velas de un cabello amanecido!
… Y digo que despierta mi alma si te miro.
Sólo tú, entre mis brazos, invocas al cariño.)

Cubre el mar entonces su hermosa claridad y sus castillos,
y en la más inmensa barca
que su oceánica marea sostuviera,
mi boca un beso implora…
y a ella, náutica y preciosa, le suspira.

 

Salvador Pliego

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Cuadro43.jpg

Cúmulo de aves, de rocas clandestinas,
en la abandonada tarde, en la desaparecida  forma,
abanicándose los dedos, mordiendo los senderos…
Y el puerto: ¡oh miraje de alto vuelo!,
¡oh raíz metálica y oceánica!
¡oh alforja de crudo acero relamiéndose los vientos!
¿Y los niños, marinero?

Decidme en alta vela,
contadme de un buque y su marea.
¡A proa, marinero, a proa!
¡Alzad el ancla y la mirada,
soplad la vela,
dejad la tromba abierta cual estela!

¿Y los niños, marinero?
Vestidme un día de garfio y centinela.
Alzad la copa a que salpique de sal en la costera.
Ondeadme fresco cual ola ventolera.

¿Y los niños, marinero?
¿Y los niños?
Traedlos desde el fondo de la mar con su bandera.
Ponedlos en la cima de la tierra.
Dejadlos en la cumbre, a toda vela.
Vestidlos de altamar y que se muevan.
¡A proa, marinero, a proa en la marea!
Contadle a todos ellos que hubo un buque y un verso a toda vela.
Decidles que hubo un garfio, una red, una marea.
Prestadles mis ojos a que vean.
¡Prestadles mis pupilas en la mar abierta!

¡A proa, marineros, a proa en la marea!
Prestadles mis ojos a quien quiera
y gritadle al mar cuando le vean:
¡A proa, marineros, a proa!
¡A soplar a toda vela!

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Salvador Pliego

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Cuadro24

Esta es mi bandera
y yo su capitán.
Suban a la borda, pajareros,
suban a escalar.
Pinten bien sus alas, vuelen a la par.
Abran bien los dedos
que en sus puntas van los remos
y la sal se va del mar.

Picos de petreles,
plumas de chingolos,
colas de martines para navegar.

Ruta, ruta, ruta, que en la estela va,
franja de los cielos para ir a surcar.

Muestren sus plumajes, pajareros,
que el cantar se fue a la mar
y la luna con sus niños
a la sal le fue a alumbrar.

Salvador Pliego

– – –

Cantaba la mesana del buque en travesía:
¡Olei! ¡Olei!, decía, y el mar olas movía.

Cananas y cartuchos, floretes y ganzúas,
con garra y lozanía la vela estremecían.

¡Olei!, ¡Olei!, cantaba, y el sable relucía.
¡Olei!, ¡Olei!, las voces, de plata y valentía.

Cantares y versares, cantares de los mares,
timones e imbornales que el marino protegía.

¡Olei!, ¡Olei!, decía,  y la mar embravecía.
¡Olei!, ¡Olei!, cantaba, y el velero acometía.

Con sangre de alcaraos y plumas cormoranes,
aletas enganchadas y sables y machetes,
la mar su voz sonaba, la mar se evidenciaba.

¡Olei!, ¡Olei!, decía,  y el puño enardecía.
¡Olei!, ¡Olei!, cantaba,  y la ola se arrojaba.

Conquista de la tierra, cañones y puñales,
la pólvora mugía la lidia en la marea.

¡Olei!, ¡Olei!, marino, y con ira combatía.
¡Olei!, ¡Olei!, trovaba, y con hierro arremetía.

¡Olei!, ¡Olei!, cantaba, y en la mar se escabullía.
¡Olei!, ¡Olei!, bramaba, y la vela se escurría.

Torretas y campanas la proa estremecían,
y el garfio con la cuña la amarra endurecían.
 
¡Olei!, ¡Olei!, marino.
¡Olei!, ¡Olei!, cantaba.
¡Olei!, ¡Olei!, decía, y la mar embravecía.

¡Olei!, ¡Olei!, marino.
¡Olei!, ¡Olei!, se oía,
¡Olei!, ¡Olei!, el canto, y la pólvora encendía.

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Salvador Pliego

 

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