SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Dama,
cristalina dama, hojuela y azucena,
pastora de las aguas:
tu corazón devela un infinito y reposa a la espera
como una aguamarina titilante y compasiva.

El umbral te hizo bella.
En el hemisferio de la noche aguarda
la luz en mansedumbre
y se abre a tus ojos por encanto.
Dama: veo la luna caer por tu mirada
y un iris es el faro que la atrapa.
Tú y yo vamos de la mano
de estrella a estrella en sus senderos
y dejando besos de terrones.

Dama, heredera de la espiga
y del copal y de la tierra,
agonía del aroma,
hebra del amor y sus cristales:
se corona de viñas tu silueta
y cae adornada en un claro de esperanza.

Tu frescura es una lamparita y una lágrima,
es una mejilla y un arete,
y se prende con el filamento de la nieve,
con el soplo de lo tenue,
cuando el nardo taja y pule.

Dama: tenía la rosa un tallo
antes del jueves,
y antes de ti y antes de siempre?

Tu color de violetita…
Dama, tu fragancia es una lamparita,
una brizna que en la noche de color se enciende.

Salvador Pliego

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I
Usted que lleva siempre
mis deseos y arrebatos
y guarda en su talega
lo que miro en sus encantos.

A usted, preciosa dama,
que es parte y que confía
de un día en mi alegría,
y que abraza en la fineza
de unos besos la entereza
de saberse siempre mía.

A usted que lleva puestos
de mi pecho los suspiros,
y en sus ojos los anhelos
de quedarse en mis respiros.

A usted, mi bella dama,
a usted le digo en plena gala:
que aún guardo el más bonito
de mis besos a su alma.

II
Usted que lleva puestas
reflexiones y razones,
usted que sólo escucha
del mundo ilusiones,
le digo que mi causa es justa
en sus clamores.
Le cuento que es en ella
que difundo mis visiones:
la veo a usted vistiendo
del viento mis afanes,
la sueño a usted guardando
del tiempo mis quereres,
le digo que platico de usted
hasta en los mares.

En usted yo reconozco
lo bonito que es la vida
y reconozco que hay razones
que la envuelven en la mía.

Si no lo sabe usted,
cada mañana y cada instante
es un deseo el mirarle,
y a cada rato me sorprenden
sus imágenes al verle.

Usted es parte y todo
de una causa que pregono:
la sentencia de alegría
que en la vida
yo me impongo,
el manifiesto a mis plegarias,
el motivo que devela mi proclama.

A usted la busco como parte de un trabajo
que labora cotidianamente en mis haberes:
que resuelve y que contagia,
que estimula y que alienta,
que refuerza y fortalece.
A usted le digo que es la llama
que me aviva y enardece.

A usted su rostro la dibuja por bonita,
y le digo que no he visto
a nadie más así de linda.
Me refiero a usted como
la luz en flor de mi ventana,
y la acaricio sin tocarla,
tan sólo en la mirada.

De usted, si, de usted,
si no lo sabe,
le digo que hoy depende
esta alegría
que se forja en mi alborada.

III
A usted
que le sorprenden las cosas de la vida
le digo que no ha visto
lo bueno todavía.
Si se acercara un poco,
le digo sentiría
mi pecho en su revuelo.
Y si se acercara toda,
¡qué cielo!,
¡por siempre haría mi vuelo!

IV
De usted presumo sus detalles:
la fineza en su escultura,
el portento de su arte,
lo selecto de su talle.
Y es que aún no encuentro
algún defecto que la marque,
aún no veo un filamento que no cuadre.

Es singular como las plumas en el ave:
En cada parte hay belleza,
y me sorprende que se entregue
dulcemente al sincerarme.

Usted me lleva y sin quererlo de la boca.
Usted me vuela y sin saberlo me trastorna.
Usted me cubre y no queriendo me descubre.
Usted me esconde y cuando quiere me sorprende.
Usted me atrapa y me desprende al besarla.

V
De usted es la belleza
y maravilla sin iguales,
la cauda que deslumbra
cuando agitan esos mares,
las nubes que reflejan
sus luces de corales.

Usted quizá lo sabe
y lo sabe en mi mirada:
¡Qué linda es su pupila!
¡Qué linda es cuando me habla!

Usted provoca tanto
y provoca por su encanto,
me lleva contagiado
y me inventa agitado.

¡Qué linda es su mirada!
¡Qué linda es cuando me habla!
Usted, si no lo sabe,
me enciende y me induce,
me induce a que la mire,
la mire y que la bese.

VI
Usted lo sabe y lo repito,
y le recuerdo que en su cara
mil veces y que a diario lo recito:
la amo a usted,
y la amo como a nadie,
como a nadie más le he dicho.

Salvador Pliego


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