Posteado por: Salvador Pliego en: 09/02/2010

(El 16 de septiembre de 1810 el cura Miguel Hidalgo
suena las campanas en el pueblo de Dolores para iniciar
la gesta de Independencia de México. Al bicentenario
de ese hecho histórico dedico este poema.
Poema extraído de mi libro México II – La independencia.)
16 de septiembre
Todas las campanas,
todas levantadas,
como mil trompetas,
como mil gargantas,
como mil estrellas
en la voz despierta,
todas juntas, todas,
en un grito ardido,
en una torreta de almas,
agitando todas,
todas las campanas.
Como un mar de ellas,
bajo un sol de hierba,
sobre el surco en casa,
en la hacienda y plaza.
¡Todas las campanas!
¡Todas, todas ellas,
suenen la batalla!
Como mil cenzontles,
como mil gorriones,
como mil soldados
en los litorales,
como mil guerreros
desde los maizales,
como mil timbales
para las señales.
¡Toquen, toquen, toquen,
todas las campanas!
¡Todas las que agiten!
¡Todas, todas ellas!
Que la mar les oiga,
que el maíz les prenda,
que del campo nazcan
todas acuerpadas,
cada una de ellas
azuzando brasas.
¡Todas las campanas!
¡Todas, todas ellas!
Juntas como hebras,
como fibras todas,
como mil amarras
de metal forjadas.
Que la tierra hierva,
que la tierra aclame,
que la tierra nombre:
¡todas, todas, todas,
todas las campanas!
¡Todas juntas ellas!
¡Todas como fieras!
Como fiel guerreras.
Todas y sonoras,
como un mar de almas
liberando marchas.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 08/02/2010
Esta noche íntegra en que lanza el rostro su mirada al cielo en el pasadizo donde descubre el torrente de una boca, la flauta de amor, de aire y bocanada, el triunfo amordazante que glosa en carne viva, las pestañas que rodean al mármol y su rima, la tímida palabra de entrañas, de gestos que musitan, la bilingüe voz que juega en la lengua y la aglutina; así la boca encendida abre su dicha y estimula, en notas, la lengua dulce y, ya abierta, añade un jugo reciente y de frescuras, un jugo de meriendas y alegrías, un sabor a mate y aventuras, un grito de unción y de presencia que registra la asunción del goce en las pupilas, las fibras de victoria enloquecidas, los sentidos excitados de caricias, la cura del género en tactos desmedidos, la influencia de los labios en cosechas de pericias. Entonces los ojos van clavándose como lámparas de nidos atizadas, como el deseo de dos viudos que, sin lógica de tiempo, abrazándose se miran y clavan sus pupilas al frote de mejillas.
Voy a reclamar la lengua de tu boca, el éxtasis primario, el rito esencial a una rosa, la vorágine de azúcar, escarcha y flora, la embriaguez que brota en cada incógnita de un beso que te toca y vuelve en miel el sorbo que desborda, la intacta mansedumbre de un labio terso que desagua el elixir preciso y el olor exacto, la forma ecuánime y perfecta del sentido, el toque fijo entre los labios y el arranque apasionado donde concretiza el espacio de tu templo infinito.
En carne viva desato tu lengua, la devoro, irrumpo en su materia y la embalo. Encajono su geométrica delicia en el placer indefinido, en la dicha conceptual jamás predicha. Elaboro con ella el sudor y la ternura, la suavidad imprescindible y urgente, el pulso de vida y necesario, el vital reclamo del latido.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 04/02/2010
San Valentín
Hebra y cántaro de flor llena de luz y claro brillo,
la era de los lirios que desvive en fruta, al jugo vivo,
al maizal abre sus ojos en la tarde de racimos.
Eres mi voz, mi canto:
por ti se enreda y nutre,
a ti devora y habla.
Crepitas de alba en alba.
Fecundas al amor, lo vuelves infalible.
Bajo tu sombra arde mi boca y encuentra el blanco alivio.
En el aire limpio y puro la intimidad se hace un respiro.
Eres el beso de las tardes y las lámparas que aluzan el cobijo.
De tiempo en tiempo mi corazón arde y silba, y te mira dulce y tierna.
Tus ojos abren lo que el amor soñaba.
En la oceánica avenida tu espalda sala y brota despoblada,
y el viento arrecia frotándola en delicias.
Boca mía, como el alma,
mi corazón también te habla y busca,
y deja una flor hilada ante tu boca.
Cuando el día aclara, busca tu voz,
y la flor se crece de racimos cuando le hablas.
Bella mía, en tu mirar se crece la marea y hago canto,
y naufrago y arrebato y apasiono en trémulo respiro.
Del alma escojo un beso y navego…
Y arranco de sus olas tu más bello latido.
Amor:
¡hay un racimo de tu cuerpo y sabe a olivo!,
¡hay un pedazo de tu rostro en bronce vivo!,
¡hay un Cristo que baja en tus tejidos!
Como el sol que nace, eres su canto, su cielo embravecido.
En mi boca ardes y en mis ojos bulles;
como el mar te ofrendas, como el aire embistes;
desde el monte soplas, desde el astro ríes.
¡Hay un precipicio de noches en tus ríos!
¡Hay un fulgor de cuerpos en tu cuerpo y vive!
¡Eres el clamor de un tigre aguerrido!
Amor, bella mía:
eres cántaro de flor y escarcha viva.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 02/02/2010
Páginas de la muerte
Poema I
Poeta de los pájaros
Poeta muerto de Arcángel y huesos,
de negros pájaros y negras hebras,
hablaba hablándote la muerte un día
ensartando sus garras, pico, vientre, en la muralla.
Era el escritor infinitivo de la férula en los ojos,
el humo escondido en el borde de los párpados,
la asimetría de húmedos cristales en las cejas.
Antes de nacer y antes de vivo
(así la hulla engrandecía su materia),
volabas del húmero al plumaje y de la clavícula al negro.
¡Qué extraña heredad de pozos y de luces!
¡Qué yermo silencioso de aspas y batallas!
Pudiera sentirse desde el habla la genital pradera de nudos y gargantas.
Pudiera, del ayer, el futuro en su mañana.
Abro las cajas muertas del poeta: los Vallejos de pólvora y estruendo;
los Octavios de nitrato y monolito;
los Hernández de hierro biselado;
los Ángeles González de estrépito y aullido;
las Gabrielas y Pablos de los lívidos gemidos en los dientes de rugido.
Muerte negra, muerte oscura del pájaro y poeta,
¡ave negra del sonido de la letra!,
iracunda como el sol o el mar:
frenética y violenta,
posesa y turbulenta.
Muerte al fin, la muerte negra.
¡Y muerta viva en el poeta!
En lo más recóndito del sino,
en la púrpura cabeza,
en el silicio de la tierra:
atezada, profunda, cadavérica, avivada.
¡Oh, frente del trueno ante los ojos!
¡Oh, ángel del mar y los glaciares!
¡Más negro el pájaro en la boca!
¡Más oscuro el ruiseñor que su cabaña!
Y el grito de la poesía:
¿de qué Lorca?, ¿de qué Borges?, ¿de qué Varela?,
¿de qué Sabines?
Mortal y viva poesía:
pájaro negro, huesos negros, dientes negros,
plumaje negro y encendido,
¿cuándo me dirás que me amas?,
¿cuándo me hablarás que ya me extrañas?
Pájaro oscuro, del lóbulo y suplicio;
mortal y viva poesía:
¿cuándo vivirás ya en mis entrañas?
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 31/01/2010

Páginas de la muerte
Poema II
Madre, un martes me duele…
Acuéstame, Madre. Iré contando claveles que nunca se acaben.
Un nudo de años me cubre la frente.
Los nuevos que vienen, ya viejos, embisten
y son tan pequeños que solitarios resienten.
Acuéstame, Madre. Para que duerma, ¡qué hambre me viene!,
y qué hambre de tiempo volver a mecerme.
Aún se moja mi cama y el lienzo al moverme. ¡No riñas por eso, Madre!
A veces me encharco y me empotra la oquedad que me llueve
y la amargura me dice que vive y se viene.
No lloro… pero despeña el arrojo en que embiste
y los ojos se vuelven al cielo intentando asirse…
Madre, los ojos son máscaras duras que crispan y se hunden
dejando canales de pena en el alma:
imborrables, y a veces salvajes.
¡Me pueden los ojos!
Más allá encuentro un juguete,
un roto y viejo juguete.
¿Será aquel triciclo, subiendo, de niño, hacia el monte?
Es un viejo y rajado cacharro,
como aquellos dados de lodo y de barro
pintados con cardas de mano;
como aquellos cartones de ruedas marcados
arrastrando en secreto las uñas y sujetos al polvo.
Madre, ¡me pueden las dudas
y las respuestas que no fueron mías,
y las palabras sin boca o sin ser extraídas!
¡Cuántos juguetes se agolpan de frente en la vista
y se enfilan en dura caída
porque están rotos de años y rotos de vida!
Madre, ¡me duele el juguete y me sangra su herida,
y el polvo en la uña y la rueda torcida,
y cada maniobra que embiste y musita!
Entonces, dime, ¿a dónde la vista?
Parece la vida el mismo sudario que extiende su manta
y te cubre en una sola medida sin tapar toda herida.
Madre, ¿será ese madero que me respira llamando?
¡Me pueden las uñas y el rostro encorvado!
Como por las tardes que miro a la gente,
¡tú sabes de esas argucias!,
le digo y oferto mi nombre al primero que veo
y luego, ya puesto, le rezo y me duermo.
Madre, ¡qué sed la que siento!
¡Y siento el madero en la llaga y al sepulturero!
Me pueden las ganas
y donde hay un leño me acuesto y me duermo.
¡Y es sed la que siento!
Para ir a dormir no tengo madero,
no tengo los huesos ni al sepulturero,
ni cruz que apunte y mire al sepelio.
¡Madre, siento la llaga punzando
y el muslo en la cima sobre un viejo tablero!
¡Qué sed la que siento y qué sed la que entierro!
¡Me pueden los sueños del viejo madero!
¡Acuéstame, Madre, acuéstame ahora!
¡Me pueden las ganas del clavo,
y el llanto del clavo por punzarse en la mano,
y el pico gastado por ser martillado,
y el clavo dolido y atravesado!
¡Madre, no duermo por ello
y no duerme el madero!
¡Acuéstame, Madre, que me siento aterrado
y no sé en qué parte del codo,
o del hombro, o del alma me duele ese clavo!
¡Qué sed la que siento!
Madre… ¡qué sed la del clavo
y qué sed de calvario!
¡Qué sed la que escurre por la espina y la mano
y la del cuerpo que brota de tanto clavarlo!
¡Acuéstame pronto que tardo soñando
y luego me viene un charco del alma mojando!
¡Acuéstame, Madre!…
Cuando salgas, cierra la puerta,
seguiré contando claveles con todos los dedos,
con todos los años,
con todas las eras de siglos y manos.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 28/01/2010
Esos rizos cayendo como la tempestad,
como una hoguera en el frio de mis manos,
generosamente aéreos e íntimamente disipados
cual lianas de racimos que desdoblan,
recubren el orbe con lúcidos flamingos.
Desde el confín lejano los huelo
y administro su belleza hacia mis ojos
en el éxtasis de la espiral del tiempo,
en el gesto de sorpresa que me invade.
Flora tutelar, invocada y perseguida:
tus rizos deslizan apotemas de canto y alegría
generados en la cumbre sigilosa del estío,
y el páramo cubre su llano
en la multitud de regalos de su imperio poseído.
Abre la elegía el arte que te peina,
el talle escultural en desnuda cabellera,
y cuando escurre su último poema,
alzas el rostro y encarnas la belleza de poesía.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 26/01/2010
No dudaría que un día al alejarte,
por cada letra de tu nombre,
por cada ternura devuelta y encarnada,
por cada labio de tu esquina
y de tu sombra que mordiera,
así en tu boca estrecho
el límite del cielo y humedezco
el sabor que hay de tu cuello,
la fragancia que responde al sonido de tu nombre,
llamado impaciente que todo me devuelve
y todo me responde haciéndolo alegre,
vigencia de tu lengua que altiva y enternece,
dulzura de tu gesto goteando sin aliento,
porque siempre voy rastreando los roces que desprendes,
los dedos que liberan el goce de tus mieles,
la espuma que me baña y priva la mirada,
porque a veces te pareces a ti misma y me conmueves,
y dibujas con tus manos las luces que enverdecen
y tocan con delicia el mundo cuando lo abres;
así, no dudaría
que un día al alejarte
abriría esa puerta y sacaría el llanto a que paseara
y, como fuese, de nuevo, letra a letra,
iría a tu nombre, llorando, hablando si volvieses.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 24/01/2010
Usted alumbra la luz del cielo
y aclara el cielo desde otro cielo.
Usted al alma le enciende el alma
y le dice mi alma para encumbrarle el alma.
Usted reintegra quieros con los te quiero
y deja besos volando quieros,
besos de cielo de azul certero
cayendo en brazos de cien destellos.
Besos del alma que aclara el alma,
luz que clarea cuando al tocarla
crea del alma rostro en su cara
y deja brillando su azul mirada.
Besos risueños, mi luz del cielo,
luz de mi alma danzando en calma,
para gozarla cuando se aclara,
cuando se aclara, dulce mirada.
De usted yo quiero, beso de cielo,
de usted pretendo, lindo aguacero,
cielo del cielo, lluvia y lucero,
lluvia nacida desde un florero.
¡Venga la luna sobre su espuma!
¡Venga risueña, luna de luna!
Faro de mi alma para aluzarla.
Luz cristalina de lis brazada.
Faro de un faro para encantarla.
Alma del alma de usted volada.
Sois amor del amor y cielo,
nube cargada de terciopelo,
loma bajando del techo al suelo,
del suelo al techo queriendo verlo.
¡Venga sonriendo, risueño cielo!
¡Venga la luna de luna riendo!
Alma en mi alma buscando un lecho,
teniendo un pecho de luz y sueño.
Cielo del cielo mirando al cielo.
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 21/01/2010

Páginas de la muerte
Poema III
Haití
Le preguntaré a León Felipe:
¿después de cuántas veces se cansaron de gritar
“¡Eh! ¡Que viene el lobo!¡Que viene el lobo!”,
y la voz seguía desgañitando a la voz sin tono,
y sin sentido, y sin eco, ni capricho?
Le preguntaré a la muerte por la muerte misma,
aquella que dio muerte al muerto con sus huesos ahuyentados
y dictó santos oleos a su magro esqueleto.
Le preguntaré por el húmero y omóplato,
por la guadaña clavada en el cemento,
por la furia incontrolable y bajo capas de concreto.
Pero, ¿y el lobo?
Aquel tan fiero,
aquel tan fiero y horrendo,
aquel del cuento y del barreno,
aquel que a España le aulló ante su duelo,
aquel que a América le embistió en su propio cuero
y con tanquetas le clavó los sables en su viejo entierro.
¿Y el lobo?
León Felipe, ¿hay que gritar de nuevo?
Si acaso hay que hacerlo,
¿será nuevamente por el corderillo que a la muerte no sirvióle de esqueleto,
ni al lobo le adornara de flamante amuleto?
¡Habría que gritar de nuevo, León Felipe!
¡Habría que hacerlo!
Habría que gritar desde el molino
a la vieja Europa a que escuchara.
Habría que alzar la voz desde la cima Inca o la Mujer Dormida
y aventar piedras a las piedras para que rodaran
en la América escondida y humana.
Habría que gritarle al mundo al oído, y en el oído a su yunque,
y en el yunque al caracol, y llegar al nervio más profundo
donde suena el sonido, y gritar de nuevo
el más agudo de los gritos para que asome su tímpano y su nervio deprimido.
Habría que cuidar de nuevo al corderillo
y a la muerte que no se le acercara,
y a la muerte misma para que no la manosearan.
Habría que cuidar la hierba, y al sepulcro, y a la ardida leña,
a la hoz, a la hoz con su guadaña,
a la muerte, de su propia calavera.
Habría que cuidar al descuido, y a las manos del descuido,
y al viento aquel que por descuido perdió atención y tímpano de oído.
Habría que enterrar a la dejadez con esa muerte
y al meollo de la culpa con su entuerto.
¡León! ¡Felipe! ¿Y el lobo?
¿Y el lobo?
¡Qué llanto y qué coraje!
¡Qué rabia y desconsuelo!
¡Qué escarnio y qué castigo!
León Felipe: ¿el lobo aún aúlla?,
¿aún aúlla?
¡Eh!… Y ahora, ¿cómo despertar al mundo?,
¿cómo prevenir a los corderos del cordero?
Salvador Pliego
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Posteado por: Salvador Pliego en: 20/01/2010

Roca, mural de hombres,
estela de obsidiana
de un maya endurecido.
Como la arena talla al fuego,
como liebre o jaguar petrificado,
fui al río a abrir sus ojos,
al cenote repleto de doncellas y cuchillos.
Ahí descubrí sus pupilas subterráneas,
su cadera verde de algas enjoyadas,
su tristeza de agua
y el llanto dulce que del fondo le bañaba.
Como un pupilo de cervato en brama
le llamé…
y sólo el silencio, como llanto, de la ola retumbaba.
Oh viejo túnel del tiempo y de la aurora.
Oh corcel de piedras,
del hito hecho bandera.
Cúspide de sueños.
Maíz tejido en las laderas.
En cada piedra cien años escribió la historia.
En cada roca mil soldados sus penachos desplumaron.
Y la sangre como un paño que el templo resguardaba.
Le llamé…
Era el jade, los quetzales,
la brillante turquesa encapsulada,
la flauta en la nota olvidada,
el hombre hecho armadillo y hecho espada,
la mano atada al yugo y a la daga.
Y el agua… ¡oh, y el agua!…
esa serpiente que bajaba
de la tumba, de los vientos,
de la nube que soplaba.
Ahí se armó la tierra:
de sus aspas la piedra levantaba,
de sus ubres la pirámide forjaba.
¿Y el hombre?… !Otra vez!
¿Y el hombre?…
Como un hueso que las bases soportaba.
¿Quién llamó al mural?
Sus ojos intactos de obsidiana.
¿De dónde el pecho palpitaba?
Le llamé…
Y extendió su mano de la roca misma.
Era ella…
De la roca misma…
Me enterró sus brazos…
Y lloró conmigo.
¿De dónde roca?
¿De dónde vino?
Salvador Pliego
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