SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Sentimientos

Me han dicho que algunas veces
del cielo baja, y transparente,
una forma de sentir
que se posa inadvertida
en el umbral de las fervores,
y nos abre las pasiones
que se vuelcan a las cimas,
y golpea nuestros pechos
como cortezas desnudas,
recibiendo la resina
de un cúmulo de sentimientos.

Algunas veces, algo así,
nos late en segundos,
y en su transparencia marca
el retazo de un pasado
o el dibujo de un sueño
que un suspiro recoge para hablarlo,
mitigarlo o animarlo.

Yo sé que hay algo así,
que nace y vive o muere
en los rincones inmensos
donde nadie adentro se asoma…
Y a veces el pecho lo palpita transparente.

Salvador Pliego

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A veces duele…
Como una daga que con saña se hunde
y carcome en alaridos el alma y la derrama.
Luego la mirada: busca su cruz, su fe… y no les halla.

Es como una losa en el pecho cargada
donde el llanto desgarra en mármol blanco
las horrendas sílabas de angustia ahogadas.
A veces duele… ¡Y cómo duele!…

Hay lágrimas de miedo que atenazan
campanadas tan brutales que trituran sus sonidos
en frontales choques y plañen en profundo desconsuelo.

A veces duele la soledad.
Tal vez los sueños se empotren
como cicatrices frágiles
que lentamente escapan y en memorias sangran,
y los recuerdos son esas lápidas negras
que abren esquelas de tiempo sin cerrarlas.
A veces duele el amor que no halla.
¡Y cómo duele!…

El alma busca su paño y hombro en los resquicios
donde sólo el lagrimal le inspira y gime.
Y aún así, a veces no responde… ¡Y cómo duele!

Salvador Pliego

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Tiene sentido besarte el alma;
pacto en tus ojos a que se abra.
Socava mi alma un rincón del pecho
para enfocarla y explorarla.
La matutina oquedad que sufro
urge a mi mano correr tu cuerpo
y hallarlo a tiempo en el sentimiento.

Tiene sentido lo que yo siento:
besarte abarca el recelo al vuelo
y mi alma brota en aspavientos
con alharacas y pensamientos.
El tacto besa la dulce tela
que en un suspiro flota en tu cuerpo,
y cuando toca sabe que exprime
parte de un labio en tu existencia.

Tiene sentido besarte un labio,
besarte el alma ya no es capricho.
Desde la historia buscan maneras
en que los rostros hablen sus gustos,
y me pregunto: ¿he muerto ahora?
Y de mi boca, junto a tu boca,
vive y renace con tal ternura.

¡Tiene sentido besarte toda!
Besarte el alma ya no es capricho.
Donde se explora mi labio siente,
y ahí en tu cuerpo flotan las horas
como un filón que nunca agota
porque en mi boca revive un labio
y encuentra vetas cuando te adora.

¡Tiene sentido amarte toda!
Mi sentimiento así te toca.
El alma tuya se esconde y brota
junto a mi boca…
Y al besarla, ya no se toca.

Salvador Pliego

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¡Jamás tuve la suerte de ser poeta entre la gente!
Jamás volví a la orilla a recoger las letras de la arena.
Pesqué corales transparentes, anguilas amarillas,
navíos en mi pluma, barcarolas en la tinta.
¡Jamás miré mis versos correrse por las calles!

Dejé escrito en mi mano:
“…Y la tarde morirá como el poeta.
Y la noche volará como su letra.”
¡Ah… de aquellos versos insurgentes!
Alas blancas, solitarias, que nacieran de la estrofa;
bailes sudorosos que del ritmo hicieron gozo.
“Y la tarde morirá como el poeta…”

¡Jamás tuve la suerte que mi verso noche fuera,
guardar la estrella en la solana
y picotear las frutas desgajadas!

Mas, yo quise un día:
ser esa horquilla de campana,
ser  esa guitarra de alambrada,
ser ese Merlín con su cigarra,
cortar las guabas y endulzarlas con mis palmas,
bajar del atrio sonando  las vihuelas.
¡Yo quise un día!…

Dejé mi verso un día para ver si era montaña;
un verso libre sepultado entre cabañas.
¡Yo quise un día esa montaña!
Dejé mi verso a que la alondra le posara.
Un verso solo, un solo verso.
Y la alondra no cantó por mi ventana.
Dejé mi verso libre una mañana…

Dejé mi verso una mañana y no hubo quien le viera.
No tuve arbusto o madriguera,
ni cueva alguna donde me escondiera,
ni la luna aquella que jamás se me encendiera.
¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
…Y canté las coplas sin que nadie las oyera.

Mas, yo quise un día ser esa madriguera,
ser esa cueva donde yo mismo me escondiera;
dejar un verso, un poeta y un farol que a mí me vieran;
cruzar la mar en zancos, entre olas pendencieras,
y vestir la estrella en la solana con las noches de mis letras.

¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
¡Jamás tuve la suerte que la mar a mí me oyera!

Salvador Pliego

– – – – – –

¡Qué lejos hoy tus besos!

¡Qué lejos los recuerdos!

Las lámparas brillaban…

Yo: niño sin corbata.

Tú: niña en crinolina blanca.

Tan sólo de las manos

y el mundo ya volaba.

Oh ciénega callada,

el mundo yo volaba.

Aún tu boca era sagrada.

Tu mano me excitaba,

y el alma de los niños

se iba en algazara.

¡Qué lindos los recuerdos!

Las lámparas brillaban…

Aún guardo en mi jarro

los tréboles de cuatro

y las hojas de amaranto

que brotaron de tus manos.

Aún llevo en el alma

tus ojos y el halago.

¡Qué lejos hoy aquellos!

Entonces era un niño

y las lámparas brillaban…

 

¡Qué bellas las bellotas

cayendo por el vado!:

racimos que colgaban,

paisajes que sembraban,

los cántaros repletos

de juegos y de encanto,

las blancas azucenas

colgando en las verbenas,

suspiros que vagaban,

caricias que flotaban,

los sueños degustando

encuentros y alcaparras.

Y tan sólo de las manos,

tan sólo te tocaba…

Tu boca era sagrada.

¡Qué lindos los recuerdos

y estar enamorados!

Entonces era un niño

y las lámparas brillaban…

 

¡Qué bellas las campanas

que en tu falda se meneaban!

Así yo las sentía

al verlas que sonaban.

A mí me coqueteaban,

al alba le besaban.

¡Qué linda ibas de rosa

prendiendo las mañanas!

Entonces era un niño

y sonaban las campanas,

vagaban  por mis ojos

y luego se ocultaban.

Entonces eran bellas,

tan bellas las veredas:

las flores se enfilaban,

las lilas se juntaban,

y volcándose a tu rostro

tu peineta ataviaban.

Entonces era un niño

y las lámparas brillaban…

 

¡Qué lejos los recuerdos!

¡Qué lejos hoy tus besos!

Entonces era un niño

y las lámparas brillaban… 

 

Salvador Pliego

 

 

Era la lápida blanca:

rosa negra y fenecida, aquel augurio de combate,

la espada en la carne protegida.

Era también abrir el libro:

sus páginas de polvo, su gruesa pasta de sables y colmillos.

 

Cómo y cuándo…

La vela, el capitán perdido, los naufragios de viento y extravío,

la desértica mirada.

Y el hombre:

como una ráfaga de cíclopes vestidos,

como un relámpago de águilas sin nido.

 

¡Oh amor, amor!

De torre en torre y faro en faro,  ¡qué mar has convertido!,

¡qué estrella devoraste!

Y un grito boca arriba que nunca contemplaste.

 

Contadme: si fue el mar cuando fui en él a recostarme

o fue en la arena que el cuerpo entregaste.

 

Y el dolor cayó como sentina.

¡Oh viejo puente, viejo náufrago del mar dolido!

¡Oh las algas de los pies curtidos!

¡Oh las velas sin viento y en el mar hundidas!

 

Aquí grité, grité despavorido.

Y el mar se vino…

Cómo y cuándo… El mar se vino.

 

Nadie sucumbió. Decidme: ¡Nadie sucumbió!

 

Y los pájaros. Y los pájaros y nidos.

Despertadme, poetas.  Llevadme a los bramidos.

Sentadme en la acuarela del matiz y del sonido.

Dibujadme el pétalo rojo del latido.

Adjudicadme el ave como ala y respiro.

Entregadme al tiempo, al espacio, a su destino.

Hacedme agua, jaguar y vino.

Degustadme y tocadme como amigo.

 

Venid poetas.

Aquí grité,

aquí grité despavorido:

¡Amor, amor… de un verso el mar describo!

 

Salvador Pliego

 

 

– – –

 

Dibujábate alas en las manos:
pajarera, airosa,
prodigio de los vuelos y las flautas,
mariposa nocturna de mis besos.

Eres el brotar de las petunias:
En cada pétalo tu alma esconde
lo que el viento al vuelo.
En el racimo de tus ojos se anidan las corolas.
En los fríos inviernos el calor emerge en aguaceros
y tus alas brotan como capullo en galanteo.

Mariposa mía, de las blancas nubes:
Vuelan en ti las tardes como azaleas
y se perfuman entre mantas al abrir tus alas.
He llegado a ti encubierto entre el rocío,
pernoctando al abrir de tu capullo,
y tus alas, aún mojadas,
van goteando su color de lirio.

Te abres al azogue de los brillos,
y te miro, simplemente,
mariposa mía,
como el vuelo de una noche y mi suspiro.

Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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