SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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Sirenida de azules, Hojarasca, Pecho blanco:
entras en mí de cualquiera de las formas.
¿O he de llamarte Pájaro ecuestre, Paloma clariverde,
Niebla transpirada?

Te sentí la lágrima cuando en mis ojos
y el corazón de grillo me cantaba.
También tu piel mis cavas albergaban.

¡Oh! niña de las lámparas que emigran a mi casa
y en ellas el brillo es una miel encapsulada en tu espalda:
Te sentí la lágrima…
Y era un beso de amaranto bebiéndose mi alma.

Salvador Pliego

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Montados en el atardecer tus ojos
y abierta tu cabellera a pleno cielo,
en el perfil del pájaro donde el crisol es vuelo
o en el cauce del ala en su planeo
-trópicos de altura y desnudez que avivan
el vientre puro de la cima,
el destello de unas manos que fabrican
las aves en su forma de elegía,
el voraz ascenso que al labio le entibia
y en un tacto de ángel le respira-;
por el mar abrupto donde afluye
y dibuja cada espectro el vuelo en celosías,
cada pájaro que no es ave, ni es vuelo a la deriva,
tus ojos surcan y encallan
al sol en una tarde de agonía,
y en sus rayos llaman alas
a las plumas de tus iris cuando miran.

Salvador Pliego

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Te llaman “Oro negro” por tus ojos,
que obsequian mocedad de mágicos presentes
y aclaran la estancia que el instante me reclama.

Te llaman “Picaflor” por tus labios en granate,
que al aire lo sostienen tan sólo con rozarle.

Te nombran “Miramar” por tu oleaje impredecible,
que rompe en tu cadera y retumba en el estiaje.

Te nombro: “Mi morada”,
la voluntad que a mí me aclara,
y que es rotunda por palabra,
completa y obstinada.

Te llamo: “Amor”… ¡Es lo que pasa!
Y sucede entonces
que mi corazón, igual, así te llama.

Salvador Pliego

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Suspendidos en el aire los gorjeos,
ecos emblemáticos de un sutil arrobo,
los busca ella por doquier el firmamento…
Mas no sabe que son suspiros revoloteando en su pecho
que de sus ojos parten a volar y a escalar el azul, risueños.

Salvador Pliego

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Ojos negros,
te contemplo.

Guarda la acequia tu corazón de grana
en la desnudez de luz y el atardecer de vientos.
En mis ojos te abres como los vinos
que el alma los saborea en el placer en vilo,
y ahí tus iris cuelgan en ramos
sujetos a un sabor de latitud y clima,
donde el zumo cautiva su fermentación divina.

Ojos negros del azúcar y bohemia:
cuando te abres,
un sol de siembra mi corazón bombea
y un rostro de hambre te paladea.

Te contemplo.
Y un sabor dulce, de albricias y copa, a mi boca llega.

Salvador Pliego

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Nacen del viento las palabras,
como las farolas de la luna
alumbrando puertos, maizales, crepitaciones y silencios.

La tarde se fuma un solitario pensamiento.
Más lejos que la aurora
dos ojos miran otros ojos…
Y se sienten viajeros.
Departen el hechizo de un consuelo.
Atraen el designio del deseo.
Y se devoran uno a otro ya sin tacto,
con su misma y única mirada,
con su propio celo,
para pintar, sin palabras,
en un blanco lienzo,
con un pincel sin cardas,
en un matiz sin tinte,
el mirar universal del cielo.

Salvador Pliego

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Dibujábate alas en las manos:
pajarera, airosa,
prodigio de los vuelos y las flautas,
mariposa nocturna de mis besos.

Eres el brotar de las petunias:
En cada pétalo tu alma esconde
lo que el viento al vuelo.
En el racimo de tus ojos se anidan las corolas.
En los fríos inviernos el calor emerge en aguaceros
y tus alas brotan como capullo en galanteo.

Mariposa mía, de las blancas nubes:
Vuelan en ti las tardes como azaleas
y se perfuman entre mantas al abrir tus alas.
He llegado a ti encubierto entre el rocío,
pernoctando al abrir de tu capullo,
y tus alas, aún mojadas,
van goteando su color de lirio.

Te abres al azogue de los brillos,
y te miro, simplemente,
mariposa mía,
como el vuelo de una noche y mi suspiro.

Salvador Pliego

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Murmura el mar…
Eco y resonancia de una gota cristalina.

Murmura el mar…
Y me hinco entonces en su arena.
¿Me entiendes? -Le platico.
Te hablo de ella…
Bajo tu azul mirada sus ojos cristalinos reverberan.

Te hablo de ella…
En la profundidad su boca.
En la distancia su silueta inquieta.
Y el horizonte que se acerca cuando siento que me toca.
¿Me entiendes si te digo que mi boca saborea?

Mar, ¡qué hermosa es ella!
Pálida, en tu cuesta, una ostra
de coral se viste, se descubre y se recuesta,
y a lo lejos, con la bruma,
su aperlada orilla a mí me mira…
¿Qué dirá de mí?
En la arena, de hinojos, platicándote de ella…

¿Tú me entiendes que su rostro
es vitral de tu marea?
¿Que sus ojos son tu lejanía
y se dibujan resguardándose
en tu abultada cabellera?

Mar, ¡qué linda es ella!
Hay gotas que en la orilla,
tan sólo por sentirlas,
volatizan y sonrojan
y en sus labios se extasían.

Te platico que sus besos…
Mar, ¡hay besos como ella!

¿Tú me entiendes?

Murmura el mar…
Y me hinco ante su arena.

 

Salvador Pliego


Miro hacia arriba.
Me recuesto en esa aurora que un día nació bajo mis manos.
Y soy esa galaxia sembrada al infinito,
constelada con el tiempo,
cósmica y callada.
No brotaron de mis ojos más estrellas
que aquellas que miraron.
Y hubo polvo, ¡no sé cuánto!,
gravitando y forjándose en mis manos.

Ruge el mar: un vientre azul, distante,
y una mano recostada en tu pecho.

Ruge el mar: nébula astral y gravitada.
Y voy soñando como nave
que conoce sólo un camino:
que se entierra en besos,
que se esconde en paladares
suaves y aclamados por los vientos.

Y soy yo:
esa galaxia de calandrias,
ese azul de codornices
embebido y naufragado;
Cielo rítmico de versos que se explaya
por ponerlos en tu boca.
Soy yo:
soñando levaduras,
rascacielos matutinos,
tus labios y tus besos,
tus ojos y tus senos.

Me acurruco nuevamente…
Y sólo quedan los suspiros.
Y sólo queda tu belleza boca arriba
y mi mano en tu cuerpo, respirando,
soñando, suspirando,
durmiéndose en tu vientre,
soñando que hay azules.

Voy a sacar la primavera de tus ojos.

 

Salvador Pliego

 

Gracias a todos los que me han hecho llegar sus felicitaciones.

¿Qué quieres?
Sobre el azul del mar despiertan las palabras
y el piélago cae como arena en su rostro.

¿Qué quieres?
Y ella dijo:
Que me leas…

Y al abrir sus ojos, de sus iris, le leí un poema:
“Tras los restos infinitos de la aurora…”
Y al cerrar sus ojos, me cubrí con ella.

¿De dónde el verso?
¿En qué tinta la arena crispa y graba?
Y el canto que se prende como un grito del cincel pulido.
Allá, en la noche, el aplomo del ave se persigna
y canta con su llanto sin que nadie le intimide.
Hay recuento de pájaros y alas.
Hay vestigios de tardes y de auroras.

¡Oh, poeta!
Cristal del fuego y del vacío.
Cueva desigual de la vela y del marino.
Fue el verso su boca humedecida.
Fueron sus manos el roce y las teclas
donde el bardo sus escritos de sonido acumulaba.
El altar del poeta: su musa y su marea.

¿De dónde el verso?
¿De dónde el canto?
Si sólo ella.

¿Qué quieres?

Y al abrir sus ojos, de sus iris, la poesía…

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”*

*Verso de Pablo Neruda.
20 poemas de amor y una canción desesperada.
Poema 20.

 

Salvador Pliego.


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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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