SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Hay un olor a manzana que nace en tu piel
y otro sabor a cerezo que hila avellanos para florecer.

Cuando tu voz se aleja de mí,
se descubre ese verso y el miedo del árbol atando alhelíes.
Y hay un olor a ciruelos goteando en las hojas,
cayendo en rodajas, perpetuando un abril;
ahí es que mis manos se pierden de ti.

Como la savia que baja y en las palmas se agota,
en tu garganta un pálido silbo se escapa
para que el celeste lo anide si no está tu boca.
Entonces mis manos se pierden de ti
y es a tus labios que quiero encontrarlos.

Para que yo te siga al sol le persigo,
porque ya noche en el lecho te aguarda,
y ahí es que mis manos, siguiendo tu boca,
se inhiben, y a corta distancia se hunden en ti.

¿Cuánto de ti me he llevado que tu garganta se pierde?
¿Cuánto es que el río llora al correr su torrente?
Y tu voz, preciosa y silente, se aleja del cuerpo, se fuga de ti.
Donde se pierden mis manos tus labios se ausentan,
pero tu boca viene y me lleva, vuelve y me acerca.

Porque es así: entre mis manos, te vas;
pero en tu boca, mi boca te encuentra
para dormirse sonriente, tranquilo, de nuevo en la gloria.

Salvador Pliego

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Haz de luces en las manos
sin que se parezcan a la sílaba terminal de la palabra
ni al negro cóndor de las sombras;
manos pintadas por la música
que son el fulgor de las estrellas;
manos sedientas del mañana
en la fruta mordida o picoteada;
manos que vienen del carbón
forjando pesca, lluvia, el talismán dorado,
la sacristía de las alas;
manos de los vientos negros y azules
que indagan a la altura, a los centinelas de la noche,
a la espuma en el rocío.
He ahí, obreras continentales y amarradas a las ceibas,
o atadas por los dedos al arroz y a los enjambres,
o rajando con las uñas el espesor de las campanas,
o pintándose de ocre y alba la estirpe que señalan:
cada palma es un vendaval de hechicería,
la magia iridiscente que percibe
el sí del hortelano o el sí del carpintero;
cada roce desata el gemido de las danzas
que metrallan al cielo con la destreza de un joyero.

Poros que hablan con el jilguero
el idioma de su tacto
y se cuelgan del pan o la desnuda noche
para sentir su carne, que es blancura y es guitarra.
Dedos que se inscriben a la fatiga del deseo,
a la partitura de un secreto,
porque en él encuentran
el amasijo y la frescura,
la pureza que hay en el bruñir del alma.
Uñas que son la dureza y blandura del bordado,
los tréboles de cuatro ya pintados,
la jardinería del ruiseñor y de su amada.
Manos del pétalo y el lenguaje
que arrebatan suavidad y entereza,
y que son las manos que crean el aroma,
que expanden las espigas,
que precipitan a la aventura al pescador y los herreros,
y a los martillos dan la fuerza y su potencia.
Trabajadoras de la madera y de los hierros
acuarteladas en los pinceles y la energía:
manos del sol pulido en la arboleda.

Sin otro tacto, sin nada a cambio,
desde mis propias manos,
salgo de mí hacia las hojas, hacia las lilas,
tocando, palpando, sintiéndome otro yo,
otro yomismo: sólo mis manos,
manos desde mis manos;
desde el contacto, en el asombro,
para sentir lo que me envuelve,
para vivir lo que es la arena,
redescubriéndome al contacto de lo simple,
de la sencillez más pajarera;
tocando las semillas, los besos,
al pastor siempre en vigía,
al piano que acecha a la nota
y precipita el acorde al tocarle,
a los sí de las estrellas
que comparten el mismo tacto de mis manos,
a cada conjunción y apretón de manos
que son de mi alma sus besos y palabras.

Nada expresa el silencio sin las manos.
Nada acota el vuelo sin los dedos.
Desde mi canto,
sólo mi alma marcó su rumbo,
y en ese vuelo, de mar y pecho,
extendí mi mano para tocar con cada dedo,
con cada poro y cada vello,
el silbido amigo
y, en el regocijo de los tactos,
reconocer su corazón benigno,
para aprender, desde su mano, el amor, los besos
y el palpitar de su latido.

Salvador Pliego

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Claroscuros de mi mente
se forman al tocarte,
al blanco que arranca tu cuerpo extasiado.
Revelada la silueta
y develada mirada serenada.

Surgen de mi mente
manos amarillas palpitando aceleradas,
mejillas y muslos combinados,
péndulos con aretes y brillantes,
pechos sedentarios
y amores desbocados.

Te tengo en mi mente
para no rasgarte nunca
y palpito con latidos de dicha insospechada.
Llevo la sonrisa a flor de día
con ideas de colores y tu piel morena.
No se borra en mi memoria,
ni se nubla a la distancia.
Siento la felicidad en cada pensamiento
y te siento singular al forjarte entre mis manos.
Mi corazón revienta henchido y satisfecho.

Eres la delicia hecha flor a la mañana,
eres la pasión de todo infinito,
de todo contemplado, de todo tiempo prolongado.
Arden las ideas con tu cuerpo figurado,
germinan iracundas las palabras y los verbos,
renacen pueblos conquistados,
derrumbes y glaciares,
y a ti sólo te toca mi mente almidonada
con el éxtasis de hombre enamorado.

De los lóbulos pletóricos del amanecer y la mañana,
de la noche trastocada,
de los cuerpos flotantes, ungidos,
y trenzados y acuerpados;
de los músculos abiertos
como mariposas no alcanzadas:
A ti te debo mi estelar sonrisa, galáctica e infinita;
A ti se debe mi ilusión específica y concreta;
En ti me amarro cada día y cada hora
a lo profundo del amor ilimitado.
Amada y más amada,
mi mente se aclara en tu figura.

Salvador Pliego


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