SALVADOR PLIEGO – POESÍA

Pronunciamiento

Te diré, mis vocales comienzan con “Mi cielo”.
Pero, mi alfabeto es mil veces más profundo y delicado:
comienza con un beso y termina con “Te quiero”.

Estrategia al besarte

La estrategia de mis labios
no es tocarte, no es rozarte;
en un rincón de tu alma,
donde gustes, donde quieras,
sacar el fresco de la tarde…
y besarle.

Crepúsculo

¿Eres el cielo? –Le pregunté.
A veces –Me respondió.
Apagué entonces la luz
y clavé en ella mis ojos para ver el amanecer.

Extasiado

En esa, la avenida de las aves,
me maravillaba ver abrirse
la cola majestuosa de los pavorreales.
Pero, el día que una de ellas se despojó
de plumas, de aretes y prendas interiores,
mis iris se alumbraron
y, emocionados, se llenaron de plumaje, alas…
y fueron a cubrirle.

Salvador Pliego

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Es tiempo del canto.
Vosotros, los que a sí mismos os llamáis pájaros,
aventureros, apóstrofes del viento,
servidores de la luminosidad del diario crepúsculo,
de cada alondra que reconoce su aposento
en la horizontalidad de la mañana,
porque va atada a la poesía su cintura,
y su celeste vestidura es un gigante adorno que le aroma;
vosotros, artífices mágicos de la estadía,
de la consagración del mar,
de la arena que es razón y sentimiento,
o marea incrustada en el alma,
o ráfaga de azules adornada con miradas,
y que gota a gota cae con sabor salino,
a lágrima genuina, a bergantín de noche en vela;
vosotros: jilgueros, cazadores fortuitos de las notas,
silbantes reconciliados con la cabellera eléctrica de la tormenta,
con los arqueros que tocan jícaras cual instrumentos
y dan a la tierra sus bemoles, su conversación de palomares,
su trinos blancos zurcidos en la madera, en los túneles silvestres
donde las hojas son cuevas sentimentales de los cardos,
de las campanas que hacen hitos del sonido,
porque se forjan en los jardines donde el amor
viene del nerviosismo de la vaina o del pétalo violáceo y coronado;
vosotros, pajareros, ¡salid al canto!

He ahí, en las mil melodías,
en las voces de mil picos,
en las bocas de mil lenguas,
los sagrados vuelos de los verbos.

¡Venid, amada!… ¡Cantad!
Hoy nacen de tus ojos el ala y la palabra.

Salvador Pliego

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Mi corazón es un puñado de valientes
y un río en las calles que palpita,
para llevar esa voz despierta
y el emblema de los gritos que le laten.

Arda el agua de las charcas
con el vigor de las pisadas.
Cada paso ya palpita
en el corazón de la avanzada.

No podrán jamás doblar la frente
que brota del pueblo y habla.
Los pechos son bengalas
de unos puños de vanguardia.

A la altura de los pechos,
hacia el frente con miradas,
nuestros sables son latidos
que ni el fuego vence o dobla.

Mexicanos que hoy nacieron
desde el suelo en asonadas,
al calor de las gargantas
repican las nuevas alas.

Salgan las voces todas
de unos labios que no callan,
porque el pecho es ahora eco
de los aires que acrecientan.

¡De cuando a acá las batallas
se dieron con manos tristes!
¡De cuándo a acá los galopes
prescindieron de los trotes!

Broten las voces del pecho
de un sonido que palpita:
el coraje hecho vida,
la ilusión de quien lo habita.

¡A la altura de los ojos,
a la altura de los pechos,
apuntando con los labios,
al corazón le agitan latidos
que son pueblo y son pujanza;
el corazón revienta de alas
en las voces que agigantan!

Salvador Pliego

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Sin otra indumentaria sino su traje verde,
su música algarrobada por las semillas,
su bergantín de azul color que va nadando entre arrozales,
entre las ramas del sol, en los nidos de las cortezas y del agua,
de las tornasoles guacamayas que pintan y decoran
la cautiva resistencia de las hiervas
cuando danzan al paso de la luz,
y cual gotas golpean dulcemente el canto de sirenas
-parecen alhelíes o sonajas,
parecen pequeñas diamantinas que se adhieren
cual hilazas a las formas del paisaje-;
va el flautín, la madera de guitarras,
el oboe en las yemas de la espora,
el sur del cielo y el norte de la greda,
hacia la bruma de la mano del poeta,
para extraer con la fresca tinta de su pluma
la salutación de la mañana
y la flor abierta que, con la humedad de su melena,
acaricia la sonrisa generosa de la vaina.

Salvador Pliego

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Sobre la tierra se prende un jinete que corre.
La luna desata sus manos y enseña navajas
al estruendo de un duro galope.

El berrido de sombras se desplaza para no desbocarse,
y las amarras sujetan al corcel que se enfila en recta
hacia la perene hondonada.

Un relincho asecha a la noche.
Sobre la montura, un crespón se levanta en bandera,
y el polvo olfatea el abismo
que al caballo le jala y alcanza.

En el aire, las herraduras se crispan
y caen como galopes en llamas,
cuando, desde la noche, la luna desata sus manos
y, mostrando navajas, al jinete le abrazan… redoblando su marcha.

Salvador Pliego

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Solamente yo,
que me acaparo a mí mismo en la sinrazón,
en la voluntad inmaterial del pájaro,
en la otrora concepción de la odisea,
pienso de mí, redimo mi voluntad,
y me escapo hacia la amalgamada hermosura del pensamiento puro,
a la sincronía de los silencios,
a la voluntad etérea e insospechada de las náuticas gaviotas,
a la sensación de la lluvia cuando atrae el polen
y colectiviza la ternura en el trigo
o en las minas que donan sus joyas a la tierra,
para que brillen noctámbulas en cielos por demás indefinidos.

Aprendiz de la palabra, jardinero, con vocación de júbilo
y de diversión en mis adentros,
comulgo del violeta su color de luz y de gladiola,
el libro que nace de la leche, del azúcar,
del manjar ávido de vino y besos,
y es la clerical obra de los mares.

Busco en la nomenclatura de la sílaba
el ave de tres alas, los cascos cimarrones de unicornios,
las letras forjadas en la arena
donde las pupilas de un buque, por la brisa, encallaron.

Busco el corazón del día en la palabra,
que es capitán astral y de mareas,
el litoral encarcelado por la niebla,
las osas mayores que son liras cautivas de los iris
y dejan su destello enroscándose en montañas,
en el atavío o poderío de la azucena.

Solamente yo, aprendiz, desde mi alma, desde mi estación de greda,
en la periferia ovoidea de mis ojos, en los fantasmas rojos de mi boca,
siendo nada, o hijo de los lagos, o sobrino antiguo de la música,
o desde los carrizos pintados con jaibas y corales,
o desde las ballenas que llevan el agua hasta la luna
con sus azules cantos de adiós y bienvenidas,
requiero de las hojas y su tacto,
de la oceánica burbuja de un racimo,
para hacer de la palabra, al menos,
el clavicordio entonado que canta suavemente a la estrella,
dulcemente a la mañana,
y ser un soñador, jilguero nuevo,
pájaro principiante, cóndor primerizo;
y en el testimonio de mi voz deshilachada,
ser el aprendiz, ufano, del sentimiento navegante que vive en la palabra.

Salvador Pliego

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(México vive hoy una encrucijada entre el viejo y el nuevo México.
A mi país dedico esta serie de cinco poemas.)

Antes de que el corderillo grite

“Salid, niños, del mundo; id a buscarla!…”
Cesar Vallejo

Antes de que el sol recrimine a las pupilas
por qué hicieron de las sombras el resplandor de la mirada;
Antes, aún, de que en la orilla de la acantilada orilla
busquéis el por qué no hubo territorio
para anidar a las semillas, ni nido alguno
donde maniobrar los azadones
-pobres pájaros yertos a los que nadie enseñó del canto,
y pobre canto palaciego que en el aire extravió el paso
ante un emigrar sin alas y un plumaje sin destino-;
Antes, entonces, de los besos traicionados,
del gallo tres veces traicionado,
del “¿tú también, hermano?”, traicionado;
de la cruz en los óleos que fueron un medioevo traicionado
(santos inquisitoriales maniobrando látigos de acero);
Antes, luego digo, de que el cordero grite a los poblados
al ver las fauces, no del lobo,
sino del pastor cuando el engaño,
y verlo en plena burla y deprecio,
con guante blanco y estocada,
apuntándole a las patas del cordero,
a la laringe y al cogote del cordero,
a la testa con cabeza de animal y de cordero;
Antes, digo entonces, antes de que el águila al áspid aprese
y a fuerza de estatutos levante la pirámide del rito
para desollar la piedra y despeñarla al inframundo
por un dogma inhumano en flechamientos,
por un corazón sangrando entre las manos;
Antes, y aún antes de que la pólvora enrojezca las miradas,
de que la cólera se trueque en respiros
y las inhalaciones nos castiguen por mil siglos;
Digo e insisto: antes de que las manos se vuelvan los casquillos
de un rostro inerte devorando al corderillo:
¡Buscad los niños!
¡Buscadlos ya!
¡Llamadles pronto!

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Manipuleo

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.”
Joseph Goebbels

Clamó Poncio Pilatos: “La muerte es de la muerte. Corran la voz.”
¡Así sea!, declararon los patricios.
El Senado decretó la ley: “El muerto ya es muerto”.
Y esparcieron por el viento la proclama de ipso facto.
Por el foro, el decumanus, el anfiteatro, resonó mil veces,
un millón, diez mil millones: “El muerto anda en su muerte…”
Del pueblo, la voz fue convicción: “El muerto es el cadáver”.
Y Lázaro, ya estando en pie, respirando,
y atosigado por la hablilla en multitudes,
se inhaló cadáver.

– . –

Los brigadistas del 68

No fueron la plaza muerta, los adoquines muertos,
las lágrimas encharcadas en los volantes que entregaron,
tampoco la libertad en el omóplato bajo grilletes.

No, no fueron ciudadanos hombres más allá de lo humano.
Pasión. ¡Simplemente, pasión!
Fueron los que se colgaron el día en las pupilas
para que se abriera el sol, al otro lado,
entre las cejas y el futuro, entre la frente y el porvenir,
entre el sí y las generaciones.

Fueron las otras manos, las llenas del estoy,
los condenados a la nueva vida -estoy presente-,
los que sin otra garganta más que el grito del hoy es el mañana
levantaron polvo y libro y puño y pluma,
hasta la altura de los ojos, hasta la infinita verdad de las palabras.

¡Pasión!… Fue eso, y las gargantas.
¡Pasión!… Fueron los cielos en las marchas
y los pájaros saltando, regalando alas, ofertando plumas,
llamándose pregones libertarios,
los que a los pies pusieron no un cardo sino el suelo,
y mostraron letras que al vello en su tinta erizaron.
¡Pasión!… Y la emoción del vuelo.

Y de repente, se alzaron, volvieron nuevamente,
los cíclopes del verbo, los mástiles del viento,
venían gritando su urbana indumentaria,
su alquimia de presente en el pasado,
su voluntad de ave desencadenada.
¡Pasión!… ¡Pasión!… ¡Y orgullo!

¡Es un honor, valientes!
¡Es un honor!
¡Es un honor!

– . –

Es un honor

A Andrés Manuel López Obrador

Desde la militancia de mi alma que cubre a mis ojos,
que responde a una sola palabra, a una firme cabalgata,
porque mi corazón es el guerrero de su historia,
es el batallón de mi alegría,
quien me convoca a la victoria,
es un honor, soldado, decir que voy en marcha.

– . –

Despertar de las azucenas

¡Qué multitud de hombres era el hombre!
Nada más a uno convocaron,
con su convicción de muchos,
con su autoridad de todos,
con su necesidad total.

Sólo uno salió a tomar las manos,
sus desiguales brazos, sus diferentes hombros,
sus tan distintos codos, sus colectivas uñas,
sus comunales vellos.

Y cuando abrió los ojos,
¡qué multitud de hombres iban en ese hombre!

Salvador Pliego

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Beso tu boca.
Sobre las cuerdas de una viola se agotan las mudas horas.
Los tactos truecan, relampagueantes,
sonidos leves, besos de aves,
tinieblas pardas que se enrojecen
y en los semblantes tiemblan o palidecen.

Beso tus labios.
El roce acalla los dos perfiles.
Y en esas torres que nacen de los suspiros
recuesta el gozo el halo de un chasquido.
Te rozo entonces un labio para apreciarlo,
para que escape el dolor del beso,
para que irrumpa el sabor de un mundo.

Froto tu lengua… Tu dulce lengua.
Cruzo el amor al borde: lo impredecible, lo inagotable.
Bajo tu lengua duerme la noche.
Sobre tu lengua atraca el desliz de un hombre,
se esfuma el cielo, se anega un beso.
Junto a tu lengua mi lengua duerme.

Toco tu beso:
como se muerde el grano y es sal de llanto,
como se ondea el latir cuando naufraga el pecho.
¡Y con ese beso me arde, cual sol, el mar adentro!

Toco tu beso… ¡Bendito beso!
Y dejo al alma junto a esos labios
que tienen miedo a ser tocados,
que tienen rabia si son soltados.

Libo tu beso.
Y en el celeste trigal de mi alma
sabe mi boca lo que es la flor cuando se toca el cielo.

Salvador Pliego

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Porque una noche se fue de luz al firmamento
sus ojos se llenaron de saxos y de flores,
cuando con sus manos restregaba
las hojas de las alas que colgaban de abedules.

Con gel de cedro antiguo lavó el mirar del cielo,
y puso en cada esquina un par de rosas frescas
que parecían parejas de ninfas amarillas.

Se fue a limpiar un gesto, se fue a blanquear la altura,
la lavandera de alas y espumas arboladas,
para colgar en nubes los vientos de colores
y que al musgo, las gotas, por siempre le chorrearan.

Se fue de firmamento la lavandera blanca,
porque un día lavó sus pies
para que no pisaran estrellas, si tocaba.
Y se quedó enjuagando la luz que ella miraba…
con el sol restregaba los rayos de alboradas.
Se fue a limpiar el cielo, con un jabón copioso,
la lavandera blanca con su esponja de alas.

Salvador Pliego

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Sirenida de azules, Hojarasca, Pecho blanco:
entras en mí de cualquiera de las formas.
¿O he de llamarte Pájaro ecuestre, Paloma clariverde,
Niebla transpirada?

Te sentí la lágrima cuando en mis ojos
y el corazón de grillo me cantaba.
También tu piel mis cavas albergaban.

¡Oh! niña de las lámparas que emigran a mi casa
y en ellas el brillo es una miel encapsulada en tu espalda:
Te sentí la lágrima…
Y era un beso de amaranto bebiéndose mi alma.

Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

Poemarios y cuentos

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Biografía inconclusa

Un día de flores

Poesía AMLO

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