SALVADOR PLIEGO – POESÍA

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El corazón se llena de brevedad y sencillez. Mi nuevo libro, lleno de poemas cortos y románticos, tiene por intención llegar a esas mentes que gustan hablar poco, pero decirlo en forma sustanciosa y plena.
Espero les agrade mi nueva publicación, la cual se puede bajar gratuitamente y circular sin costo alguno. Para bajarla, dale un clic a la imagen de abajo o a la que se encuentra en mi lista de libros de lado derecho.
Mi total gratitud y mejores deseos para todos ustedes.

Salvador Pliego

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Video de Amelia Prieto. Poema de Salvador Pliego.

El que guste leer alguno de mis libros,
lo puede bajar gratis haciendo clic en la
imagen del libro del lado derecho.
Si les gusta lo pueden circular entre sus
amistades libremente.

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¿Duermes?, Princesa abandonada y fría.
Cihuapilli amada, corazón de la montaña
en la soledad glacial del vendaval y el aguacero.

Te enterraron en la cúspide de fuego y la ceniza
y te bañaron con el temporal de la harina y la blancura.

¿Duermes?, Princesa inmóvil y afligida.

Un día escuché tu voz enamorada
taladrar el corazón puro de la tierra
y me prendí a tu canto, a tu blancura,
a tu beso de cenzontle y de perdiz,
a tu inquietante y categórica hermosura.

Me vestí de blanco enamorado y me besaste.
Entonces descubrí el paisaje en que dormías:
la cordillera en alta punta,
el águila morena enardecida,
la vasta saciedad del valle,
tus faldas de nopales y magueyes,
el beso en la túnica en que me mecías.

De ahí nació el alma india,
Cihuapilli bienamada,
el alma en que cediste el don a las calandrias:
la plural y virginal cosecha del bronce y del onix;
el tejido donde guardan el color moreno de los hombres maltratados.
Y guardaste el corazón como último valuarte,
como último especimen,
para dármelo en la noche a hurtadillas.

Ahí quedo plasmada tu figura voluptuosa.
Ahí amarré mi soledad vetusta
en la cicatriz de tu partida.

Cihuapilli bienamada, Princesa estacionaria y quieta.
Postraré mi lanza en tu frazada blanca
y dormiré tu ensueño en el manglar del extravío.

Un día levantaré tu manto,
me acostaré sobre la piedra y tu retazo
y apretaré mi cuerpo a tu cuerpo
en el vértice de olvido,
y soñaré tu amor de nieve y frío,
y soñaré mi amor y mi suspiro.

Salvador Pliego

Levante el azul del río
y duerma sobre suspiro,
asome la vida y cante
del verso más rozagante.

Alienta dulce mañana,
anima cual regocijo,
azahares de nieve blanca
en los sueños le acoja vivo.

¡Despierta, linda, despierta!
¡Alúmbrame el camino!
Se mueva tu vientre, encinta,
y en pecho suspire el niño.

Qué bella va de mañana,
como agua se va el rocío,
tu vientre de dulce y grana
color de la carne y nido.

Voces que el llanto alaban
sobre tu canto duerma encogido,
llevas el alma en calma
cuando susurra la voz del niño.

¡Despierta, linda, despierta!,
se mueva bajo mi oído
la almohada que lo levanta,
la sangre de mi delirio.

Se aviven luces de olivo,
mar de tu vientre vivo,
se crezcan verdes guirnaldas
en noches ilusionadas.

¡Despierta, linda, despierta!,
de rosas prendas el alma,
del vientre que agita y tienta,
del mundo que te lo aclama.

Salvador Pliego

Azul de la noche, azul de la luna,
se avive la flama, se queme la mirra,
se alumbren farolas sobre la avenida.

Que se prenda La Maja desnuda.
Que se prenda la luna en la altura.
Debajo del fuego se encienda la duna.
Debajo del cielo se escuche la rima.

Que se prenda La Maja,
que se prenda desnuda.
Que me lleve a la gloria,
que me enfile a la dicha.

Que se prenda la luna de azul maravilla.
Que se prenda la noche con tu cuerpo de diva.
Azul de la alcoba, azul de la aurora,
que me encienda la noche La Maja desnuda.

Salvador Pliego

 

He de confesarlo, sí,

que decirte amor rompió la calma que tenía.

 

Ah Venecia pura, góndolas de viento,

velas que del fuelle se extravían en suspiros.

Me quedé en el puerto de los sueños,

en la barca airosa de la risa,

bebiendo noches, saboreando lunas,

galanteando auroras.

 

Y el amor volvió y se quedó prendido

como el muelle salpicado de latidos

donde el mar iba y venia,

donde yo iba y lo traía.

En la resaca te veía,

en la ola te acogía,

y sólo las gaviotas murmuraban

cosas que el viento les oía.

 

Venecia hermosa del canal que me prendía.

El amor llegó en tus barcas,

en crecientes olas blancas

y el amor correspondía.

 

He de confesarlo, ¡sí!,

que en tus aguas me perdía.

El amor volvió y en góndolas me iba.

 

Venecia hermosa, amada mía,

sabes a miel de ébano y a baya dulce,

tienes el color moreno y rozagante

del puerto ebrio en que el paisaje

es durazno y azabache.

Llevas esos ojos cristalinos

que el murano escribe en lejanía.

Tu cuerpo es puente

y el balcón de mimbre

que en veladas noches se esculpía.

 

Preciosa, hermosa, dama mía,

el amor volvió a la vida

y tu boca me prendía.

Góndolas de viento, góndolas del puerto,

tus brazos me mecían

y en ellos me escondía.

Belleza y dulce mía, que en tus besos me acogía.

Góndolas de luna sobre un pecho que lucía

los más fragantes senos

que el alba merecía.

Góndolas de brisa que me dio la vida.

 

He de confesarlo, ¡sí!,

preciosa dama mía,

que besé la luna

en la Venecia en que tú ibas.

Salvador Pliego

Claroscuros de mi mente
se forman al tocarte,
al blanco que arranca tu cuerpo extasiado.
Revelada la silueta
y develada mirada serenada.

Surgen de mi mente
manos amarillas palpitando aceleradas,
mejillas y muslos combinados,
péndulos con aretes y brillantes,
pechos sedentarios
y amores desbocados.

Te tengo en mi mente
para no rasgarte nunca
y palpito con latidos de dicha insospechada.
Llevo la sonrisa a flor de día
con ideas de colores y tu piel morena.
No se borra en mi memoria,
ni se nubla a la distancia.
Siento la felicidad en cada pensamiento
y te siento singular al forjarte entre mis manos.
Mi corazón revienta henchido y satisfecho.

Eres la delicia hecha flor a la mañana,
eres la pasión de todo infinito,
de todo contemplado, de todo tiempo prolongado.
Arden las ideas con tu cuerpo figurado,
germinan iracundas las palabras y los verbos,
renacen pueblos conquistados,
derrumbes y glaciares,
y a ti sólo te toca mi mente almidonada
con el éxtasis de hombre enamorado.

De los lóbulos pletóricos del amanecer y la mañana,
de la noche trastocada,
de los cuerpos flotantes, ungidos,
y trenzados y acuerpados;
de los músculos abiertos
como mariposas no alcanzadas:
A ti te debo mi estelar sonrisa, galáctica e infinita;
A ti se debe mi ilusión específica y concreta;
En ti me amarro cada día y cada hora
a lo profundo del amor ilimitado.
Amada y más amada,
mi mente se aclara en tu figura.

Salvador Pliego

Luces blancas, transparentes, olor a cielo,
plumaje y oro que va cayendo al suelo.
Cada partícula es como un querube en vuelo,
tocándose sus alas, descubriendo el viento,
abriéndose para recrear su aliento;
descolgándose sigilosas como algodones bailarines,
cuchicheando en el espacio sus secretos.
Cada una se esparce y van vistiendo los paisajes,
como novias puras y benditas del follaje.

Habitante del jardín y de las noches,
de la acuática marea,
de la travesía del agua y del bajel en ruta;
me quedé absorto entre la nieve,
abstraído y perdido hasta nublarme;
tocando su ligereza, respirando su sencillez,
mirando su ilimitada forma, abarcando su infinita manta,
señalando su nívea cabellera y su lechosa entrega.
Y como nadie, me sentí invitado a su cuerpo y su materia,
a su albina pulcritud de dama.

¡Ah!… Era el reventar de espacios y ajetreos,
la alegría pura, el danzar en la volatilidad de la materia,
el brincar entre la nada, el pintarme de su aureola,
y vestirme blanco, todo blanco…
Y una sonrisa cargada, a nieve y pluma me sabía.

(En atavío claro,
con arreglo fino y distinguido aliño,
yo escribí mi verso: un verso blanco,
así ligero y blanco,
que sirviera de regalo de lo que tengo y valgo,
y darle una sonrisa, de nieve y pluma,
a donde al alma, alegre, se explaye y diga:
Mi sonrisa: ¡A tu blanca bruma!)

¡Nieve, espuma, travesía y garbo al que mi mano toca!
¡Tócame de coral y esponja y que la brisa a ti te escoja!

Déjame callarme ahora
y escuchar tan sólo el encierro de tus ojos,
muriendo como mueren los silencios de la tarde,
naciendo como pueden las estelas en los mares,
creciendo entre tus brazos ávidos de amores.

Oh boca desprendida de tu boca.
Hilarante noche intacta y sumergida.
En ti como ninguna encontré los labios y su acorralada flora,
el destilar del tiempo y el jugo seductor que hay en tu boca.
Aquí sentí el parpadeo caer como chubasco.
Aquí sentí el manjar de miel sobre tus cejas.
Y grité… ¡Sí!… Grité como en tu boca:
inmaterial y mía,
incorpórea y distintiva…
Acábame como el salitre.
Devórame. Instígame en tus senos.
Despréndeme en tus muslos.
Atrápame cual fino polvo
que se nutre de la levadura de tus soplos.
Revuélcame en la espesura de tus dedos.
Agítame en la solera de tus poros.
Entiérrame en el vientre de tus manos.
Recuéstame en el sol rojo de tus hombros.
Déjame latir pidiendo a gritos tu morada.

Ven a mí
callando todo,
muriendo todo,
que sólo el grito se escuche entre tus labios.
Aquí el amor nació ante tus ojos.
Aquí el latido se acogió y armó de brío.
Aquí los besos se arrullaron
a sentir lo que el gemido había acogido.

No… No puedo silenciarlo…
No puedo ocultarlo.
Hay en tu boca un desenfreno.
Hay en tus labios la inmoral tentación de los suspiros,
la lujuria de mi boca hecha pedazos.

Oh puerto incalculable.
Oh marea atizada tras los vientos.
Ven a mí callando todo:
En el silencio de sus labios;
En la frontera de sus iris;
En la inigualable altitud de sus chasquidos.
Ven a mí como una noria
desprendiendo aguaceros.
Ven a mí como sus besos…

¡Puerto abierto el de tus ojos!
¡Puerto inmenso el de tus manos!
Oh marino, aquí tus labios… aquí tus besos.
El amor me ciega…
Ven a mí como tus besos.

Salvador Pliego

 

 

Horizonte de noche Mixteca,

sierra de bronce y del Lerma rodeada.

Talud de la tierra su verdes montañas;

Ladera de ocote su abierto paisaje.

El pastor a su flauta le sopla

y le llama a su oveja en el monte extraviada.

Olor de quejido de un flautín afligido,

el pastor va de gritos rastreando al ovino.

 

Cobre que nace del cieno,

cascabel que suena y que repta:

raíces de un niño dolido,

del llamado que no responde el balido.

 

Pastor: ¡Deja a la Virgen salir de la luna;

Deja que salga y te duerma en su cuna!

Flautín de tierra morena, pesar del alma que lleva.

Pastor que toca la flauta

y siente el pitido que ya no le suena.

 

Correas que son de cuero, del cuero del vertedero,

donde se quedan mirando los ojos ya sin consuelo.

Y aunque la luna sea blanca,  no brilla ya sin la charca.

 

Pastor que su pena sopla, que llora su flauta de hoja;

huipil salido del valle con lágrimas tejedoras;

hilaza de caña fresca zurciendo tristeza en el alma.

 

Pastor: ¡Deja a la Virgen salir de la luna;

Deja que salga y te duerma en su cuna!

Dolor que llevas y embriaga,

llovizna de fuego que horada y no sana.

 

Pastor:

¡Deja a la Virgen que te abra,

que te abra la bruma

y te lleve a su cuna!

 

Salvador Pliego


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Autor de todos los poemas: Salvador Pliego

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