SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Archive for the ‘mujer’ Category

Ese espejo tuyo me lleva.
Esa imagen me devuelve.
Es fresco estar en ti por las mañanas.
¿De dónde naces?
¿De dónde vienes?
¿A quién otorgas tu forma preclara de contorno?
Eres la lluvia contoneada y la humedad
esmerilada de las gotas.
Tu perfil fabrica los bordes del amor,
la dermis avivada e inalcanzable que emerge con la noche.
Por tu boca navega la dulzura.
Y al morir y revivir parece que alumbras las estrellas.
Tu gentil forma atardece el corazón y lo hace espuma.
¡Es fresco estar en ti!
Tu efigie se torna mi morada
y el dibujo blanco de tu cara
es el símil del aire en mi alma.
¡Es fresco estar en ti por las mañanas!
Sobre tu estampa el hierro en dulce se proclama;
y suele ser tan dulce,
que es hoja, verde y tallo,
de una flor de azúcar y de agua.
Eres la pulpa de una luna silenciosa.
Tienes la forma del color de la solana
y un ave que saluda y luego canta.
¡Es fresco estar en ti por las mañanas!

Salvador Pliego

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Dúctil y fibrosa abres tus brazos
como si fueras el elixir natural
o la esencia misma de la tierra,
o el coctel sarmentoso y terso
que engulle al verde, al café de las cortezas.

Vienes del nogal sonriente,
o del barniz puro que el lapacho ofrenda
y consagra a sus viveros,
o de las hayas ofertando sus cornisas,
o de los talis regalando sus aceites.

Te llamo: Dulce mía, Amada, Corazón de mi alma.
Y eres esa especie rojiza que el amor decora,
ese amarillento color de cabellera,
ese castaño suave y delicado que baja en tus mejillas,
ese blanco en crema tropical que aroma,
el encolado rosáceo que torna tus muslos
y entrelaza con marrones tu cadera en los vaivenes.

En tu boca se difunde la carpintería
del beso llamativo,
de la enchapada agonía,
de la rama que muestra su trabajo de ebanista.

Yo a veces subo, te picoteo, canto,
hago de tu tronco mi morada.
Y tú abres tus brazos para acogerme
en tu hermosa veta de madera
o para anidarme
en tu violáceo tallo que me embriaga.

Salvador Pliego

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Terrestre tu cuerpo y sobre el fuego,
y limpio el cielo en hervidero.
Tu cuerpo que me inhibe -ebrio estoy y en lis consuelo.
Dos aves tibias, dos plumas a tu vuelo,
dos muslos grávidos rompiéndome,
dos mástiles que revientan
y clavan suavemente su dócil ajetreo.
Dos muslos en cadera que me atan al milagro
de un sesgo puro atajándose en el vientre.
Y el vientre hecho de tibio y dulce aleteo.

Un seno, la ruta de mar antes del vuelo;
y el otro, la vela soplando al estero.
Dos manos anclándose,
dos manos que revientan la tibieza,
dos nudos insertándose en mi pecho:
precisas, en el punto nodal del desenfreno,
en la vorágine de un hacha que percute
el roce de lívido talante
al expandir el gozo y la complacencia hecha arte.

Dos ojos y la boca en arenales,
zarpando, metidos en el ave.
Y el ave siendo ruta marinera
de una boca que se antoja si se besa,
y oferta un par de labios
cual fueran comensales de un prístino sabor
de bellos nardos obsequiados.

Una espalda, dos brazos perpetuados,
y el vientre fresco, indómito en revuelos.
Tus hombros alzan el mapa hasta la cima,
y caen flores durmiendo sus pistilos.
Y nuevamente, ebrio, desinhibido,
se posa mi beso acariciando tus deseos.

Salvador Pliego

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Porque una noche se fue de luz al firmamento
sus ojos se llenaron de saxos y de flores,
cuando con sus manos restregaba
las hojas de las alas que colgaban de abedules.

Con gel de cedro antiguo lavó el mirar del cielo,
y puso en cada esquina un par de rosas frescas
que parecían parejas de ninfas amarillas.

Se fue a limpiar un gesto, se fue a blanquear la altura,
la lavandera de alas y espumas arboladas,
para colgar en nubes los vientos de colores
y que al musgo, las gotas, por siempre le chorrearan.

Se fue de firmamento la lavandera blanca,
porque un día lavó sus pies
para que no pisaran estrellas, si tocaba.
Y se quedó enjuagando la luz que ella miraba…
con el sol restregaba los rayos de alboradas.
Se fue a limpiar el cielo, con un jabón copioso,
la lavandera blanca con su esponja de alas.

Salvador Pliego

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Por entre las piernas siente todo el escalofrío.
Luna negra que cae y flores se abren con el berrido.
Un niño se llama ave y la madre es sólo rocío.
Cortina de humo que vuelas, salpicas de miel los muslos,
que cuando se abren y chilla, su rostro es caserío
de dos alas y la frescura de viento y arrojo color de trino.

Pájaro de dientes de agua, de una madre hecha de aliño;
vientre que se parece a la noche boca arriba.
Cuando abre las piernas nace un pájaro llamado niño.
Y la luna se retuerce en los parajes escondidos
de un vientre cara de niño, de un pájaro amanecido.

¿Cuándo lo tengas en brazos, ya le cantarás tu frío?
¿Ya le darás ese pecho a que amanse con su pico?
Gotas que caen del alba, parecidas a la nata,
donde lactan las calandrias, donde pían los nacidos,
porque al niño le llaman ave y a ti te dicen rocío.

Salvador Pliego

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Me siento,
sin más,
frente a un espejo…
Miro la improbable existencia del absurdo,
la equidistante salvedad del infinito…
Y me siento.

Creo en mi mente lo impensado, la particularidad, el instante;
la forma de un ser que se define por antonomasia,
la figura en óleo que sobrepasa los linderos
y esmerila los primigenios colores del entorno.
Me siento, nuevamente,
sin más, frente a un espejo…

Sin tocar la esencia, emana la frágil pluralidad del ente
que no se sabe rosa,
el sino propio del aroma
que solamente su volatilidad el pájaro trastoca…

Como si del espejo brotara lo inexistente, lo que no es aún,
un doble bosquejo de sonrisas extiende su índice
y yo lo toco con el mío.
Sin más, en la hirsuta voluntad del cosmos
donde el heliotropo duerme su azulado anillo de amaranto,
se crea la iridiscente forma de mujer.
Me siento frente a un espejo… Y me vuelvo universal al verla.

Yo le llamo: Eva;
y ella me nombra: Mío.

Salvador Pliego

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Niña de la sonrisa mar, azucena despierta:
estalla un tricolor suspiro en mi alma y se escapa.
Cuídate de mí si hoy me enamoro.
Defiéndete de mí si hoy no te toco.

Novia del amor y las campanas
tocando despertares, bruñendo inalterables odas
en nóveles gemidos.
¡Qué vientos del amor!
¡Qué prórrogas de los latidos!

Tus cálidas caricias son jirones en mi pecho.
¡Ah, lúcida palabra de amapola,
canto virgen que gira un mapamundi!
Tú soplas el carmín sobre mi ceño.

Cada vez me abres el alma
con la greda y con tu boca,
como un ángel que levita
y en la carne se fragmenta.
¡Ah, voz de entraña y de madera!
¡Cúspide del sueño y de los vientos!

Niña mar, dama lisura,
perdiz del tiempo entre seseos:
¡Cuídate de mí porque tu boca!
¡Cuídate de mi alma si te toca!
¡Ah!…
¡Cuídate de mí cuando te beso
que puedo acariciarte como el cielo!

Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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