SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Viento que irradia luz y serpentinas,
corales de unos ojos prendidos por la luna;
senos dorados que al mar con tiempo petrifican
y en olas blancas se arden y luego se disipan,
tu cuerpo de espada o saeta jardinera
alza el cielo en sus labios de poesía.

Ojos de ojos de un polvo que alucina:
el viento corre su copla y le respira;
en el ámbar de su espalda amarilla
el temblor de estrella se fuga en la pupila,
y un grito de espuma, de mar, de cobre,
en sus trenzas cual relámpago salpica.

Pulsa la piel su infinita orilla
y la belleza embriaga la luz que la desnuda.
Las manos curvan del oleaje profecías,
las noches brotan transparentes de la imagen
y el verso sueña el fruto y se abastece
de un muslo vuelto marejada.

Venas de pájaros como caderas condenadas
a la esbelta quebrada de las aguas;
náuticos bosquejos de unos labios que navegan
al sentirse arquitectos de los besos,
pues retumban en ecos y luego desvarían.

Brotas del mar en sales que decoran,
sustancia toda que encarna y se intercala.
¡En todos los sentidos te fabricas!
¡En todas las espadas te floreas!

Abre el combate el ramo de tu boca.
Tus dos pechos despliegan las nuevas estrategias
y heridos caen dando vida a la muerte
con el polvo de sus tactos que encendidos parpadean.

Todo controlas: el agua y las mareas.
Y más tranquila, desde el vientre,
en el fondo de la música,
me enmudeces, poesía.

Salvador Pliego

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Crepitaciones de la poesía

I
Procedencia

Vino tocando puerta, aire,
la harina y las raíces.
Dio cinco golpes de octosílabos
para que le escucharan en la puerta.
Sobre la sábana de nísperos
su inmensidad abrió el secreto
de una danza en letras
que harían travesía.
Y lo que surgió fue el mar abierto
con un desnudo viento
que se atrevió a besarle
en el estribo de su léxico infinito.

V
Me pregunto

¿Aún me pregunto
dónde guardas el tinte de la gracia,
o el ceño de tu júbilo,
o el vestuario de tu arrojo,
o la irrepetible medida de tu chispa,
o las notas de tu garbo?

Ladrón, dime,
porque me robo algo de tu brío
con esas monerías que dan indulto a la palabra.

Y grítalo con fuerza: ¡Ladrón,
que te has llevado auroras lácteas
en medio de las uñas,
has zurcido cielos pubertinos bordándoles quimeras,
has amnistiado olas liberándoles la arena!
¡Ladrón!

Y yo vendré de nuevo, poesía, en sigilo y con cautela,
con la discreción propia de la luz
hurgando seculares pitonisas;
vendré a seguir robándote el racimo de uvas.

VI
Linderos

Así, nos fuimos al convite
sentados al borde de la primavera.
Sólo los pájaros alumbraban
cual murmullos de un mundo destellado.
Piamos dos o tres veces
hasta subir la altura al límite deseado:
ella no sabía que las alas
requerían más espacio.

IX
Grafía

Vino el sol, ¡lo sabes!,
y vino repartiendo estrellas
al sentarse.
Plasmaba sus bengalas
en la tinta que estallaban
de amarillo y sin mojarse.
Eran letras notables
que asomaban su júbilo
de texto en pleitesía,
como si el prólogo supiera
de la alcurnia de su pluma.

¿Eres el sol? –le dije-.
Y firmó uno de sus rayos,
dejando cristales
en un gama de terrena alegría.

Salvador Pliego

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Peregrino de la flauta abierta en la madera,
de los dedos silvestres de follaje desgranado,
de la resistencia de la tierra en el canto y la sonata:
con laureles abiertos en los ojos
sujeto mis manos a las ramas
y sé que el viento es un pájaro de versos.

No sé cuantas veces escribo tu nombre en las colinas.
De cuando en cuando, y sin cesar, insisto al corazón de otoño
por los labios limpios de las noches.
Y, en respuesta, la luz crepita su delgada vida en el amor.

Cuando salgas de las olas,
¡levántate, poeta!:
a la barca de hombres, a la arcilla pura,
a las danzas primordiales de los párpados y abejas,
a los ámbares estelares de los bosques,
al peligro dulce de los besos y candores;
más alto que tu Chile,
más arriba y encendido,
a la embocadura del tiempo y su cintura.
Y haz canto,
fuego y canto,
en la permanencia incontenible de las cosas;
como un lobo de colmillos amarrados,
como un zorro de dulzura en las praderas,
como un gato que a la liebre cede el paso.
Y en la pólvora de letras,
donde la flor recuesta su cuerpo terso y delicado,
dirás: “¡Regreso!”…
Con los labios saturados de tu desencadenado canto.

Salvador Pliego

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Bajo el azul de unos ojos, bronceados y esbeltos,
que en pencas selectas esculpen lindeza,
– en el ixtle y ayate sus formas de azahares-,
nacen los iris de los manantiales.

En los tilmas sencillos donde cultivan con magia
copales y amores para revestirlos en manta,
se incuban los ojos más lindos que abrieran las flores.

Donde se atan y bordan de encajes
aquellos collares de palma y chaquira,
y se tejen en sedas primarias tus cejas,
abajo de ellas el maché simboliza
el pectoral de una imagen fraguada en estrellas.

Y caen tus ojos certeros y en velas,
y caen tus iris cuan lindas lumbreras;
ambulan despiertos a oscuras y a tientas,
se mira que atraen de arriba acuarelas.

Refractan pupilas del mundo sus vueltas,
tus lindas pupilas que son dos estrellas.
Y caen de nuevo prendiendo las ceras,
caen tus ojos para ya encenderlas,
las velas que soplan como nuevas estrellas.

Tus ojos no miran. Se cierran… ¡No miran!
En ellos disculpan dos luces su dicha;
en ellos calcinan los besos sus vidas,
y asombran y emulan, y de nuevo encandilan.

Y caen tus ojos certeros cual velas.
Les miro pintados de pan y salmuera,
y a veces esconden solana y riveras:
tus ojos que miran como lindas candelas.

Y caen tus ojos de nuevo a encenderlas,
pupilas castañas: profundas y bellas;
como oceánicas aguas que siempre destellan,
como inmensas praderas de púrpuras siegas,
encendidas para que les viera,
erizadas porque les quisiera:
tus ojos en velas,
tus iris que ostentan el fragor de la estrella.
Y caen del cielo ardidas y bellas,
enormes pupilas de harina y almendras,
gigantes argollas de arcilla naviera,
sublimes espigas del sur que viniera.
Pupilas en velas, pupilas tan bellas:
los ojos que viera
de lindas candelas.

 

Salvador Pliego

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¡Jamás tuve la suerte de ser poeta entre la gente!
Jamás volví a la orilla a recoger las letras de la arena.
Pesqué corales transparentes, anguilas amarillas,
navíos en mi pluma, barcarolas en la tinta.
¡Jamás miré mis versos correrse por las calles!

Dejé escrito en mi mano:
“…Y la tarde morirá como el poeta.
Y la noche volará como su letra.”
¡Ah… de aquellos versos insurgentes!
Alas blancas, solitarias, que nacieran de la estrofa;
bailes sudorosos que del ritmo hicieron gozo.
“Y la tarde morirá como el poeta…”

¡Jamás tuve la suerte que mi verso noche fuera,
guardar la estrella en la solana
y picotear las frutas desgajadas!

Mas, yo quise un día:
ser esa horquilla de campana,
ser  esa guitarra de alambrada,
ser ese Merlín con su cigarra,
cortar las guabas y endulzarlas con mis palmas,
bajar del atrio sonando  las vihuelas.
¡Yo quise un día!…

Dejé mi verso un día para ver si era montaña;
un verso libre sepultado entre cabañas.
¡Yo quise un día esa montaña!
Dejé mi verso a que la alondra le posara.
Un verso solo, un solo verso.
Y la alondra no cantó por mi ventana.
Dejé mi verso libre una mañana…

Dejé mi verso una mañana y no hubo quien le viera.
No tuve arbusto o madriguera,
ni cueva alguna donde me escondiera,
ni la luna aquella que jamás se me encendiera.
¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
…Y canté las coplas sin que nadie las oyera.

Mas, yo quise un día ser esa madriguera,
ser esa cueva donde yo mismo me escondiera;
dejar un verso, un poeta y un farol que a mí me vieran;
cruzar la mar en zancos, entre olas pendencieras,
y vestir la estrella en la solana con las noches de mis letras.

¡Jamás tuve la suerte de ser poeta de mi tierra!
¡Jamás tuve la suerte que la mar a mí me oyera!

Salvador Pliego

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Niña de un rosario que sus cuentas no ha contado,
que cabes con la lluvia en una cucharita en bronce,
en un granito del azúcar diluida,
descálzate y camina de puntitas por el corredizo del rocío.
Perfúmate de gotas que las hojas sudan por el frío
y resguárdate en las caracolas asomándote al sonido.

Niña de la primavera que la flor bañó tus ojos,
¡cuántas flores se crecieron por tocarte en el otoño!
Y las nubes esponjadas se formaron en tus rizos
coloreando el horizonte en una línea de crisoles.

Niña del silencio que volabas con los aires
y las alas te atrapaban con tus plumas desplegadas,
tú silbabas a la orilla de montañas
y sus nieves te copaban para amarte intacta y blanca.

Nina fresca que meciste a la rivera
y que en oruga en las mañanas despertabas,
te besaban mariposas esas alas
que extendías cuando el alba las llamaba.

Te escapaste alguna tarde en la marea,
en una ola que brotó desde tu boca.
Caracolas se acurrucan en la almohada
y una ostra, de oro y plata, en una perla te atrapaba.

Salvador Pliego

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Un día había que ser escarabajo;
el otro, la madre tierra.
Como sea, había que ser pájaro
y picotear, picotear, picotear.

Acaso fuese pájaro carpintero
o tucán-tilingo o arasarí acollarado.
¡No importa!, había que
picotear, picotear, picotear.

Nacer de la poesía y decir:
“Verde que te quiero verde”  *
y verde como la lechuga verse.
Había que picotear, picotear, picotear.
Como Hamlet en el verbo ser y con Gertrudis,
o Dulcinea en el yelmo del viejo caballero,
o Buendía y Amaranta resucitando a Úrsula
tras un closet lleno de elegías.

Había que picotear, picotear, picotear:
a la esperanza, al viejo centinela,
a la madre de las joyas,
al trueno de reliquias,
a la espiga almacenada,
a la arcilla fosfatada y siempre refractaria.

Donde gustes, poeta, donde encuentres:
había que picotear, picotear, picotear;
bajar la nube a las yemas,
hacerla vino y derramarla,
convertirla en flora acalorada,
lloverla a que reviente la fontana.

Había que picotear, poeta,
picotear, picotear, la madre tierra picotearla,
y ser su ave, su pluma dilatada,
su desliz uniforme y esponjado,
su vuelo apaisado y prolongado,
su mira nunca interrumpida,
su objetivo suave, acantonado,
su verso único e impecable.
Y picotear, picotear, picotear,
poeta, picotear la tierra y su palabra:
ser poeta del racimo,
ser el zumo agradecido,
ser extracto enriquecido,
y en el verso:
picotear, picotear, picotear…  siempre picotear…
poeta: siempre picotear.

* El verso señalado es de Federico García Lorca: Romance sonámbulo.

El poema es de Salvador Pliego.

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Oculto tu rostro, lo miro, describo.
Oculto tus ojos, encumbro y adquiero.
Desde lo profundo repiten adagios las nobles sonatas,
dirimen las cuerdas compases y agudos,
sondean los vientos, percuten oboes.
Bajo tu mirada, ¡ah!… despiertan las voces
como acordeones abriéndose en pares,
parodian  las luces sus multicolores,
devoran los tonos sus negros bemoles,
y en la melodía te expandes etérea,
inmersa en la nada, vestida de albores.

No busco tu boca sino tu mirada,
no busco tu lengua sino en qué besarla,
oculto unos labios para figurarla.
Como los sonidos, como velas largas,
descienden del eco todas tus palabras,
todas tus miradas para cultivarlas;
se elevan doradas para arrebatarlas.

¡No quiero tus ojos sino tus miradas,
no busco fulgores sino en qué guardarlas!
¡Ah!… Toda luz que baja, toda luz que sube,
emerge en destellos por donde se aclara.
Como las escalas, como mil guitarras,
como cien sonidos gritando en gargantas:
¡no quiero tus ojos sino tus miradas
y las lunas todas pidiendo besarlas!

Que la voz te siga oscura y templada,
que del polvo soplen todas las guirnaldas,
por cada uva roja que te fue sembrada,
por cada viñedo del que fue cortada,
¡quiero esa mirada para saborearla!,
¡quiero esa boca para desgajarla!

¡No quiero tus ojos sino tu mirada!,
estrujada toda por ser la buscada,
apartada siempre para ser velada,
espigada en vuelo para ser marcada.

¡Ah!… De tus ojos caen, de tu rostro emergen
escarpadas notas: ¡todas las miradas!
¡Que no quiero nada sino en qué besarlas!
¡Que no quiero nada sino contemplarlas!
Por esas miradas… por esas miradas…
cristalinas todas  y en gotas forjadas.
¡Que no quiero nada tan sólo besarlas!
¡Que no escondan nada, sólo sus miradas!
Y así consentirlas para en ti mirarlas…

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Salvador Pliego

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Vestíase ante su público de gala en la palabra,
de fineza en la expresión,
con su exquisito y pulcro verso hacía la oratoria impecable
y con su elegante voz absorbía todas las miradas el poeta.
Alzando el rostro al sol cantaba,
a la flor misma su aroma extraía,
a la naturaleza de colores le pintaba,
al río su caudal domaba.
Su poder de labia era intachable.
Y el verso hacia decoro en su oratoria y a su modo.

El público, extasiado, aplaudía al hombre, al poeta,
a aquel que dominaba la palabra,
que jugaba con sus verbos,
a aquel que deletreaba al cielo hasta vestirlo con su labia.
¡Bravo!, se escuchaba doquier se presentara.
Y el poeta al azul miraba propalando con garbo su elocuencia.

Aquella tarde, el poeta presentóse en la plaza,
y un niño, absorto, le escuchaba.
El poeta abría sus brazos y exhalaba la agonía de la hora,
y luego recitaba:
“Caben tus iris en el cielo infinito de mis ojos,
y tus manos dulces
se apagan con la noche en el entorno de mi boca…”
¡Bravo!,  aplaudía emocionada la asistencia,
y loas al poeta declaraban.

Cuando hubo terminado el acto, el niño
se acercó al poeta y le dijo: “!Yo quiero ser poeta!”
Al escucharlo, el poeta bajó su mirada y respondió:
“¡Por supuesto que sí!
Te voy a decir algo: lo primero que tienes que aprender
es a escribir metáforas.”
“¿Metáforas?”, inquirió el niño.
“Sí, eso significa que debes crear figuras con las palabras.
Por ejemplo, tú puedes decir en un lenguaje común
lo siguiente:  El mar es azul y bonito.
Pero si lo quieres decir con un lenguaje poético,
dirás entonces: La mar sus ojos abre con el azul y pinta.”
El niño quedó pasmado con las palabras que le expresaron
y, al retirarse, se le escuchó repetir constantemente:
“La mar…  La mar…  La mar…”

Algunos días pasaron para que el niño volviera
de nuevo a ver al poeta.
Impaciente esperó a que su recital terminara,
se le acercó, y con profunda emoción le dijo:
“Ya tengo mi  primer verso, ¿se lo leo?”
“Por favor”, respondió el poeta.
El niño sacó de su bolsillo un papelito,
lo extendió y leyó con suave voz:
“La cielo canta en mi pecho y habla.”

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Salvador Pliego

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Cuadro39.jpg

Heme aquí, recostado.
Una mirada al cielo.
Porque su cuerpo fue inmolado
o ardido en la pureza de aquel fuego.
Me descubro a mí mismo en la impotencia,
en la desnuda vaguedad de un paisaje incontrolado,
en la acuarela de unos ojos que son ella.
Y, entonces, sus dedos, vueltos flores,
se deslizan en mi pecho
y creo un torso de caricias con sus yemas
-el verbo del tiempo y del espacio
conjugándose antes y después del sacrificio-.
Me inclino ante sus manos
y entiendo que soy algo:
un ente, una materia,
que va formando ella con su poderosa introspectiva.
Sin que lo sepa o lo entienda
devuelvo una mirada.
Y de los cuatro costados paralelos
que invaden con sus llamas –todas verdes-
las ahuyentadas luces de la noche,
acerca su boca a mi boca
y me destina a la silenciosa y perfecta armonía de su cuerpo.

Así descubro el paraíso y la salvación del cielo contenida en ella.

Le devuelvo una caricia… y me reinvento todo en ella, extasiándome infinito.

Salvador Pliego

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