SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Machu Picchu

VII

Iba desde la greda y el subsuelo frío de la tierra
hacia la central angostura del paisaje,
hacia la sonrisa más verde de la lejanía,
la más bella tarde, la más nupcial de sus campiñas,
como un gavilán que busca la rama desde el aire,
o la soledad buscando un beso para hablarle
y germinar la intemperie con los párpados emplumados de las aves,
cuando, desde mis pies acidificados y letales
-barcos de un mar devorantes del celeste-
descubrí la sumergida altura, el altavoz de los silencios,
la ponderada agitación del alma.

Fue el primer paso de lluvia y alegría,
la voz cristalina escalando y remontando.
Las rodillas eran hombres, las piernas eran sables.
Atareado en el vapor, en la neblina de la copa,
fui tocando a la muerte, dejándola vacía,
cobrándole sus vidas, jalándola a la cima.
Cada escaño era el pulso que latía.
Toda pendiente era un torrente de venas que subían.
Y en la sangre de brazos, de caderas ríspidas,
de viajes desposados, encontré las murallas,
lo que la piedra a la piedra había dejado,
lo que la muerte no pudo con su muerte.

Ahí, como una piedra de agua,
como un granito encendido y taladrado,
como si alzara del pecho un guijarro
y le pusiera sol y tierra, sedimento y lodo,
saqué mi rojo músculo de sangre
para adherirlo a la muralla,
para llenarlo de cúspide y borrascas,
para matar la muerte con la vida,
para sobrevivirme en la altura infinita.

Salvador Pliego

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MACHU PICCHU

IV
¡Este es el corazón!

¡Vamos por él, obreros, mineros, arrieros!…
Cada costilla es un pedregal de oro y cielo.
Cada semblante es un mural de acero y bronce.
Cada nudillo es un escalón de cumbre y arte.
Prendido el mar ya va en los ojos
y los esteros hacinándose en los hombros.
En los dedos van de rocas los hombres que habitamos,
las sandalias que anduvimos, los huellas que tejimos.

He aquí, grada de gradas y miradas,
por el rojo de su cetro enrojecido:
¡Vamos por él!…
A enterrárnoslo de olivo, a dejárnoslo de pecho,
a amurallarnos en la cumbre a revivirlo,
a palpitarlo de coraje y de sentidos,
y llenarlo de silencios,
de múltiples silencios,
de todos los silencios ya habidos,
del más hondo y secular de los silencios,
desde la garganta universal de los silencios,
a que hable de nosotros su latido.

V
Juntad la piedra al pecho: veréis que ríe.
Juntad la piedra a la boca: veréis que habla.
Juntad la piedra al corazón: veréis que vive.

Juntad el pecho a la piedra: veréis que calla.
Juntad la boca a la piedra: veréis que sufre.
Juntad el corazón a la piedra: veréis que sangra.

VI
(El centinela)

Todo: coral, valle, granito, dinastías,
subió desde Vilcabamba en jícaros abiertos.
¿Quién, Pachacútec , te dio los brazos?
¿De dónde, Atahualpa, sacaste la sonrisa?
¿A qué piedra, Túpac, le cediste los poderes?
¿En qué ofrenda, Cápac Yupanqui, amarraste las miradas?
Y fue todo un manantial de sables
subiendo esa cuesta, amurallando las leyendas,
elevando el mundo hacia la hoguera.

¡Oh relámpagos de la batalla!
¡Oh mujeres oriundas de la cósmica vereda!
Guarda la cima del combate su estrategia
al jaguar y las estrellas,
ahí donde las manos se dolieron
por cada piedra que subieron,
por cada escalón que levantaron,
por cada precipicio conquistado.

Todo se absorbió en sol y fuego.
Perú: tú te quedaste abajo, extasiado.
América: tú te pusiste las manos en el rostro
y abriste los ojos de maíz, impresionada.
Europa: tú le silbaste el viento
y no supiste si llegó a tocarle,
ni siquiera si a sus faldas pudo acercarse.

Todo se incautó por la pólvora del aire:
el indio y su guerrero, su Ayacucho y su Altiplano.
¡Abre tu boca milenaria, Wiracocha!
¡Saca tu sol de lana y amapola, Manco Cápac!
Deja tu raíz de pluma y bruma
en la risa de montaña,
en el exilio glacial de las historias,
en la militar vestimenta de la aurora.
¡No irán por ti los ojos!
¡No vendrán de ti las piedras ni caminos!
¡No golpearán más los cinceles los dedos ni martillos!
¡Ya alzarás tus manos en mis manos enterrándome en tus siglos!

Yo hincaré mis piernas al mirarnos,
y en el vacío de mis ojos
hundiré tus anchos besos,
tu beatitud de templo,
tu piramidal decreto.
Y en la soledad del día
caminaré en la ruta del encuentro,
junto a los hijos eternos de tu reino.

Salvador Pliego

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Machu Picchu

I
Avecinado mi corazón de sures
y en el vientre palpando su cóndor negro,
sobre la mina de nubes que cae como estampida,
junto a un parasol de piedras y canto,
domando los territorios,
expandiendo su collarín blanquizco a su sombra de altura y pico,
a su inmortal ladera,
a su cúspide verde y de harapos,
van, como si fueran no uno sino cientos,
o millares tal vez, o todos los puños juntos,
y todas las manos adheridas,
y todos los ojos incorporados,
las alas de la América enseñoreando.

¡Oh! ingenieros del plomo y de las cuerdas de guitarra;
¡Oh! incaicas lenguas del morral y el cempasúchil,
mi corazón es loto: un cigüeñal del cielo,
la raíz mezclándose en la piedra,
el arado cavando y mostrando sus arterias.
Guárdame en ti al labrador de pies de flauta,
a las zampoñas obreras vestidas de humo y greda,
a los herreros en quenas convertidos,
para que un día escalen como llamas tu silueta,
para que una tarde, con sus dedos,
se levanten de la roca.

Átame el corazón a tus orillas,
y en el vértice del aire
reviéntame de espuma:
así me darás los picos, las bigornias,
las yuntas y martillos.
Y yo te amaré desde el crisol de la labranza,
con un corazón de horno y amalgama,
con una hoguera de pecho ya encendida.

II
Junta las cuestas de tu orilla,
desde las cercas de tu boca,
desde las gradas de tus ojos,
desde las avenidas de tus brazos,
desde los muros de tus piernas.
Ponles tu corazón de grano y roca,
y llámales: minerales… piedras… labradores…
jornaleros de los tiempos,
mineros comecielos y comeazules,
alfareros celestes y del crepúsculo remoto,
pescadores del guijarro en la montaña,
hermanos piedra y hermanos roca.
Y déjales volar sobre tu cima.

III
Por los poros de la cima
y las rocas donde vi tu cuerpo,
tan ciego y libre de manos,
tan lleno de alas y destinos,
vi soldados de pluma,
carabineros de mimbre y helecho,
fusileros vistiendo armaduras de granito y agua
en el basamento puro de la orquídea
-entonces aves del amor y la pureza.

Eran todas las manos y todas las armas juntas,
todos los pedregales de la aurora
disparando desde arriba,
apuntando hacia el centro,
escalonándose en los huesos,
acalambrándose en los pechos.

Metrallas que hablaban desde las flores
y en las rocas se incrustaban;
Arpones que inundaban los colores
y en las piedras se enredaban;
Puntas de flecha tan dóciles al beso,
tan llenas de dulzura y que apuntaban
y, ya sin mira, a los ojos disparaban:
¡Fuego!… desde el sol que emergía en los dedos
y brotaba en la montaña.
¡Fuego!… a las cenizas, al crepúsculo que ahogaba la azucena,
a la lágrima roja en la garganta.
¡Fuego!… a las cordilleras por debajo de la aurora,
por encima de la piedra.
¡Fuego!… a los mástiles callados, a los ojos abismados.
¡Fuego!… a ese último bocado que una piedra suplicaba.

Y ahí, en esa punta, en esa cima,
en ese espacio de nidos y de muros,
como un quetzal de alerones blancos
-guerrero de las dulces alas,
artillero de ultramar entre gladiolas-,
brotó el corazón,
cual fuera de la piedra su estandarte
y el primer latido abierto de las plumas.

¡Ven por él, soldado de los trinos!

IV
¡Este es el corazón!

¡Vamos por él, obreros, mineros, arrieros!…
Cada costilla es un pedregal de oro y cielo.
Cada semblante es un mural de acero y bronce.
Cada nudillo es un escalón de cumbre y arte.
Prendido el mar ya va en los ojos
y los esteros hacinándose en los hombros.
En los dedos van de rocas los hombres que habitamos,
las sandalias que anduvimos, los huellas que tejimos.

He aquí, grada de gradas y miradas,
por el rojo de su cetro enrojecido:
¡Vamos por él!…
A enterrárnoslo de olivo, a dejárnoslo de pecho,
a amurallarnos en la cumbre a revivirlo,
a palpitarlo de coraje y de sentidos,
y llenarlo de silencios,
de múltiples silencios,
de todos los silencios ya habidos,
del más hondo y secular de los silencios,
desde la garganta universal de los silencios,
a que hable de nosotros su latido.

V
Juntad la piedra al pecho: veréis que ríe.
Juntad la piedra a la boca: veréis que habla.
Juntad la piedra al corazón: veréis que vive.

Juntad el pecho a la piedra: veréis que calla.
Juntad la boca a la piedra: veréis que sufre.
Juntad el corazón a la piedra: veréis que sangra.

VI
(El centinela)

Todo: coral, valle, granito, dinastías,
subió desde Vilcabamba en jícaros abiertos.
¿Quién, Pachacútec , te dio los brazos?
¿De dónde, Atahualpa, sacaste la sonrisa?
¿A qué piedra, Túpac, le cediste los poderes?
¿En qué ofrenda, Cápac Yupanqui, amarraste las miradas?
Y fue todo un manantial de sables
subiendo esa cuesta, amurallando las leyendas,
elevando el mundo hacia la hoguera.

¡Oh relámpagos de la batalla!
¡Oh mujeres oriundas de la cósmica vereda!
Guarda la cima del combate su estrategia
al jaguar y las estrellas,
ahí donde las manos se dolieron
por cada piedra que subieron,
por cada escalón que levantaron,
por cada precipicio conquistado.

Todo se absorbió en sol y fuego.
Perú: tú te quedaste abajo, extasiado.
América: tú te pusiste las manos en el rostro
y abriste los ojos de maíz, impresionada.
Europa: tú le silbaste el viento
y no supiste si llegó a tocarle,
ni siquiera si a sus faldas pudo acercarse.

Todo se incautó por la pólvora del aire:
el indio y su guerrero, su Ayacucho y su Altiplano.
¡Abre tu boca milenaria, Wiracocha!
¡Saca tu sol de lana y amapola, Manco Cápac!
Deja tu raíz de pluma y bruma
en la risa de montaña,
en el exilio glacial de las historias,
en la militar vestimenta de la aurora.
¡No irán por ti los ojos!
¡No vendrán de ti las piedras ni caminos!
¡No golpearán más los cinceles los dedos ni martillos!
¡Ya alzarás tus manos en mis manos enterrándome en tus siglos!

Yo hincaré mis piernas al mirarnos,
y en el vacío de mis ojos
hundiré tus anchos besos,
tu beatitud de templo,
tu piramidal decreto.
Y en la soledad del día
caminaré en la ruta del encuentro,
junto a los hijos eternos de tu reino.

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