SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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(México vive hoy una encrucijada entre el viejo y el nuevo México.
A mi país dedico esta serie de cinco poemas.)

Antes de que el corderillo grite

“Salid, niños, del mundo; id a buscarla!…”
Cesar Vallejo

Antes de que el sol recrimine a las pupilas
por qué hicieron de las sombras el resplandor de la mirada;
Antes, aún, de que en la orilla de la acantilada orilla
busquéis el por qué no hubo territorio
para anidar a las semillas, ni nido alguno
donde maniobrar los azadones
-pobres pájaros yertos a los que nadie enseñó del canto,
y pobre canto palaciego que en el aire extravió el paso
ante un emigrar sin alas y un plumaje sin destino-;
Antes, entonces, de los besos traicionados,
del gallo tres veces traicionado,
del “¿tú también, hermano?”, traicionado;
de la cruz en los óleos que fueron un medioevo traicionado
(santos inquisitoriales maniobrando látigos de acero);
Antes, luego digo, de que el cordero grite a los poblados
al ver las fauces, no del lobo,
sino del pastor cuando el engaño,
y verlo en plena burla y deprecio,
con guante blanco y estocada,
apuntándole a las patas del cordero,
a la laringe y al cogote del cordero,
a la testa con cabeza de animal y de cordero;
Antes, digo entonces, antes de que el águila al áspid aprese
y a fuerza de estatutos levante la pirámide del rito
para desollar la piedra y despeñarla al inframundo
por un dogma inhumano en flechamientos,
por un corazón sangrando entre las manos;
Antes, y aún antes de que la pólvora enrojezca las miradas,
de que la cólera se trueque en respiros
y las inhalaciones nos castiguen por mil siglos;
Digo e insisto: antes de que las manos se vuelvan los casquillos
de un rostro inerte devorando al corderillo:
¡Buscad los niños!
¡Buscadlos ya!
¡Llamadles pronto!

– . –

Manipuleo

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.”
Joseph Goebbels

Clamó Poncio Pilatos: “La muerte es de la muerte. Corran la voz.”
¡Así sea!, declararon los patricios.
El Senado decretó la ley: “El muerto ya es muerto”.
Y esparcieron por el viento la proclama de ipso facto.
Por el foro, el decumanus, el anfiteatro, resonó mil veces,
un millón, diez mil millones: “El muerto anda en su muerte…”
Del pueblo, la voz fue convicción: “El muerto es el cadáver”.
Y Lázaro, ya estando en pie, respirando,
y atosigado por la hablilla en multitudes,
se inhaló cadáver.

– . –

Los brigadistas del 68

No fueron la plaza muerta, los adoquines muertos,
las lágrimas encharcadas en los volantes que entregaron,
tampoco la libertad en el omóplato bajo grilletes.

No, no fueron ciudadanos hombres más allá de lo humano.
Pasión. ¡Simplemente, pasión!
Fueron los que se colgaron el día en las pupilas
para que se abriera el sol, al otro lado,
entre las cejas y el futuro, entre la frente y el porvenir,
entre el sí y las generaciones.

Fueron las otras manos, las llenas del estoy,
los condenados a la nueva vida -estoy presente-,
los que sin otra garganta más que el grito del hoy es el mañana
levantaron polvo y libro y puño y pluma,
hasta la altura de los ojos, hasta la infinita verdad de las palabras.

¡Pasión!… Fue eso, y las gargantas.
¡Pasión!… Fueron los cielos en las marchas
y los pájaros saltando, regalando alas, ofertando plumas,
llamándose pregones libertarios,
los que a los pies pusieron no un cardo sino el suelo,
y mostraron letras que al vello en su tinta erizaron.
¡Pasión!… Y la emoción del vuelo.

Y de repente, se alzaron, volvieron nuevamente,
los cíclopes del verbo, los mástiles del viento,
venían gritando su urbana indumentaria,
su alquimia de presente en el pasado,
su voluntad de ave desencadenada.
¡Pasión!… ¡Pasión!… ¡Y orgullo!

¡Es un honor, valientes!
¡Es un honor!
¡Es un honor!

– . –

Es un honor

A Andrés Manuel López Obrador

Desde la militancia de mi alma que cubre a mis ojos,
que responde a una sola palabra, a una firme cabalgata,
porque mi corazón es el guerrero de su historia,
es el batallón de mi alegría,
quien me convoca a la victoria,
es un honor, soldado, decir que voy en marcha.

– . –

Despertar de las azucenas

¡Qué multitud de hombres era el hombre!
Nada más a uno convocaron,
con su convicción de muchos,
con su autoridad de todos,
con su necesidad total.

Sólo uno salió a tomar las manos,
sus desiguales brazos, sus diferentes hombros,
sus tan distintos codos, sus colectivas uñas,
sus comunales vellos.

Y cuando abrió los ojos,
¡qué multitud de hombres iban en ese hombre!

Salvador Pliego

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Caminata hacia la cumbre
-Teotihuacan –

Aquí se castigó a la piedra
y el hombre fue su viaje adscrito.

Desde los ojos abismales
a la bestia más durmiente
en que forjaste ríos, sembradíos, maizales,
con los dientes punzantes de la roca,
con los gemidos, también, del mineral y su brebaje,
con las lágrimas que trabajaron las cenizas
y dieron pie a los murales,
a las escalinatas de flechas esparcidas,
a la insepulta maleza de la vida:
fuiste la piedra oculta de las vísceras,
la piedra cargada de ira y de arrojo,
pero también de pereza y hastío;
fuiste un corazón de arma blanca
y el arma blanca fue tu oficio.

¡Oh! batallón de metálicos colibríes
que se lanzan a la nada,
que irrumpen en el aire y embriagan el aroma,
y luego arden la tierra en la piedra:
la hacen polvo, cuchilla, violetas y semillas.

¡Oh! fuegos que calcinan el temblor junto a la espuma
y vuelven a la mano en pedregales,
en renovadas joyas,
en escaleras de tiempo e infinitas,
que son cimas del águila y los ojos,
porque en ellas vieron su destino
y en ellas pegaron piedra y alma,
cimientos y arrojos.

¡Oh! corazón del mismo lago,
de sus pilotes y canales, de su iracunda arcilla y argamasa,
prendida a las manos y a los pies,
para volverse roca e hidráulica marea:
¿a dónde te llevaste cada ojo?,
¿en qué altura guardaste las miradas?,
¿en qué parte del mundo construiste
con guijarros las arterias?

Abrázame y déjame abrazarte toda,
cumbre del jazmín desde mi pecho,
alborada de la greda y del latido.
Mi corazón aquí brotó y fue un suspiro,
nació desde la piedra
y se incrustó al vacío,
para quedarse en el mural eterno,
en el quehacer de la altura extendida,
en la pureza de la velocidad y el mediodía,
en el aplomo inconfesable del respiro.

¡Vengo a latir como el rocío!

¡Vengo a sacar mis ojos a la espuma y esmeralda!

Voy a enredar mi pecho, aquí, llorando,
sonriendo, volando,
al esencial techo del viento,
a las paredes de la luz y el sentimiento,
a la grandeza coronada de la tierra.

¡Vengo a latir de piedra y esperanza!

Salvador Pliego

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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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