SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Mi corazón es un puñado de valientes
y un río en las calles que palpita,
para llevar esa voz despierta
y el emblema de los gritos que le laten.

Arda el agua de las charcas
con el vigor de las pisadas.
Cada paso ya palpita
en el corazón de la avanzada.

No podrán jamás doblar la frente
que brota del pueblo y habla.
Los pechos son bengalas
de unos puños de vanguardia.

A la altura de los pechos,
hacia el frente con miradas,
nuestros sables son latidos
que ni el fuego vence o dobla.

Mexicanos que hoy nacieron
desde el suelo en asonadas,
al calor de las gargantas
repican las nuevas alas.

Salgan las voces todas
de unos labios que no callan,
porque el pecho es ahora eco
de los aires que acrecientan.

¡De cuando a acá las batallas
se dieron con manos tristes!
¡De cuándo a acá los galopes
prescindieron de los trotes!

Broten las voces del pecho
de un sonido que palpita:
el coraje hecho vida,
la ilusión de quien lo habita.

¡A la altura de los ojos,
a la altura de los pechos,
apuntando con los labios,
al corazón le agitan latidos
que son pueblo y son pujanza;
el corazón revienta de alas
en las voces que agigantan!

Salvador Pliego

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Y sin todo, o con todo,
me dueles más que el aire,
me hieres más que el frío,
me irrumpes más que el soplo.

Te quiero, pese a todo.
Te amo y me condeno
a tu beso sentenciado,
a una costumbre eterna
de verme involucrado
a una sonrisa tuya
calentándome la mano,
a un gesto extraviado
que fácil me captura,
a un movimiento corto
que absorbe el sin sentido.

Con todo, y pese a todo,
me dueles como el frío.
Mi corazón se entibia
encarnándose contigo.

Te quiero y no me falta
la humedad genuina:
esa caricia de agua,
esa alegría del alma
que engendras en tu sino,
ese murmullo interno
que me habla convencido.

Por todo cuanto llevas,
o cubres cuando me hablas,
será que necesitas
el hielo de mis manos,
será que siempre enciendes
las chispas de mis ojos.

Te quiero así, con todo,
y te amo –lo sentencio-,
donde brota aquí mi frío,
donde escondo aquí tus labios
que hacen mi cobijo.
Mi mundo va en tu abrigo.

Salvador Pliego

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Te llaman “Oro negro” por tus ojos,
que obsequian mocedad de mágicos presentes
y aclaran la estancia que el instante me reclama.

Te llaman “Picaflor” por tus labios en granate,
que al aire lo sostienen tan sólo con rozarle.

Te nombran “Miramar” por tu oleaje impredecible,
que rompe en tu cadera y retumba en el estiaje.

Te nombro: “Mi morada”,
la voluntad que a mí me aclara,
y que es rotunda por palabra,
completa y obstinada.

Te llamo: “Amor”… ¡Es lo que pasa!
Y sucede entonces
que mi corazón, igual, así te llama.

Salvador Pliego

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En la ensenada de mi corazón guardo tus besos.
Háblame o grítame… Y luego escápate.

Eres el puñal de un arma blanca
que mata cuando besa
y tus labios me arden fuego hasta morirme.

¡Ah!, veneno de mi amor, ojos de cárcel,
la más sufrida llaga del silencio.

Cuando tú me miras
mi cuerpo se inmola en la palabra,
se convierte en asonada y espejismo,
y arroja de sí al ángel de su guarda.

Parecieras la descarga de mis ansias.

Entonces, simplemente digo: Te amo…
Y el mundo es transparente.

Salvador Pliego

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Desnudo, mi corazón, y artero,
tiende sobre tu pecho la más suave de sus redes
y el canto de amor que es tu imagen,
que es linda y sangra mi corazón de noche.

Pareces brotada de mi alma
y una herida socaba la tempestad de mi boca:
eres dulce, amor, como la palabra,
como el sentimiento en la arcilla moldeada
o la mirada que avista la claridad al amarte.

Porque tú coincides aunque no te vea.
Y aunque te vea pareces fugada
como un pulso de mi alma,
un rayo que brota de luz delicada:
tan linda y tan dulce,
que pareces tú misma palpitando a la nada,
que descubres mi pecho como a un solar y lo apagas,
y lo prendes juntando tus labios
en una llovizna que nunca se acaba.

Así, a tientas, por volcar tu pecho en el mío,
tan dulce y tan linda,
eres motriz de mi alma.

Salvador Pliego

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Aunque roca y piedra o de hulla férrea,
su madera dulce le cubría el cuerpo
y se enredaba en fibra de pizarra fina.

Cuando le golpeaban… ¡ay!,
como un diente en leche
que mordía el hambre,
como un nuevo roble
de corteza endeble;
al sentir el golpe, ¡ay!,
su madera suave se tensaba
y de su hierro tierno le brotaba el llanto.

Martillito frágil, ébano delgado,
cuando martillaba un clavo
su corazoncito se estrujaba y lloraba tanto.

Blanda y sensitiva nube de madera,
de humedad y suelo, de herramienta y polvo,
de la rama tibia y del palomo solo.

¡Ay!, cuando martillaba un clavo
iba y se escondía, y sollozaba un rato.
En un rincón de trapo se escuchaba un canto:
un corazoncito palpitando en llanto.

Cuando la madera siente
con su piel de esmalte,
cuando la madera sufre
el arrozal se abre y en el campo cae
su semilla y arde.

¡Ay!, cuando martillaban, ¡ay!,
le dolía tanto su corazoncito.
Se escondía en la esquina.
Se quebraba en llanto.
Se nublaba el mango en desconsuelo santo.

Por esos paisajes en que vuela un ave
de la roca firme se escuchó un quejambre:
hambre y lloro de madera suave,
de un violín sonando y suspirando en tarde.

Cuando martillaban, ¡ay!,
le dolía tanto y se quebraba en llanto,
le dolía el golpe en su corazoncito noble.

Salvador Pliego

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Quizá tu hueso hirsuto y prolongado
que relamió las estructuras del océano,
o tu brillantez que a los pescadores cautivaba
eran suficientes para amarte.
Pero no: tu sonido, tu filarmónica marea,
tu oboe pletórico de canto y verso
eran la esencial música del aire engrandecido.

Puerta del mundo y dureza pétrea: tú;
Hendidura infinita que el dedo no alcanzara: tú;
Tarde de nidos pillando en las temperamentales olas: tú.
¿Qué cetáceo, en qué arpón, guardó el chillido
para dárselo en la acústica a un marino?
Allá en el fondo los ojos de agua y del sonido
y los jóvenes abriendo su sexo de sal y espuma en caracolas.

Sí. Yo fui niño de pájaros, de caballitos,
de caracolas abiertas, de burbujas oceánicas,
de arboledas alcanzadas, de carreras con almendros.
Mi corazón se quedó protegido con sonidos
en la resonancia de los sueños.

¡Oh melodía del mar, que bellas notas en mi oído!
¿Cuándo tus cristalinas aguas me alcanzaron?

Pájaro, ¡yo fui niño!:
En tu vastedad, en tu territorio, en tus brazos limpios.
Y mi corazón se quedó en la caracola:
encerrado y tibio, juguetón y alegre;
prendido en las burbujas, atado a sus violines,
amando las paredes que la arena restregaba.

¡Oh melodía del mar, tan dulce e imponente!
No me digas que la edad. No me hables de los años.
Aún corren las mareas en mis manos.
Aún suenan caracolas en mi corazón de sorgo.
Alguna vez fui niño. Alguna vez…
Y mi corazón se quedó prendido en el aire,
en la música del agua.

¡Cuéntame de aquel sonido que mi madre
me cantaba cuando niño!
Háblame en secreto de tu historia.

Alguna vez mi corazón jugaba.

Alguna vez…

 

Salvador Pliego


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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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